Un universo tras las letras

Comparada con Los Miserables o Cien años de soledad, la literatura infantil sigue gozando de una consideración baja. Pero el verdadero reto lo tienen los escritores para niños y no los que sudan por el público adulto. Lo defiende Mar Guerra, escritora y periodista afincada desde hace años en A Coruña, y consagrada en su trayectoria a los ojos de los jóvenes. “Hay que convencerles para que descubran el mundo maravilloso que hay detrás de cuatro letras unidas, conseguir que les entre. Si aburres a un primer lector, le estás robando lectores al futuro”, afirma.

El truco que sigue ella es usar como gancho el juego. Desde su primer Xenaro, que le valió el Premio Merlín con la efectiva receta de un enigma y una mochila verde, la autora tiene claro que los relatos “tienen que ser amenos”. Por eso en Rimaletras, la obra que colocaba este marzo en las librerías, ha querido triplicar su apuesta por la diversión. El último libro de Guerra aplica las tonadillas para niños a la tinta, y junta en un ramo un poema por cada letra del alfabeto.

Los versos son “pegadizos”, compuestos por palabras que comparten la a, la b o la z. “Me da pudor llamarlos poemas, por eso lo de rimaletras. Escribí un par y me parecieron graciosos, y fue cuestión de ir tirando del hilo”, explica. El resultado supone la primera incursión de la autora en el universo lírico, y también su debut con los más pequeños de la casa. Tras escribir durante años para los que ya caminan hacia la adolescencia, Guerra baja con su texto un escalón en su público, y mira a aquellos que juegan aún de pleno en la liga de niños con tan solo ocho o nueve años.

Las páginas de su relato los llaman desde antes de pararse a leerlas, con las ilustraciones de Blanca Millán. La artista ha aportado cerca de 60 dibujos para convertir Rimaletras en “algo muy visual” que haga que “te quedes con palabras aunque solo pases las hojas”. En la mayoría está ilustrado el abecedario, pero también los verbos y adjetivos que zapatean en los poemas. Junto a Berta, “a balea bailarina”, surgen en los márgenes buxainas y acróbatas, que ayudan a los más pequeños a entender esos conceptos que a un lector novel todavía pueden resistírsele.

“Subrayamos todas las palabras que se van un poco de nivel, y ponemos al lado un pequeño diccionario en el que se explican”, indica la escritora, que convierte cada letra en un personaje. Así desfilan por el libro Carabuxa a bruxa, la iguana Isolda o Gon, “o gorila granxeiro”. En la lista le falta el rostro a la j o la y, ya que Guerra siempre opta por el gallego, a pesar de ser originaria de Madrid.

Es “voitre” y no “buitre” lo que le sale cuando se sienta frente a la pantalla, fruto de sus primeros años en un periódico editado por completo en la lengua. “Aquello me acercó al gallego y me lo impuse como reto cuando quise publicar”, señala. Reconoce que “el mercado es el que es”, sobre todo con una obra infantil y en verso, pero que no le importa, porque “no se trata de vender, sino de captar adeptos a la lectura”. A ella la enganchó Verne, y desde entonces “si no leo me muero, es como el agua”, dice la autora, que espera despertar en otros la sed con esa fórmula, tan simple y tan compleja, que es juntar las letras del abecedario.

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