Sobre insultos y exageraciones – La Opinión A Coruña

Cada cierto tiempo pongo la oreja en la radio para constatar de viva voz por dónde va el interés, en lo inmediato, de mis conciudadanos. “Algo pasa en la calle” le hizo decir Antonio Machado al maestro Juan de Mairena. Y efectivamente la radio es el medio más eficaz para transmitir a distancia la emoción de los contenidos informativos. En un primer momento, va de años, ese paseo por las ondas (que diría un cursi) se hacía grato y entretenido y las truculencias que se escuchaban tenían el encanto de las barracas de feria. Algo cercano y hasta familiar, como el Tren de la bruja que concluía su itinerario con un susto y un escobazo. Desafortunadamente, ya no es así, las tertulias políticas se han ido encanallando y el navajeo es constante. Sobre todo, en dos de las emisoras a las que presté atención. En la última incursión radiofónica que hice las críticas al Gobierno se centraban en su absoluta incompetencia para gestionar la respuesta sanitaria a la extensión de la pandemia del coronavirus. Una incompetencia, por lo demás negligente, a la que cabría imputar penalmente la muerte de miles de personas, así como el retraso en la entrega a la población de los medios materiales (mascarillas, guantes, batas y respiradores) para combatirla. Un caos organizativo al que habría que sumar la no disponibilidad de los medios de prueba para detectar la presencia del virus. Las idas y venidas a China de aviones contratados por las comunidades autónomas para remediar a la desesperada las insuficiencias del gobierno del Estado, ofrecieron una imagen lamentable. La crítica desde luego es legítima, pero se emponzoña gravemente si se la relaciona con un supuesto interés preferente del presidente del Gobierno, señor Sánchez, de mantenerse en el cargo a cualquier precio, aunque eso conlleve la muerte de miles de inocentes. Las acusaciones son gravísimas, aunque es perceptible en algunos de los opinantes un involuntario regodeo de satisfacción en el relato de tanto estropicio. No hay cosa peor que la exageración desmedida en la confrontación política. Porque, en ocasiones, de tanto echar mano de la truculencia se corre el riesgo de caer en el ridículo. ¿Quién se puede creer, por ejemplo, que en España tengamos un Gobierno social-comunista de orientación bolivariana cuyo objetivo principal sea la caída de la monarquía y la imposición de un régimen totalitario? El que esto escribe cree de buena fe que el número de los que comparten esa fantasía sería escaso, pero para su sorpresa ya lo ha oído decir en algunas tertulias de la radio y hasta en el Congreso de los Diputados. Y no habrá que tomarlo a broma. La Historia nos enseña que la imbecilidad, a veces, se extiende a la misma velocidad que una pandemia. Un viejo conocido de batallas periodísticas, Carlos Yarnoz, que en la actualidad ocupa el puesto de Defensor del Lector en el diario El País se muestra muy preocupado por la movilización, y por la disciplina, con la que activistas de extrema derecha ocuparon los espacios de opinión reservados a los habituales del periódico. Espacios que luego utilizaron para insultar al presidente Pedro Sánchez al que llamaron “Pedro el enterrador” o “Pedro el sepulturero”. Entre otras lindezas.

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