Manos contra el coronavirus, en la Casa do Mar

Ahora vuelven a sus consultas de siempre, con sus ordenadores y sus caras conocidas alrededor, aunque los pasillos de la Casa do Mar no tienen el ir y venir de los pacientes que tan habitual era en esta época del año en la que atacan las alergias y el que más, el que menos, se hace un esguince. Apenas hay pacientes en las sillas en las zonas de espera -muchas de ellas vedadas al asiento, con cintas que impiden el contacto- y los sanitarios y sanitarias atienden por teléfono a quienes tienen dolencias leves o quieren saber el resultado de una analítica.

Son los mismos profesionales que, durante lo más duro de la pandemia, cuando la famosa curva no dejaba de subir, cambiaron sus consultas por el albergue de Riazor, o por las residencias de ancianos a las que fueron destinados cuando el coronavirus infectaba a esta población ya vulnerable de por sí.

En la Casa do Mar el trabajo de prevención empezó antes de que se declarase la pandemia, con las administrativas como aliadas. Fueron ellas las que, durante horas y horas y más horas realizaron aproximadamente 20.000 llamadas para cambiar citas y preguntar a los pacientes si podrían ser atendidos por teléfono y si su dolencia podía esperar. Con ese trabajo consiguieron frenar el contagio, al evitar los desplazamientos y la concentración de personas, muchas de ellas vulnerables.

Algunos sanitarios, casi todos de la Casa do Mar, compaginaron sus consultas en el centro médico con su voluntariado en el albergue de Riazor, una iniciativa que coordinó la doctora Belén Iglesias, con el Concello y que tenía como objetivo que las personas sin hogar pudiesen cumplir con el confinamiento y también estar atendidos y en las mejores condiciones posibles en caso de que contrajesen el virus. “Los cuidamos lo mejor que pudimos y, al final, no hubo contagios”, explica Iglesias, que no puede más que agradecer a todos los compañeros que no dudaron en doblar turno para echar una mano en el albergue, tanto para los que están metiendo todavía la cabeza en la profesión, haciendo sus residencias, como a los que acumulan años de experiencia y se prestaron a atender, por ejemplo, urgencias odontológicas. Otros, que habían “colgado la bata” ya, se pusieron del otro lado del teléfono 900 para atender a los pacientes con síntomas de coronavirus -coordinado también por Iglesias-. Actualmente, este servicio con médicos jubilados ya no está activo, aunque los participantes tienen claro que, si hay un rebrote, ahí estarán. La doctora Emma Mateos cambió también su consulta en la Casa do Mar, como médica de familia, por la residencia de ancianos de Eirís, cuando había ya mayores infectados. “Al volver me sentí vacía, me faltaban mis pacientes”, resume Mateos, que todavía se emociona al recordarlos.

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