La hija del cantante de orquesta coruesa que conoci a Lola Flores

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Nací en la calle de San Andrés, donde me crié con toda mi familia, formada por mis padres, Alfonso y Elena, y mis hermanos Joaquín Alfonso, Maximiliano y José Antonio. Mi padre trabajaba en Abastos y era además vocalista de la Orquesta City, pero tuvo la suerte de ganar un millón de pesetas en la Lotería, por lo que se decidió a abrir la empresa Cartonajes Neira detrás de la plaza de Millán Astray. Posteriormente abrió otras instalaciones en Os Castros y en San Pedro de Nós y la dirigimos los cuatro hermanos desde que murió nuestro padre hasta su cierre definitivo en 2018.

Mi primer colegio fue el de la señorita Carmiña, en el que estuve hasta los siete años y del que pasé al Eusebio da Guarda hasta hacer la reválida. Después estudié en el colegio El Ángel, en la plaza de Lugo, para prepararme para hacer la carrera de Peritaje Mercantil en la Escuela de Comercio, a cuyo término me puse a trabajar con mi padre. Al poco tiempo me casé y tuve dos hijos, Silvia y Rafael, quienes me dieron dos nietos, llamados Amanda y David.

Mi pandilla del barrio en mi infancia estaba formada por Marinita, Chulita, María José, Gela, Elvira, Mari Carmen, Marisol, Cheché, Carlos Alfonso, José el de las gafas, Pocholo, Pedro, Federico y Cuco. Jugábamos en San Andrés y sus alrededores, como la plaza de la Cormelana, donde estaban la tienda de comestibles Manola y una carbonería a las que solía enviarme mi abuela Emilia, quien vivía con nosotros y hacía la comida en una cocina bilbaína para la que necesitaba carbón y leña, que yo iba a buscar encantada porque de esa manera volvía a bajar a la calle ya ver a mis amigas y amigos.

Jugaba con ellos al brilé, el racacá, el che, la cuerda, el pañuelo y la mariola y lo pasábamos fenomenal, sobre todo cuando lo hacíamos contra los chicos, ya que solíamos ganarles y no les gustaba nada. También jugábamos en los portales de nuestras casa, donde cantábamos o instalábamos tómbolas en las que rifábamos cuentos, tebeos o postalillas que también cambiábamos por otras cosas.

Los días más aburridos para las niñas eran los de la Semana Santa, ya que no nos dejaban jugar y teníamos que pasar el rato en casa con nuestras amigas. También teníamos que ir a visitar las iglesias con nuestras madres o abuelas, mientras que los chicos sí podían estar en la calle jugando.

Cuando empezamos a ir al cine lo hicimos en pandilla para acudir a las sesiones infantiles del Coruña, Goya, Rosalía, Avenida y Colón. En verano solíamos ir a la playa del Orzán y cuando el mar estaba bravo toreábamos las olas tanto en la Coraza como en la zona donde estaba la fábrica de muebles de Cervigón, al inicio de la calle del Socorro, por lo que muchas veces nos poníamos perdidas de agua y cuando llegábamos a casa y en ocasiones nos castigaban.

Cuando se hacían las fiestas de verano de la ciudad íbamos hasta los jardines de Méndez Núñez, donde estaba la Tómbola de la Caridad y también había barracas. También se abría en la parte baja del cine Kiosko Alfonso el café cantante en el que actuaba mi padre cuando cantaba con la orquesta. Recuerdo que un día que fui con él a la sastrería Iglesias a probarse un traje para actuar, luego pasamos por el bar Siete Puertas y me presentó a Lola Flores y Manolo Caracol, que estaban actuando en la ciudad y le conocían, al igual que Alberto Cortez, con quien cantó en la sala Dorna.

A partir de los quince años las chicas de mi pandilla empezamos a ir, acompañadas por una madre o abuela, a los bailes del Finisterre y Circo de Artesanos, así como a los carnavales del Club del Mar, el Leirón del Casino y La Granja.

En verano íbamos cargados de bocadillos y tortillas a las playas de Santa Cristina y Santa Cruz en la lancha que se cogía en la Dársena o el autobús de la compañía Ideal, que salía de Correos.

Testimonio recogido por Luis Longueira

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