El liderazgo de los pigmeos

Contener el virus sin colapsar la economía es la excepción coreana que únicamente se puede ver en versión original sin subtítulos. Parece como si el resto del planeta viviese sumido en el desconcierto. Preocuparse en salvar vidas manteniendo la actividad productiva no supone simplemente caminar y mascar chicle, nadie lo desconoce, pero eso no quita para que empiece a preocupar casi tanto como las altas tasas de contagios y de muertes la continuación de la vida misma, en un mundo que no va a despertar fácilmente de la terrible sacudida.

Ciudadanos atemorizados y humillados por una confinación que no parece llegar a su fin observan impotentes cómo el virus está contribuyendo eficazmente a empobrecerlos y a privarles de sus derechos. Y a sus líderes, que, salvo contadas excepciones, no están a la altura del drama. Un ejemplo es la indignante imprevisión del Gobierno español, que se dedicó a exportar test hasta mediados del pasado marzo, cuando la pandemia ya había entrado en una curva peligrosa, y que en la actualidad no dispone de ellos. Otro, la titubeante respuesta insolidaria de la Unión Europea, que ha vuelto a actuar con la desunión mostrada en la crisis financiera de 2008. Entonces, el desaparecido Tony Judt escribió en Algo va mal, uno de sus libros más lúcidos, que durante el largo siglo del liberalismo constitucional de Gladstone a Lyndon B. Johnson, las democracias habían estado dirigidas por hombres de talla superior y que, con independencia de sus afinidades políticas, Léon Blum y Winston Churchill, Einaudi y Brandt, Lloyd George y Roosevelt representaban una clase política profundamente sensible a sus responsabilidades morales y sociales, y que, en comparación, la nuestra es una época de pigmeos.

Diez años después es posible que la altura de los pigmeos se haya reducido aún más. Pero es lo que tenemos, los peores líderes en el peor de los momentos, y con ello por desgracia hay que arreglarse.

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