El estrs tras la pantalla

El pasado viernes 13 de marzo la Xunta hacía oficial la suspensión de las clases. El lunes 16, las distintas aplicaciones de docencia telemática ya habían empezado a funcionar a pleno rendimiento, obligando a alumnos y profesores de distintos niveles de enseñanza a adaptarse sin previo aviso a la nueva realidad.

Una cronología apretada cuyos efectos se hacen cada vez más visibles a nivel psicológico en profesorado y estudiantado: los primeros, al verse muchas veces superados por un sistema informático con el que no estaban inicialmente familiarizados, y los segundos, al no contar en muchas ocasiones con los recursos necesarios para seguir las clases con normalidad.

El Grupo de Investigación Formación e Orientación para a Vida (FORVI), de la Facultad de Educación, decidió tomar cartas en el asunto y estudiar la situación tras haberla experimentado “en carne propia”, como explica una de las docentes integrantes, Paula Ríos.

El grupo, compuesto también por María José Mosquera, Laura Rego, María Josefa Iglesias y coordinado por María Luisa Rodicio, desarrolla el trabajo en colaboración con la Universidad online Isabel I, en Burgos, con el fin de contrastar los resultados obtenidos. A través de un cuestionario accesible para ser respondido desde móviles y ordenadores, la intención del grupo es la de calibrar hasta qué punto la adaptación repentina a la vía telemática como solución única a las carencias derivadas del confinamiento está teniendo efectos negativos a nivel psicológico.

Se trata de una batería de preguntas elaborada por investigadores chinos en los inicios del coronavirus en Wuhan, interesados en esta misma circunstancia, y cuyos datos arrojan que el “tecnoestrés” ha llegado a los hogares de profesores y alumnos para quedarse mientras dure la situación. “Comprobamos que esta invasión de tecnologías que no habíamos utilizado hasta ahora provocaba ciertos desajustes psicológicos, ansiedad, sobrecarga o tensión”, enumera la docente.

Unos desajustes que afectan a todos los implicados del entramado universitario y que se hacen visibles en la práctica en una disminución general del rendimiento y la productividad. “El tecnoestrés repercute en el desempeño laboral al habernos tenido que someter de repente, de un día para otro, a estas tecnologías”, apunta Ríos.

El cuestionario propone versiones diferenciadas en función de si se es Personal Docente e Investigador, Personal de Administración y Servicios o parte del estudiantado, con el fin de dirimir cuáles son los elementos que provocan una mayor preocupación en cada uno de los segmentos. “El estrés está relacionado con situaciones como la de no disponer de internet en el momento de impartir las clases telemáticas, en el caso de los profesores, o en el tema de las evaluaciones para los alumnos”, recoge la investigadora.

Además, con el fin de ampliar el espectro de población consultado, el grupo habilitó otra modalidad de cuestionario dirigido a integrantes de los demás niveles educativos, como colegios o institutos. En este caso, el formulario incluye una valoración final que mide el grado de satisfacción con la gestión de la situación por parte del centro educativo, profesorado y estudiantes, ya que la calidad del intercambio educativo puede verse resentida al no ser posible la presencialidad. “Al final, el tener a los alumnos delante implica poder debatir ideas, ahora lo tienes que hacer por chat porque si no, se pisan las voces”, ejemplifica.

Pese a que, afirma, las clases deben continuar por la vía telemática según lo convenido en el plan de estudios, la urgencia de la situación ha puesto de manifiesto que la sociedad no estaba preparada, como se creía, para una realidad en la que las tecnologías de la información y la comunicación se convirtiesen en la única solución a corto plazo. “Las tecnologías han invadido nuestra vida de forma repentina, y experimentan cambios de forma frecuente. La tecnocomplejidad nos ha llevado a ser personas poco competentes con esas tecnologías”, señala Paula Ríos.

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