Dulces para el albergue de Riazor

“Mis meriendas en quirófano eran muy conocidas”, recuerda María Jesús López de los Bueis, a la que siempre le gustó tener una tetera y un bizcocho a mano, ya fuese después de operar o en una clase en la Alianza Francesa. Dice que lo que ella hace “no tiene importancia” porque no se expone como lo hacen algunos de sus compañeros, luchando contra el coronavirus en primera línea, aunque sí que la tiene para los voluntarios que, a diario, van al albergue del pabellón de Riazor y reparten medicinas, toman la fiebre y vigilan que todo esté bien en este lugar seguro para las personas sin hogar. Algunas veces, cuando llegan a su turno, se encuentran con que su compañera anestesista jubilada y reconvertida en repostera se ha acordado de ellos y les ha hecho llegar ese recuerdo en forma de pastas o de bizcocho.

“A mí con que me manden una foto tomando algo dulce en un momento de relax ya me vale como recompensa”, explica la doctora. Hace cuatro años que dejó el quirófano, cuando había ya cumplido los 67, y reconoce que siempre le gustó la Medicina, aunque los fogones la hayan acompañaron durante toda su vida. “Me chiflan las Letras, pero me apetecía hacer Medicina y nunca lo lamenté. Si volviese a empezar, repetiría con Medicina y con anestesia”, admite. Gran parte de su carrera profesional la desarrolló en la sanidad privada, aunque también pasó, como civil contratada, por el Hospital Militar.

Lo del azúcar lo lleva en “el cromosoma” porque es bisnieta y nieta de confiteros que ejercieron su profesión en Asturias, así que, piensa que la vida con algo dulce es siempre un poco mejor.

“Me gusta mucho cocinar y, sobre todo, compartir. A veces me dicen que me voy a poner como una vaca, pero no, porque yo no lo como, no me hace gracia, me gusta invitar a la gente o regalarles los dulces”, dice. Ahora, son los voluntarios y los alojados en el albergue de Riazor los que se benefician de su afición en cuarentena. También sus vecinos y sus familiares, aunque ellos ya tienen el paladar acostumbrado a sus recetas. “Yo siempre estoy probando cosas nuevas, aunque yo no invento nada, que ya está todo inventado”, comenta, con un pan de higos en el horno, y admite que, de internet, no se fía. “Yo quiero libros escritos por autores profesionales y experimentados, para aficionada ya estoy yo y me gusta que esté bonito y que esté hecho con productos naturales”, relata.

Por ahora, les ha enviado al pabellón de Riazor torrijas, pastas de mantequilla y canela, que son su receta más aclamada porque la ha hecho cientos de veces. “Es que yo soy muy afrancesada y las hago siempre en Navidad para regalar”, comenta. También envió, entre otras cosas, un “queique de limón, cocadas y maravillas”.

“Es que están allí trabajando todos los días, enfrentándose a una situación desconocida, las personas a las que están atendiendo se sienten también felices porque alguien pensó en ellas y es para darles esa chispa de vida que da el azúcar y mandarles alegría. Por mucho que digan, el azúcar no es malo. El cerebro solo funciona con azúcar”, resume entre risas.

Leave A Reply

Your email address will not be published.