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La rebelión irmandiña de 1467

Conexiones, hechos y documentos

 

 

 

 

Eduardo Pardo de Guevara y Valdés

Consejo Superior de Investigaciones Científicas

 

 

 

 

La década de los sesenta fue especialmente difícil para Galicia. Los efectos negativos de la peste y de los malos años, que cabe situar en torno a 1465 y 1467, dispararon el clima de intranquilidad generado por el largo rosario de conflictos y enfrentamientos internos de la nobleza que caracteriza la historia gallega del cuatrocientos. El último de ellos, cabe recordarlo aquí, fue el que había enfrentado a Bernal Yáñez de Moscoso, señor de Altamira, con el joven e inexperto arzobispo don Alonso de Fonseca, el cual concluyó con la muerte del primero y el obligado retiro del segundo a la villa de Redondela. Cuando se vivían los últimos momentos de esta disputa, en el horizonte gallego comenzaron a vislumbrarse los negros nubarrones de un nuevo acontecimiento de singular envergadura que, en breve, iba a imponer una inaplazable tregua en las rivalidades de los grandes señores, dejando al cabo una imborra­ble huella en la Historia de Gali­cia.


La gran sublevación irmandiña, que se inicia en la primavera de 1467, es un tema recurrente en la historiografía gallega, sobre todo tras la localización y estudio del famoso pleito Tavera-Fonseca. Este magnífico documento, cuyo caudal informativo tiene un interés que va mucho más allá de los hechos que lo motivaron, fue dado a conocer por J. Couselo Bouzas a mediados de los años veinte del pasado siglo, aunque varias décadas antes -en 1889 exactamente- Bernardo Barreiro ya había anticipado el contenido de sus primeros folios 1. Desde entonces, en efecto, aquel gran levantamiento ha concitado el interés de la mayor parte de los historiadores de la baja edad media gallega, lo que ha quedado reflejado en un buen número de estudios de carácter y alcance muy variado; menciono, entre los más representativos, los publicados por S. Portela Pazos 2, I. Beceiro 3, A. López Carreira 4 o C. Barros 5, estos dos últimos deudores del gran esfuerzo investigador de A. Rodríguez González, que en 1985 publicó por fin la transcripción completa del voluminoso documento 6.

Pese a que todavía son muchas las cuestiones por resolver, aquel célebre acontecimiento, sus hechos y sus protagonistas son en general bien conocidos. Otro tanto cabe decir respecto a sus conexiones con las hermandades castellanas, durante mucho tiempo minimizadas, casi soslayadas, pues en nuestra tradición historiográfica -desde los tiempos de Vicetto- se insistió una y otra vez en considerar la sublevación irmandiña como un movimiento autónomo y con una organización y fines específicamente gallegos 7.

 

Antecedentes y conexiones


La agudización de la crisis social y política que padecían los territorios de la corona de Castilla, especialmente durante el difícil reinado de Enrique IV, definió el camino que favoreció el desarrollo del fenómeno asociativo. Merece la pena recordar, sólo por ejemplo, que ya en los primeros momentos de aquel reinado, entre los años 1456 y 1460 exactamente, varias villas de Guipúzcoa utilizaron la hermandad contra la nobleza local, porque fasían e consentían muchos robos e malificios en la tierra e en los caminos e en todos los logares, lo que fue pretexto para demoler un gran número de sus casas fuertes e imponer el destierro de los parientes mayores 8. Pero este caso no fue único, ni siquiera extraordinario. Sin ir más lejos, en Galicia se reconoce entre los años 1454 y 1458 otro antecedente muy ilustrativo: la hermandad quel dicho moy virtuoso rey don Enrrique mandó faser e se fiso por su mandato en la çibdad de la Cruña e villa de Betanços, a la cual se unieron algunos importantes señores gallegos -entre ellos, Bernal Yáñez de Moscoso, Pedro Bermúdez de Montaos o Suero Gómez de Sotomayor-, junto con los concejos de Santiago, Noia y Muros, de manera que con vos nos hermandamos e con las otras çibdades e villas e lugares que con nos se quisieron hermandar 9.

 

Comenzada ya la década de los sesenta, la guerra civil que enfrentó a los partidarios del príncipe don Alfonso con los leales a Enrique IV favoreció a su vez la cristalización de un nuevo movimiento, importante por su significación y todavía más por su extensión. Esta otra hermandad, iniciada en 1464, celebró su primera junta en la ciudad de Segovia, a comienzos del mes de octubre de aquel año, y en sus inicios permaneció bajo la autoridad y control de Enrique IV, quien naturalmente la utilizaría contra los partidarios de su hermano don Alfonso 10. Sin embargo, tras la junta celebrada en Medina del Campo, ya en 1466, la actuación de la Hermandad castellana escaparía al control del rey y su actuación se mantendría al margen del conflicto político, procurando incluso el arbitraje entre los dos bandos enfrentados; después, sobre todo tras la junta de Fuensalida, celebrada probablemente en enero de 1467, parece que comenzó a favorecer de nuevo al monarca, quien confirmaría incluso sus ordenanzas 11. Para entonces, la Hermandad era un movimiento relativamente consolidado, como lo demuestran tanto los famosos -pero no conocidos- capítulos aprobados en Fuensalida como las sucesivas juntas que celebraron a lo largo de aquel mismo año: en abril en Medina del Campo, en mayo en Valladolid, en septiembre en Castronuño y en noviembre en Cantalapiedra 12. De ahí, pues, que la Hermandad comenzara a resultar peligrosa para el rey, que no conseguía acomodarla del todo a sus intereses, y también para la nobleza y el clero, a los que preocupaban naturalmente las manifestaciones antiestamentales a que daba lugar 13.

 

La consolidación de esta Hermandad castellana y, más aún, su paulatina generalización a los diversos territorios de la corona son, por sí solas, circunstancias que permiten sospechar su directa relación con la hirmandade gallega, cuya gestación parece guardar un cierto paralelismo, como simple extensión o derivación de aquélla. Cabe advertir, en este sentido, que la organización y estructura de una y otra fueron, por lo que se sabe, prácticamente idénticas -juntas, alcaldes, diputados, procuradores y cuadrilleros- y, asimismo, que la aparición e inicial consolidación de la primera pareció favorecer, si no avalar, la de la segunda. Y ciertamente, por lo que hace a la hirmandade, puede afirmarse sin dificultad que sus primeros pasos son mucho más tempranos de lo que habitualmente se ha supuesto, en todo caso bastante anteriores a la gran explosión revolucionaria de la primavera de 1467. Algunos documentos y referencias lo ponen de manifiesto, pues se remontan a los primeros meses de 1465; así, por ejemplo, en este mismo año -aunque en una fecha que no puede precisarse- el concejo de Ourense, en su respuesta a un interrogatorio remitido por la corona, demandaba ya entre otras cosas lo que sigue:


E otrosy, que si a Vuestra Altesa plasera, tomades los jueses, regidores e escuderos de cada cibdad e villa del dicho Vuestro Regno para que tengan acostamientos de Vuestra Real Señoría para vos servir, e para dar favor a la vuestra justicia en los vuestros, para defender vuestras rentas e derechos e villas e juridiciones e otrosy para que se fagan hermandades en todo el dicho vuestro reino e usen e se goviernen por las leyes e premáticas dellas, para que favorescan la dicha vuestra justicia e la de los bienes [?] e sea favorescida e executada en eso mismo para que no consientan faser los dichos robos e males e daños e fuerças e todo se castigue e resista de guisa que todos bivamos e seamos en pas e sosiego e a Vuestra Alteza sea descargo 14...


Enrique IV, sin duda, respondió afirmativamente a la demanda del concejo orensano, si es que no lo había hecho antes ya, pues éste no debió ser el primero ni el último en responder al mencionado interrogatorio ni en demandar que se fagan hermandades. De cualquier forma, la presencia de la hirmandade -o al menos la noticia de su constitución en Galicia o su sola inmediatez- consta con toda claridad ya en los comienzos de este mismo año, puesto que el 2 de febrero de 1465 el conde de Lemos, don Pedro Álvarez Osorio, se había apresurado a ceder a su hijo y heredero, el malogrado don Alonso Osorio, la fortaleza de Monforte, porque las hermandades de Galicia le eran contrarias y podría ser quisiessen tomar sus tierras y no era justo que su hijo, seindo sin culpa e inocente, las perdiese 15. Pese a esta noticia reveladora, que pone de manifiesto una temprana presencia de la Hermandad en las tierras de Galicia, aunque probablemente todavía sin suficiente implantación, es muy poco lo que se sabe con certeza sobre lo que ocurrió a lo largo de los meses siguientes.


Por lo que parece, algunas de las villas y ciudades gallegas más significativas, tales como A Coruña, Ferrol, Betanzos, Pontevedra, Santiago o Lugo, enviaron a sus representantes o procuradores -denominación ciertamente significativa por sí misma- a fin de obtener del rey las necesarias provisiones que sancionasen el nacimiento de la institución en Galicia. Lope García de Salazar, en su célebre pasaje sobre la sublevación irmandiña, afirma que fue Alonso de Lanzós quien canalizó la demanda, obteniendo de Enrique IV los capítulos de la Hermandad 16; pero esta atribución, aunque puede ser cierta, carece de respaldo documental. Sí consta muy bien, en cambio, la presencia en las cortes de Salamanca, celebradas en mayo de 1465, del escribano Juan Blanco, procurador de Betanzos, quien después alcanzaría cierto renombre como capitán de los irmandiños. Allí, por lo que parece, obtuvo la demandada aprobación real y, como representante del reino gallego, participó con el resto de los procuradores en la redacción del otorgamiento de pedidos y monedas. Esta efectiva pero circunstancial recuperación del voto por Galicia -la pérdida se había consumado en las cortes de Madrid, celebradas en 1419- está relacionada directamente con los intentos de Enrique IV por frenar el colapso de la Hacienda real, una de cuyas causas era la quiebra de las fuentes de ingresos motivada principalmente por la anarquía reinante. El problema afectaba ciertamente a todos los reinos, también al de Galicia, cuya rebeldía fiscal, que venía de antiguo, era justificada no tanto en un supuesto privilegio como en la falta de su representación política 17. De ahí, la extensión de la Hermandad, que perseguía la restauración del orden y podía por tanto evitar la bancarrota final de la Hacienda real, así como la casi inmediata ampliación de los llamados casos de Hermandad a los delitos que perturbasen la recaudación fiscal. En el caso de Galicia, en particular, el propósito de Enrique IV no era otro -lo afirma así Olivera Serrano- que el de conseguir, mediante la organización de la Hermandad y la restitución del voto, lo que su padre no había podido conseguir antes: la contribución de Galicia en los pedidos y monedas 18.

 

Los indicios, por lo demás, permiten sospechar también que debió ser por este tiempo cuando comenzaron a circular por Galicia diferentes oficiales reales que tenían la comisión de consolidar las bases de la nueva organización 19. Los testigos del pleito Tavera-Fonseca lo confirman en algunos casos, como en Betanzos, Pontevedra o A Coruña; aquí, uno de estos testigos, Alfonso Mosqueira, concreta la presencia de un factor del rey don Enrrique, que se llamaba Joan de Betresca e que al dicho tiempo que beniera fuera fama en la dicha çiudad que era tal factor del dicho rey y como tal la gente della lo reçebiera, e ansi benido dize este testigo que vido que fizieran juntar la gente de la dicha çiudad de La Coruña y de los cotos della, que heran seisçientos ombres, e vido que entre cada çien ombres puso un alcalde de hermandad, que traía bara y tenía cargo de mandar e gobernar la gente y las cosas que tocaban a la dicha hermandad e a la gobernaçión de la dicha çiudad e tierra 20. Pese a la inevitable publicidad de este tipo de actuaciones públicas, es muy probable que la escasez de la noticias y sobre todo la parquedad de las que se disponen sean en realidad consecuencia del empeño por mantener una cierta discreción respecto a sus acuerdos y planes. El apelativo fusquen­lla, asociado a la denominación del movimiento, es posible que efectivamente tenga algo que ver con este silencio, como lo apuntan Portela Pazos y otros 21.


De cualquier forma, en los comien­zos de 1467, ­la Hirmandade era ya una realidad perfectamente implantada y organizada, dispuesta pues para dar un giro decisivo a lo que, hasta entonces, no había sido más que una discreta actuación de carácter ordenancista y judicial, como parte de la Hermandad general. Un testimonio singularísimo de ello lo ofrece la demanda que la muy virtuosa señora doña Teresa de Zúñiga, condesa de Santa Marta, presentó en la villa de Monterrey, el 21 de febrero de 1467, ante dos cualificados representantes de la Hermandad general: Pedro Maldonado, vecino de la ciudad de Zamora e diputado de la Santa Hermandad della, y Alfonso Fernández de la Madalena, vecino también de Zamora e cuadrillero de la dicha Santa Hermandad de la dicha çibdad de Çamora, quienes se comprometieron a proceder contra los querellados -Sancho López de Ulloa, Pedro Pardo de Cela y Diego de Andrade- segund el tenor e la forma de los dichos capítulos e leyes e ordenanças de la Santa Hermandad, y a trasladar la demanda a los dichos alcaldes e diputados e cuadrilleros de la dicha Santa Hermandad en la próxima junta que se iba a celebrar en Melide, o donde se hallaren, para que se viese como se fesiese aquello que los dichos capítulos e ordenanças disponen e mandan.


Pero el interés de esta comparecencia va más allá de lo que ya queda señalado y, aún, de los sucesos mismos que se relatan en el escrito de denunçiaçión e querella que la condesa de Santa Marta hizo leer en el curso de aquélla. Me refiero, claro es, a que en este último documento se pone de relieve la temprana integración en la Hirmandade -o todavía exactamente en la Santa Hermandad de los reynos de Castilla e de León e de Galisia- de varios personajes muy señalados de la nobleza gallega, como lo eran en efecto los dos demandantes, doña Teresa de Zúñiga, condesa de Santa Marta, y su hijo don Bernardino, conde de Ribadavia, así como el primero de los demandados, Sancho López de Ulloa, todos lo cuales habían sido recibidos en ella como hermanos o hermandados. Y además, que esta integración se había extendido -lo expresa la propia condesa doña Teresa- a los alcaides de sus fortalezas y a sus vasallos, por cuya orden lo fesieron asy e fueron a esa dicha cibdad de Orense a her­mandar e entrar en la dicha Santa Hermandad con vosotros, en virtud de lo cual tanto sus personas como sus bienes y fortalezas estaban sobre seguro e hamparo e defensión del dicho señor Rey e de la dicha Santa Hermandad. Estas circunstancias, en cambio, no eran compartidas por los otros dos personajes demandados -al menos en la querella nada se dice de ello-, que lo eran Pedro Pardo de Cela y Diego de Andrade, quienes habían tomado y ocupado por la fuerza el coto de Leiro y la villa, fortaleza y tierra de Santa Marta, cabeza y título del condado de doña Teresa de Zúñiga 22.


Sería muy interesante que los hechos que motivaron la demanda antecedente, así como la integración o no de los mencionados personajes en la Hirmandade, pudieran relacionarse -o explicarse debidamente- en el contexto del enfrentamiento abierto tras el destronamiento de Ávila, escenificado con el protocolo debido el 5 de junio de 1465, que estaba entonces muy presente en la vida gallega y que todavía lo iba a estar más en los violentos acontecimientos que en breve la alterarían. Por desgracia, la escasez de las noticias disponibles impiden clarificar la actitud de los grandes personajes de la nobleza gallega ante aquel grave conflicto civil. Morales Muñiz, que se lamenta de la falta de interés de los historiadores gallegos por esta cuestión, sospecha que entre los decididamente alfonsinos figuraban los condes de Ribadeo y de Santa Marta, así como el de Benavente, que era su Canciller mayor 23, don Alvar Páez de Sotomayor, que era su Acemilero mayor 24, don Juan de Zúñiga, vizconde de Monterrey 25, y su sobrino don Bernardino Sarmiento, a quien muy poco después del destronamiento de Ávila, el 4 de septiembre de 1465, el príncipe don Alfonso le había confirmado en el adelantamiento mayor de Galicia 26. Esta escueta nómina podría completarse, probablemente, con Fernán Pérez de Andrade 27, el arzobispo don Alonso de Fonseca 28 y el propio conde de Lemos, pese a que las noticias son contadas y contradictorias 29. Frente a todos estos personajes es difícil consignar con seguridad los nombres de quienes pudieron mantenerse firmes en la defensa de Enrique IV; se sabe muy bien que uno de ellos lo fue don Alvar Pérez Osorio, conde de Trastámara 30, y acaso también algunos de los que eran de su órbita, como el jovencísimo Lope Sánchez de Moscoso o Gómez Pérez das Mariñas, como supone Portela Pazos 31 Se sabe, por lo demás, que el monarca contó también con el apoyo, que en Galicia era decisivo, de una gran parte del clero, particularmente el episcopado, con la excepción ya mencionada de Fonseca 32.


Esta clarificación, parca y sin duda muy matizable, no permite en efecto una relectura de los acontecimientos desde la perspectiva de la guerra civil; más aún, si se considera lo mudable de las actitudes y lealtades de ciertos personajes. No obstante, conviene insistir como perspectiva general, que el grueso de la nobleza gallega favoreció al príncipe don Alfonso, mientras que Enrique IV contó con el elemento eclesiástico y con una amplísima base popular, principalmente entre las villas y ciudades del reino, que sabían muy bien que de él venía la razón legal del movimiento. En el pleito Tavera-Fonseca se recogen muchas referencias sobre esta cuestión, precisándose incluso que la sublevación fue efectivamente una consecuencia directa de aquel conflicto; un testigo, Alonso Fruitoso, notario de Pontevedra, lo manifiesta con toda claridad cuando afirma que, en aquellos años, abía dos reis en Castilla, el dicho rey don Enrique e el rey don Alonso, su hermano, e quel dicho rey don Enrique hestaba al tiempo mal con los caballeros de Castilla, porque ellos abían llebantado por rey al dicho don Alfonso, su hermano, y por esto dezían quel mandara llebantar las dichas gentes común de sus reinos en la dicha Sancta Hermandad contra los dichos caballeros 33.


En los primeros meses de 1467 el movimiento sale a la luz y los compromisos de cabildos y ciudades se expresan ya públicamente y sin reparos. El 14 de marzo, por ejemplo, el cabildo y concejo de Tui juró los capítulos da Santa Yrmandade y una semana más tarde designó al canónigo Gonzalo Vázquez para que asistiese en su nombre a la junta de la Hermandad que iba a celebrarse en Medina del Campo, encargándole pocos días después que procure allí todo aquelo que for onrra e prol e proveyto desta eglesia e cabildo e conçello de Tuy 34. En estos mismos días, el 16 de marzo, el cabildo compostelano acordó a su vez una contribución de quatro mill maravedíes de pares de branqas para aa arca da Yrmandade 35, y el concejo de Ourense, iniciado ya el mes de abril, anticipó viinte e çinco mill pares de brancas en ouro e en blancas e quartos para que el alcaide de Castelo Ramiro entregara esta fortaleza aa Santa Yrmandade. A estas noticias se añaden las sucesivas reuniones o asam­bleas que se convocaron­ a lo largo de los primeros meses de aquel año; se conocen tres: la primera fue en Santiago, la segunda en Lugo y la tercera, por fin, en Melide, a cuya celebración había aludido la condesa doña Teresa de Zúñiga en su demanda del 21 de febrero 36. Pero lo que importa destacar en relación con las primeras es que, en el curso de las mismas, se ultimaron los detalles de la inminente sublevación; en la última, por lo que parece, participaron muchos señores y caballeros -aunque se mencionan sólo los nombres de Fernán Pérez de Andrade, Sancho Sánchez de Ulloa y Gómez Pérez das Mariñas 37-, a los cuales se exigió que les diesen las fortalezas de dicho reino, cada uno las suias, , e ge las pedían para derribárselas porque dezían que de las dichas fazían muchos males, porque robaban y tomaban a los hombres y los prendían 38...

 

La exigencia fue, sin duda, la culminación de un plan que habría sido madurado cuidadosamente durante los meses precedentes, si no ya desde antes. En este sentido, las precauciones del conde de Lemos que quedan mencionadas más atrás resultan muy ilustrativas y, no menos desde luego, la que acababa de tomar muy poco antes, el 8 de febrero, al alzar a su hijo, don Alfonso Osorio, el homenaje que le había prestado para que más libremente pudiesse defender sus tierras de las hermandades de Galicia 39. La hora de la subleva­ción general llegó, finalmente, al iniciarse la primavera, cuando las Juntas de las Hermanda­des, organizadas en todas las comarcas gallegas, lanzaron su célebre consigna contra las fortalezas, símbolo visible -físico- de la presión señorial 40.


 

 

 

 

1 Véase, respectivamente, J. COUSELO BOUZAS, La guerra hermandina, Santiago, 1926, y B. BARREIRO DE V. V., "Pleito en 1526 entre los arzobispos de Santiago y Toledo, D. Juan Tabera y D. Alonso de Fonseca, sobre la ruina de los castillos y casas fuertes del señorío compostelano", Galicia Diplomática, IV (1889), págs. 329-331 y 341-344.

2 Galicia en tiempo de los Fonsecas, Madrid, 1957.

3 La rebelión irmandiña, Madrid, 1977.

4 A revolución irmandiña, Ourense, 1987. Además, una muy útil recopilación en Os irmandiños. Textos, documentos e bibliografía, Vigo, 1991.

5 A mentalidade xusticieira dos irmandiños, Vigo, 1988 (edición en castellano, Madrid, 1990). El tema irmandiño está presente asimismo en su miscelánea Viva el rei. Ensaios medievais, Vigo, 1996.

6 Las fortalezas de la mitra compostelana y los irmandiños, colección "Galicia Histórica", La Coruña, 1984, 2 vols. Véase, asimismo, "Fuentes para el estudio del movimiento hermandino", Actas de las I Jornadas de Metodología aplicada a las ciencias Históricas, vol. II (Historia Medieval), Santiago de Compostela, 1975, págs. 301-311, y la entrada "Irmandiños"en la Gran Enciclopedia Gallega, vol. XVIII, págs. 61-67

7 Esta circunstancia fue advertida hace ya tiempo por Gutiérrez Nieto, quien recordaba también que la historiografía castellana, al tratar de la Santa Hermandad que funciona en torno a 1467, insistía a su vez en presentarla como un fenómeno espontáneo, nacido en Segovia y generalizado a Castilla y a las zonas periféricas -Galicia entre ellas-, pero centrando su atención en las manifestaciones castellanas y soslayando las gallegas. J. I. GUTIÉRREZ NIETO, "Puntos de aproximación en torno al movimiento hirmandino (Relaciones entre la Santa Hermandad y la Santa Hirmandade)", Actas de las I Jornadas de Metodología aplicada a las ciencias Históricas, vol. II (Historia Medieval), Santiago de Compostela, 1975, págs. 313-322. El silencio de la historiografía castellana es destacado, asimismo, en I. BECEIRO PITA, La rebelión irmandiña, pág. 23. La primera referencia expresa en J. A. GARCÍA DE CORTAZAR, La época medieval, en "Historia de España. Alfaguara", Madrid, 1973, pág, 349-440. Por lo que hace a la historiografía gallega, el movimiento irmandiño se pone en relación por vez primera con los sucesos políticos del reinado de Enrique IV en S. PORTELA PAZOS, Galicia en tiempo de los Fonsecas, págs. 48-50 y 70-73

8 L. GARCÍA DE SALAZAR, Bienandanzas e fortunas, edic. de A. Rodríguez Herrero, Bilbao, 1971, vol. IV, Libro XXII, págs. 174-175.

9 El texto completo en Galicia Histórica, vol. I (1901), págs. 19-27. Su análisis como precedente o parte del movimiento irmandiño en M. C. PALLARES y E. PORTELA SILVA, "Compostela y la revuelta de los irmandiños", Universitas. Homenaje a Antonio Eiras Roel, Universidade de Santiago de Compostela, 2002, pág. 89-110.

10 J. I. GUTIÉRREZ NIETO, "Puntos de aproximación en torno al movimiento hirmandino...", pág. 317. El origen y rápido arraigo de la nueva Hermandad se vincula con un grave tumulto ocurrido en Zamarramala, lugar próximo a Segovia, donde los vecinos se enfrentaron a los sarracenos que formaban la guardia de Enrique IV. El hecho lo relata Alonso de Palencia, quien concluye su referencia recordando que en corto tiempo, los gallegos no sólo arrancaron de las selvas a los facinerosos y los arrastraron al patíbulo, sino que se apoderaron de fortalezas tenidas por inexpugnables... Véase, A. PALENCIA, Crónica de Enrique IV, BAE, vol. 257, L. VIII, Cap. VII, pág.192.

11 J. I. GUTIÉRREZ NIETO, "Puntos de aproximación en torno al movimiento hirmandino...", pág. 317. Pese a ello, la Hermandad procuró mantener siempre una cierta independencia. Alonso de Palencia se hace eco de algunas noticias muy ilustrativas. entre ellas, la persecución y muerte de Garcí Méndez de Badajoz, el perverso partidario de don Enrique y astuto emprendedor de robos y correrías tan destructoras que sin temor a nadie se entregaba al despojo de los caminantes y a la opresión de los labradores, llegando en su audacia hasta apoderarse de Villavaquerín, aldea fuerte y bien asegurada, apenas vio a la terrible popular lanzada en su persecución, no aguardó un momento y huyó con sus bandidos en busca de campo más tranquilo para sus fechorías, que no encontró por que le perseguían con ardor. A. PALENCIA, Crónica de Enrique IV, L. X, Caps. VI y VII, págs. 241-243.

12 Ibidem, págs. 318-319. Los famosos capítulos de Fuensalida no son en efecto conocidos. Sin embargo, Gutiérrez Nieto da noticia de algunos de los puntos que se incluían aquellas ordenanzas, a partir de un informe remitido a Enrique IV y conservado en el Archivo General de Simancas. En primer término, el fortalecimiento interno de la Hermandad sobre la base de los principios de solidaridad y universalidad, con lo que se buscaba la extensión o generalización de la institución a todos los territorios de la corona. También, la reafirmación de su objetivo específico, la pacificación del reino, para lo que se procuraría arbitrar el acuerdo entre de los dos bandos políticos entonces enfrentados y, de no ser posible, intervenir directamente. Y asimismo, procurar la provisión del maestrazgo de Santiago en el príncipe don Alfonso, defender el patrimonio real y evitar el otorgamiento de pedidos y monedas sin el consentimiento de la Hermandad. Como es natural, junto a estos puntos, Gutiérrez Nieto presupone otros dos: el mantenimiento del orden, con la señalización de los delitos caracterizados como hechos de Hermandad y la administración de justicia no sólo en estos hechos sino también en las demandas presentadas por personas miserables o opresas.

13 Ibidem. pág. 317.

14 J. GARCÍA ORO, Señorío y nobleza. Galicia en la baja edad media, Santiago, 1977, págs. 245-248. También, A. LÓPEZ CARREIRA, Os irmandiños. Textos, documentos e bibliografía, págs. 77-81.

15 FR M. DE LA VEGA, Chronología de los jueces de Castilla, Biblioteca Nacional, Ms. 19.418, fol. 354v. También, E. ÁLVAREZ ÁLVAREZ, "El papel del conde de Lemos en el levantamiento irmandiño", Galicia en la Edad Media, Madrid, 1990, págs. 277-286, y E. PARDO DE GUEVARA Y VALDÉS, Los Señores de Galicia. Tenentes y condes de Lemos en la Edad Media, colección "Galicia Histórica", A Coruña, 2000, vol. I, pág. 370.

16 L. GARCÍA DE SALAZAR, Bienandanzas e fortunas, vol. IV, Libro XXV, pág. 417

17 La ausencia de los procuradores gallegos fue, precisamente, la justificación que el concejo de Ourense reiteró en su ya mencionada respuesta a los capítulos y preguntas que en 1465 le remitieron desde la corte: pues non fueron llamados, nin por ellos otorgados, no son obligados de derecho de pagar lo que los otros procuradores de los otros vuestros regnos, que para ello fueron llamados, lançaron e rapartieron en el dicho vuestro regno... Véase, J. GARCÍA ORO, Señorío y nobleza. Galicia en la baja edad media, Santiago, 1977, págs. 245-248.

18 Véase, C. OLIVERA SERRANO, "La ausencia de Galicia en las cortes del siglo XV", Galicia en la Edad Media, Madrid, 1990, págs. 320-321.

19 Lo sospecha también I. Beceiro, aunque sin precisar el momento. La rebelión irmandiña, pág. 123.

20 A. RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Las fortalezas de la mitra compostelana..., vol. II, pág. 426.

21 Denominación que probablemente derive de fusco, vocablo muy usado en Galicia como expresión de oscuro, negro, tenebroso, según la conocida frase entre lusco e fusco, o lo que es lo mismo, entre luz y tinieblas. Véase, S. PORTELA PAZOS, Galicia en tiempos de los Fonseca, pág. 53; lo recoge también I. BECEIRO, La rebelión irmandiña, pág. 137.

22 El texto en E. PARDO DE GUEVARA Y VALDÉS, "Notas para una relectura del fenómeno hermandino", Señorío y Feudalismo en la Península Ibérica. SS XII-XIX, Zaragoza, 1993, vol. III, págs. 91-106, doc. 1. Véase, aquí, en Documentos, núm. 1.

23 El nombramiento es del 12 de julio de 1465. Por otra parte, la relación de las recompensas que recibió del príncipe don Alfonso es muy significativa: el 13 de abril, la ciudad de Toro, con el título ducal; el 23 de septiembre, la villa del Portillo con su señorío, excepto las alcabalas; el 21 de octubre, el señorío de la mitad de la villa y fortaleza de Puebla de Sanabria, por confiscación; el 12 de noviembre, las rentas de las alcabalas, pedidos y monedas de la villa de Benavente, tierra, partido y lugares del obispado de Astorga; el 22 de diciembre, 100.000 mrs. de juro de heredad situados en cualquier renta de lugar no especificado; el 15 de octubre de 1467, los derechos y ganados -que pertenecen al rey- del servicio y montazgo de los ganados que pasan por el puerto de Vilaharta, tanto en las entradas como en las salidas; el 15 de enero de 1468, 500.000 mrs. de juro de heredad en cualquier renta real de lugar no especificado; el 18 de enero, 60.000 mrs. en compensación por la misma cantidad que tenía Pedro Enríquez, adelantado de Andalucía, en el puerto de Villaharta y hasta que le fueran entregados ciertos vasallos y maravedíes de juro que se le habían prometido; y el 25 de febrero, libramiento de 660.000 mrs. de juro de heredad por ciertos albalaes que estaban asentados en los libros reales -uno de ellos es la merced anterior- y que no había podido cobrar. A estas mercedes, muy importantes, podría añadirse la Puebla de Burullón, por merced de5 de marzo de1466 -expedida a favor de su hermano don Juan Pimentel-, lo que fue notificado oportunamente al conde de Lemos, su propietario, quien naturalmente no lo aceptó, iniciando un largo litigio que no se resolvería hasta 1477. A comienzos del mes abril de 1468, el de Benavente ya habría abandonado el bando alfonsino y abrazado el de Enrique IV, pues el día 4 de aquel mes era el monarca el que le recompensaba, entregándole los bienes dejados por el malogrado don Alfonso Osorio. Véanse las referencias en D. C. MORALES MUÑIZ, El príncipe don Alfonso de Ávila, rey de Castilla, Ávila, 1988, págs. 308-309 y 338, y E. PARDO DE GUEVARA Y VALDÉS, Los señores de Galicia, vol. I, pág. 402, y II, págs. 181-186.

24 El 18 de mayo de 1465, el príncipe don Alfonso lo recompensó con 25.000 mrs. de juro de heredad, situados en las alcabalas de pan y pescado de la villa de Pontevedra, que habían sido renunciados por el conde de Santa Marta. Véase, D. C. MORALES MUÑIZ, El príncipe don Alfonso de Ávila, rey de Castilla, Ávila, 1988, págs. 307-308.

25 El 30 de septiembre de 1465 recibió los bienes de su hermano don Diego López de Zúñiga, que se había mantenido fiel a Enrique IV. Consta, asimismo, que en junio de 1467, después de hacerse con la villa y castillo de Monterrey, Enrique IV ordenó a los alcaldes e diputados e procuradores e hermanos de las hermanda­des de mi regno de Gallisia que restituyesen estos bienes a don Pedro de Zúñiga, mi guarda e vasallo e del mi consejo, la villa y castillo de Monte­rrey, por cuanto que, estando en mi serviçio e seyendo como es mío, su hermano, don Juan de Zúñiga, le entró e tomó e ocupó por fuerça e contra su voluntad, la su villa de Monterrey, con su castillo e fortaleça, e que la ha tenida e tomada e ocupada fasta agora que la avés tomado. Véase, E, PARDO DE GUEVARA Y VALDÉS, "Notas para una relectura del fenómeno hermandino", Apéndice III, págs. 104-105. El príncipe don Alfonso también recompensó generosamente a otros destacados representantes de las líneas castellanas de este estirpe, como el conde de Plasencia, don Álvaro de Zúñiga -ejercía como Justicia mayor y consejero de don Alfonso-, y su primogénito don Pedro de Zúñiga, o don Juan de Zúñiga, hijo de Alonso, vecino y regidor que fue de Valladolid, o don Diego López de Zúñiga, conde de Miranda, y su hija doña Aldonza. Véase, D. C. MORALES MUÑIZ, El príncipe don Alfonso de Ávila, rey de Castilla, Ávila, 1988, págs. 315-316 y 338.

26 Consta, asimismo, que el repostero mayor del príncipe don Alfonso lo era don Diego Gómez Sarmiento, conde de Salinas, que fue beneficiario también de señaladas mercedes. AHN, Colección Diplomática de Diversos, Leg. 13, sc. La referencia y comentarios en D. C. MORALES MUÑIZ, El príncipe don Alfonso de Ávila, rey de Castilla, Ávila, 1988, págs. 124, nota, 299 y 345.

27 E. PARDO DE GUEVARA Y VALDÉS, Los señores de Galicia, vol. I, pág. 364.

28 Los influyentes Fonseca, con el viejo arzobispo de Sevilla y su hermano don Fernando a la cabeza, se distinguieron por el favor que prestaron al príncipe don Alfonso. Véase, E. PARDO DE GUEVARA Y VALDÉS, Los señores de Galicia, vol. I, pág. 364. Noticias y referencias en D. C. MORALES MUÑIZ, El príncipe don Alfonso de Ávila, rey de Castilla, Ávila, 1988, págs. 322 y 331.

29 El 25 de septiembre de 1465 parece que era así, pues en una carta a don Juan Ponce de León, conde de Arcos, el príncipe don Alfonso le comunica que el conde de Lemos e otros muchos caballeros del regno de Gallisia se han juntado conmigo e a mi servicio e mostrado por mí. Véase, Memorias de don Enrique IV de Castilla, Madrid, 1835-1913, vol. II, doc. núm. CXXXIX, pág. 516. Sin embargo, un mes más tarde, el 26 de octubre de 1464, al día siguiente de acordarse el reconocimiento del príncipe don Alfonso como heredero del trono, el de Lemos parece que gozaba de la confianza de Enrique IV, quien en esta fecha le encomendaba la guarda de las principales villas y ciudades gallegas, prome­tién­dole­ su amparo si continuaba en su servicio. A partir de entonces no es posible hacer precisiones; sorprende, eso sí, que Enrique IV concediera al de Benavente, en los primeros días del mes de abril de 1468, los bienes de don Alfonso Osorio, el malogrado heredero del conde de Lemos. Véase, E. PARDO DE GUEVARA Y VALDÉS, Los señores de Galicia, vol. I, pág. 364, y II, págs. 181-186. Puede entenderse así, la diversidad de las opiniones: la lealtad alfonsina es sostenida por López Ferreiro, Portela Pazos y otros; la enriqueña, por ejemplo, la apunta Franco Silva. Véase, respectivamente, A. LÓPEZ FERREIRO, Galicia en el último tercio del siglo XV, La Coruña, 1896, vol. I, pág. 38, y S. PORTELA PAZOS, Galicia en tiempo de los Fonseca, pág. 57, y A. FRANCO SILVA, "El señorío de Villafranca del Bierzo", Boletín de la Real Academia de la Historia, CLXXIX (1982), pág. 57.

30 Alonso de Palencia recuerda su presencia al lado de Enrique IV durante el cerco de Simancas, pero que su lealtad respondía a su anhelo de conseguir el título y la ciudad de Astorga, de que luego le hizo marqués don Enrique, le trajo cuatrocientas lanzas y, del territorio de León y Astorga, muchos hombres de armas y peones, en su mayor parte gallegos. Véase, A. PALENCIA, Crónica de Enrique IV, L. VIII, Cap. II, pág.181, y L. VII, Cap. X, pág. 172.

31 Este Lope Pérez -o Sánchez- de Moscoso era hijo de doña Inés de Moscoso y de Vasco López de Ulloa, señor de la casa de Ulloa. Las muertes prematuras de sus tíos, Bernal Yáñez y Álvaro Pérez, acaecidas respectivamente en 1466 y 1467, le situó inopinadamente al frente de la casa de Altamira, cuanto todavía contaba sólo unos pocos años. Pese a ello, un testigo del pleito Tavera-Fonseca lo menciona con precisión como capitán de la Hirmandade. Véase, S. PORTELA PAZOS, Galicia en tiempo de los Fonsecas, pág. 69 y J. COUSELO BOUZAS, La guerra hermandina, pág. 33. Para lo demás, E. PARDO DE GUEVARA Y VALDÉS, "Parentesco y nepotismo. Los arzobispos de Santiago y sus vínculos familiares en los siglos XIV y XV", Actas del simposio internacional El Coro del Maestro Mateo, Fundación Barrié de la Maza, La Coruña, 2001, pág. 84.

32 A. PALENCIA, Crónica de Enrique IV, L. VII, Cap. X, pág. 172. Se afirma también así en D. C. MORALES MUÑIZ, El príncipe don Alfonso de Ávila, rey de Castilla, pág.115.

33 A. RODRIGUEZ GONZÁLEZ, Las fortalezas de la mitra compostelana..., vol. II, pág. 405.

34 A. LÓPEZ CARREIRA, Os irmandiños. Textos, documentos e bibliografía, págs. 85-87.

35 Ibidem, pág. 86.

36 El 13 de julio, cuando el asedio y derribo de las fortalezas gallegas estaba muy avanzado, pero no concluido, se celebraría una nueva junta general en Betanzos. La referencia en nota 58.

37 A. RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Las fortalezas de la mitra compostelana..., vol. II, pág. 418; también, J. COUSELO BOUZAS, La guerra hermandina, pág. 23.

38 Ibídem. También, J. GARCÍA ORO, Señorío y Nobleza, 118.

39 FR. M. DE LA VEGA, Chronología de los jueces de Castilla, Biblioteca Nacional, Ms. 19.418, fol. 354v. También, E. ÁLVAREZ ÁLVAREZ, "El papel del conde de Lemos en el levantamiento irmandiño", Galicia en la Edad Media, Madrid, 1990, págs. 277-286, y E. PARDO DE GUEVARA Y VALDÉS, Los Señores de Galicia. Tenentes y condes de Lemos en la Edad Media, colección "Galicia Histórica", A Coruña, 2000, vol. I, pág. 370.

40 Véase, L. GARCÍA DE SALAZAR, Bienandanzas e fortunas, edic. de A. Rodríguez Herrero, vol. IV, Bilbao, 1971, Libro XXV, pág. 417; también, A. LÓPEZ FERREIRO, Galicia en el último tercio del siglo XV, pág. 82, e I. BECEIRO, La rebelión irmandiña, págs. 136-137.