El asalto a las fortalezas

De inmediato­, una profunda conmoción sacudió todos los rincones de Galicia. Las nutridas columnas irmandiñas, que un testigo del pleito Tavera-Fonseca -Juan de Milide- oyó dezir que al dicho tiempo serían ochenta mil ombres, comenzaron a recorrer las diferentes comarcas, cercando y rindiendo con la fuerza de su número y el auxilio de trabucos, bombardas y otros ingenios, la gran mayoría de los castillos y fortalezas del reino­ 41­­.­


A la cabeza de aquellas columnas figuraron, ya desde los primeros momentos, algunos personajes de cierto relieve, así como otros muchos caballeros e hidalgos, además de no pocos personajes bien conocidos de las aristocracias urbanas y cuyos nombres han quedado registrados en las fuentes: Pedro Arias Aldao, Lope Pérez Mariño, Fernando de Romay, Álvaro de Angueira, Lope Pérez de Mendoza, Fernando Díaz Teixeiro, Sueiro Noguerol, Álvaro López de la Herrería, Lope da Somoza 42... Sin embargo, en muy poco tiempo tres de ellos se hicieron famosos, siendo reconocidos al fin como los caudillos más visibles ­del movimiento­: el primero fue Alonso de Lanzós, que operaría en la zona de Betanzos y en el obispado de Mondoñe­do 43, el segundo fue Pedro Osorio 44, que lo haría en el área de Compos­te­la, y el tercero lo fue ya Diego de Lemos, que actuaría en las tierras del sur de Lugo y en Oren­se 45. En estos tres casos se adivina fácilmente que el motivo de su partici­pa­ción en la revuelta estuvo sobre todo en sus particulares rencores y deseos de venganza, lo que naturalmente no puede extenderse a la generalidad de caballeros e hidalgos que se alinearon con la sublevación 46.


Pese a lo que queda dicho más atrás, respecto a la madurada preparación del levantamiento, lo cierto es la sorpresa del ataque fue un factor decisivo para el triunfo irmandiño. La nobleza, en medio de su desconcierto, intentó resistir, pero no le fue posible, pues toda la gente del dicho reino andaba en favor de la dicha hermandad y hera contra ellos y ellos no tenían favor ninguno, porque sus mismos basallos eran contra sus señores... Fue, pues, la hora en que los gorriones corrieron tras los falcones, provocando al fin la desbanda­da general 47. La gran mayoría de los señores intentó salir de Galicia: Sancho de Ulloa y Diego de Andrade, por ejemplo, se encaminaron hacia Castilla por miedo que tenían a los de la hermandad, pero fueron interceptados por las gentes de la condesa de Ribadavia, mujer del Adelanta­do mayor de Galicia, que los mantuvo en prisión por espacio de dos años 48. El arzobispo Fonseca, que se hallaba en su destierro de Redon­de­la, huyó también para Castilla, pero al no encontrar la ayuda que buscaba se pasó después para Portugal, donde rumiaban su venganza otros importan­tes persona­jes gallegos, como don Juan de Zúñiga, Pedro Álvarez de Sotomayor o don Juan de Pimen­tel 49. Hubo otros­ que intentaron resistir a la marea revolu­cio­naria; así lo hizo, por ejemplo, Álvar Páez de Sotomayor, que se encerró en Tui, si bien poco antes de su muerte, repentina, ordenó abrir las puertas de la ciudad a los cinco mil irmandiños que la sitiaban 50, y también el conde de Lemos, que salió victorioso de la primera embestida irmandiña, pero que finalmente debió buscar refugio tras los muros de su castillo de Ponferrada; con él se reunieron asimismo su yerno, Pardo de Cela, y los suyos. Y no faltaron, ya por fin, los que ­anduvie­ron escondi­dos, errantes, por las tierras gallegas; fue el caso, por ejemplo también, de Suero Gómez de Sotomayor, señor de Lantaño y pariente de Álvar Páez 51, que andaba escondi­da­mente por la tierra y le daban de comer los labrado­res, como recordaría un testigo del pleito Tavera-Fonseca­­ 52. Esto mismo debieron hacer también Gómez Pérez das Mariñas, el gran justador gallego, que encontró­ refugio -lo recuerda Vaamon­de Lores- en el monaste­rio de Samos, donde también se había resguardado don Alonso Osorio, heredero de la casa de Lemos 53, o Lope Pérez o Sánchez de Moscoso, recién llegado de Castilla para ponerse al frente de la Casa de Altami­ra 54, y otros muchos caballeros de menor relieve, como García Mártiz de Barbeira, Fernán Álvarez de Caranto­ña, Vasco Gómez das Seixas 55...


La victoria de la sublevación irmandiña fue rápida y completa. El solo recuento de las fortalezas que sufrieron el empuje arrollador de la rebelión resulta suficientemente ilustrativo respecto a la magnitud del movimiento, a la vez que pone de manifiesto el ímpetu de su actuación durante el breve período en que los grandes señores permanecieron en su forzado exilio. Los autores más próximos a estos acontecimien­tos proporcionan interesantes relaciones de las que fueron derribadas, comprendiendo en ellas tanto los castillos y fortalezas propiamente como las simples torres o casas fuertes, que fueron total o parcialmente derruidas y cuyo número pudo ser sensible­mente superior a las ciento treinta. En opinión de Lojo Piñeiro, que las ha cuantificado hace algunos años, la cifra llegaría incluso a las ciento sesenta y nueve 56.


No se sabe con exactitud cuántas fueron las fortalezas cuyos señores o alcaides entregaron pacíficamente a la Hirmandade, ni cuántas debieron ser rendidas o tomadas por asalto. Tampoco se conoce la secuencia cronológica del proceso de cerco, rendición y derribo que se siguió en aquellos meses. Sí consta, desde luego, que no fue un camino fácil, triunfal, y que los alcaides o tenedores de algunas fortalezas ofrecieron firme resistencia. De ahí, probablemente, que el proceso iniciado a fines del mes de abril -el 22 se tomaba ya la de Castelo Ramiro, en Orense- no se concluyera en unos pocos meses, sino que se prolongara en el tiempo, debiendo recurrir al rey para que, aprobando lo ya hecho, conminara la entrega de las que todavía se resistían. La respuesta de Enrique IV, despachada en Cuéllar el 6 de julio de aquel año, fue generosa y terminante en todos sus términos:


Sepades que a mí es fecha relaçión que algunas personas, pospuesto el themor de Dios e de la mi Justiçia, e non curando de las penas en que por ello han caído e incurrido, han fecho muchos robos e muertes e fuerças e otros crímines e delitos en este dicho regno, los quales se han acogido e reçetado en algunos castillos e fortalesas dese dicho regno e dellas muchos e muchas veses, perseverando en su mal propósito, han salido a continuar en sus robos e fuerças e muertes en grande deserviçio de Dios e mío e menospreçio de la mi Justiçia, e total destruiçión dese dicho mi regno, e como quiera que vosotros, administran­do justiçia e proçediendo contra los malfe­chores, avedes çercado las tales fortalesas e avedes proçe­dido contra los tales malfechores, e avedes derrivado las dichas fortalesas, pero deçides que algunas de las dichas fortalesas se han revelado e revelan, e han continuado e continuan en re­cebtar, e reçebtan, los dichos malfechores, e me embiastes suplicar e pedir por merçed que, acatando que vosotros proçedis­tes con sello de justiçia, así en el derribar de las dichas fortalesas que derri­bastes, como en el proçeder que proçedistes contra los malfecho­res, que aprovase e confirmase e oviese por bien fecho todo lo que fesistes en esta parte, segúnd e por la forma e manera que en ello proçedistéis, e yo tóvelo por bien e quiero e mando e me plase de aprovar e apruevo por la presente el derribamiento de aquellas fortalesas que vosotros derribastéis, de las quales se fasían robos e muertes e fuerças e otros males e daños, e eran receptadoras de los malfechores e defensores dellos e de los omes criminosos, e así mismo qualesquier otras cosas que por vía de justiçia avedes fecho e proçedido, e lo loo e apruevo e he por bien fecho 57...


En las cláusulas sancionales, Enrique IV ordenaba, so pena de la mi merçed e de caer, por ello, en mal caso e de perder los cuerpos e quanto han, a los alcaldes de las fortalezas gallegas que estuvieran cercadas o se cercaran, por causa de los males y daños que desde ellas se hacían, que luego las den e entreguen a los alcaldes e diputados de la Santa Hermandad del dicho regno. En las espaldas de esta real provisión, famosa pero hasta hace poco no conocida 58, se asienta escuetamente la celebración de una junta general de la Hirmandade en Betanzos, el 13 de julio de este año; esta simple anotación y su proximidad a la fecha de expedición de la provisión, permiten suponer que este fue el momento y lugar donde se dio la primera publicidad a tan importante documento.


Pero la intervención real directa, expresa, por lo que hoy se sabe, no quedó plasmada sólo en el hecho de la aprobación y exigencia que queda extractada, sino que fue precedida en los meses anteriores de otras iniciativas de orden más concreto, con las que procuró reconducir algunas actuaciones de la Hirmandade que consideraba inadecuadas, sin duda por ser claramente contrarias a los intereses de la corona. Cabe mencionar, en particular, la real cédula despachada el 25 de abril, en la que Enrique IV ordenaba la devolución a doña Teresa de Zúñi­ga, condesa de Santa Marta, a su hijo el conde don Bernaldino Sarmiento y a don Juan de Zúñiga, vizconde de Monterrey, de qualesquier tierras e vasallos e fortalesas que les tengades tomadas, e les fagades acudir, e acudan, con todos sus derechos acostumbrados, e sobreseades en les tomar ni ocupar de aquí adelante otra cosa alguna, e alçando qualquier syto e cerco que sobre ello tengades puesto, e non fasiendo en ello otra novedad por quanto así cumple a mi serviçio 59... Y junto a la cédula anterior, merece recordarse también la misiva despachada ya el 19 de junio del mismo año; en ella, tras manifestar que don Pedro de Estuñiga, mi guarda e vasallo e del mi Consejo, me fiso relaçión que él, estando en mi serviçio e seyendo como es myo, fue desposeido de la su villa y castillo de Monterrey por su hermano don Juan de Estúñiga y que ahora la avéis tomado de poder del dicho Juan de Estúñiga. Por ello ordena, de seguido, que ge la fagades luego tornar e restituir, apoderándole en la posesión della, como a señor de la dicha villa, segúnd que antes que fuese desposeído la tenía, en lo qual me faréis agradable plaser e serviçio, por quanto el dicho Pedro de Estúñiga es mi servidor e ha de guardar las cosas complideras a mi serviçio e a la conservaçión e guarda y acreçentamiento de esa Santa Hermandad 60.

 

Pese al espíritu que animaba el movimiento, el triunfo alcanzado en aquellos meses no dio paso a un periodo de paz y sosiego. La norma general fue aplicar la pena capital, bien por asaetamiento, bien por ahorcamiento: a Juan de Lamas, lo asaetaron por tomar una carga de pescado, a un vizcaíno a su vez por robar una pescada, a otro hombre lo ahorcaron por robar una simple manta... La justicia expeditiva y el rigor mismo de estas penas era norma general en la actuación de la Hermandad general, como lo había hecho la Hermandad vieja de colmeneros y ballesteros que años atrás se había establecido en Toledo, Talavera, Villarreal y maestrazgo de Calatrava, de la cual hace recuerdo y elogio el cronista Alonso de Palencia 61. De cualquier forma, poco o nada que ver, por tanto, con ese reino de paz, justicia, seguridad, unidad y solidaridad, que dibuja con excesivo entusiasmo C. Barros; en realidad, estos y otros muchos excesos de la justicia irmandiña, que no son del caso recordar aquí, pero casi todos nítidamente reflejados en los testimonios del pleitoTavera-Fonseca, parecen indicar todo lo contrario; esto es, que la violencia que se quiso combatir seguiu a ser un triste protagonista cotiá 62.


La heterogeneidad de las fuerzas que se habían unido en torno a la Hirmandade -alta y baja nobleza, clero, burgueses y campesinos- no permitió posiblemente que cuajara, tras los derrocamientos de 1467, una unidad interna efectiva del movimiento. En realidad, bastaron tan sólo dos años para que las diferencias existentes entre los miembros de las distintas juntas, entre muchas de éstas y entre los pareceres de los diversos grupos sociales que las integraban, se tradujeran en claros enfrenta­mientos, los cuales generaron en última instancia el clima propicio que esperaban todos los caballeros y señores que permane­cían al acecho 63. Pese a ello, el fin del sueño irmandiño no se gestó en Galicia, sino fuera de ella y a partir, sobre todo, de los dos hechos capitales que se suceden en el verano de 1468 y que dan paso a un proceso de reajuste en el escenario político castellano: en primer término, la muerte del príncipe don Alfonso, acaecida el 5 de julio 64, y más tarde ya, el 18 de septiembre, el famoso pacto de reconciliación sancionado en la venta de los Toros de Guisando, por el cual Enrique IV se resigna a reconocer como heredera del trono a su hermana doña Isabel, por el bien e paz e sosiego de estos regnos, e por atajar las guerras e males e divisiones que en ellos al presente hay 65...

 


 

41 La estimación, aunque probablemente exagerada, permite comprender la magnitud del levantamiento; así lo entiende I. Beceiro, por ejemplo, pero no Couselo Bouzas, quien razona que el número tal vez fuera superior, si tenemos en cuenta que en todas partes han surgido grupos hermandiños... y además, si nos propusiéramos sumar el número de hombres de que los testigos del proceso, nada más que en ciertos y determinados sitios, nos hablan, veríamos que nuestro parecer no es equivocado. Véase, A. RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Las fortalezas de la mitra compostelana..., vol. II, pág. 345. Además, I. BECEIRO, La rebelión irmandiña, pág. 122, y J. COUSELO, La guerra hermandina, pág. 15.

42 García de Salazar recordaría que se habían organizado hermandades en todo el reino de Galicia, así de labradores como fijosdalgo, contra todos los caballeros y señores de la tierra. Esta afirma­ción expresa, con claridad, cual fue la participación de las fuerzas sociales en el levantamien­to de 1467. Beceiro, que trata detenidamente esta cuestión, señala en concreto la muy destacada intervención de la baja nobleza y del clero. Véase, L. GARCÍA DE SALAZAR, Bienandanzas e fortunas, vol. IV, Libro XXV, pág. 417, e I. BECEIRO, La rebelión irmandiña, págs. 125-128.

43 Este Alonso de Lanzós, señor de Louriñá, fue -lo recuerda Vasco de Aponte- un esforzado caballero que contaba con veinte de a caballo, cuatrocientos basallos y muchas behetrías. La cuna de su linaje -que eran los Lançones- se situaba en tierras de Villalba, pero llevaba también la sangre de los Andrade y Valcárcel, de ahí sus intereses en las tierras de Pontedeume y Ferrol, así como su estrecho parentesco con Fernán Pérez de Andrade, con el que mantuvo buenas relaciones; después abandonó el acostamiento de los Andrade y se pasó a la casa de Gómez Pérez das Mariñas, de la que llegó a ser uno de los grandes y principales. El personaje casó con doña María de Castro, hija de Pedro Vermúdez, señor de la casa de Montaos. Otras referencias en E. PARDO DE GUEVARA Y VALDÉS, Los señores de Galicia, vol. I, pág. 368, y "Parentesco y nepotismo", pág. 69.

44Este Pedro Osorio era el segundo de los tres hijos que dejó el desaparecido don Pedro Álvarez Osorio, conde de Trastámara. Los otros fueron don Luis Osorio, que había pretendido la mitra compostelana y terminó siendo obispo de Jaén entre los años 1483 y 1496, y don Álvar Pérez Osorio, que sucedió a su padre y fue, además, el primer marqués de Astorga. Por lo que se refiere al caudillo irmandiño, basta recordar que matrimonió con doña Urraca de Moscoso, en la cual hubo cuatro hijos; entre ellos, don Rodrigo Osorio, que sucedió en el condado de Altamira, y don Álvar Pérez, que fue obispo de Astorga entre los años 1515 y 1539. Las referencias genealógicas en E. PARDO DE GUEVARA Y VALDÉS, "Parentesco y nepotismo", pág. 85.

45 Este Diego de Lemos, entonces mozo soltero, fue el hijo segundo de don Alonso López de Lemos, señor de Amarante, Sober y Ferreira, y de doña Berenguela de Ribadeneira. Pertenecía, por tanto, a un muy antiguo linaje de la Tierra de Lemos y, tras la revolución irmandiña, jugaría ya un papel más acorde con su posición social. El personaje casó por el año 1471 con doña Mayor de Ulloa, hermana del conde de Monterrey, y dejó en ella varios hijos: López Sánchez de Ulloa, que heredó el mayorazgo de Ferreira y Sober; don Alfonso, que casó con doña Elvira de Novoa, señora de Maceda; doña María, que casó a su vez con Pedro Díaz de Cadórniga; doña Teresa, casada con Álvaro Suárez de Tangil. A estos hijos se añadió el bastardo Rodrigo de Sober. Referencias en E. PARDO DE GUEVARA Y VALDÉS, Los señores de Galicia, vol. I, pág. 368.

46 El de Osorio, por de pronto, es seguro que tenía muy presente entonces quienes habían expulsado de Santiago a­ su padre, el conde de Trastáma­ra, y participado acaso en su propia muerte. El de Lanzós, mientras tanto, es seguro también que no olvidaba los nombres de Fernán Pérez de Andrade y Pedro Pardo de Cela, quienes poco antes le habían derrocado la fortaleza de Ortigueira, después de haber cercado y rendido por hambre la fortaleza de Mesía, dentro de la cual -lo recuerda García de Salazar- se encontra­ba su mujer. El de Lemos, por último, sin duda no había perdonado todavía la ofensa recibida cuando los grandes personajes gallegos corrieron las tierras de don Sancho de Ulloa, porque éste le había dado en matrimonio a su hija doña Mayor, despreciando así las solicitudes de don Juan de Zúñiga. Véase, por lo demás, I. BECEIRO, La rebelión irmandiña, págs. 128-133; también, J. COUSELO BOUZAS, La guerra hermandina, págs. 20, 27 y 36.

47 Declaración de Lope García, de Betanzos. Véase, A. RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Las fortalezas de la mitra compostelana..., vol. II, págs. 428-429.

48 La condesa de Ribadavia, a la que se alude -siguiendo la declaración de Juan de Mellid-, era doña María Pimentel, hija de don Juan Pimentel, destacado seguidor del bando alfonsino, y de doña Juana de Castro, señora de Valdeorras, su mujer. Véase, A. RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, las fortalezas de la mitra compostelna..., vol. II, pág. 478, y J. COUSELO BOUZAS, La guerra hermandina, pág. 28.

49 S. PORTELA PAZOS, Galicia en tiempos de los Fonseca, págs. 57-58.

50 J. COUSELO BOUZAS, La guerra hermandina, 38. También, R. VÁZQUEZ, Crónica de Santa María de Iria, pág. 47.

51 La Casa de Lantaño procedía del famoso Payo Gómez Charino, cuya hija -doña María Álvarez- había casado con Diego Álvarez de Sotomayor, caballero de la Banda y segundón de la casa de Sotomayor. De estos últimos fue hijo el no menos célebre Payo Gómez de Sotomayor, uno de los protagonistas de la embajada de Enrique III ante el Gran Tamorlán, el cual casó a su vez con doña Mayor de Mendoza, sobrina del arzobispo don Lope, que fueron los padres, entre otros, del personaje citado en el texto. Algunas noticias en V. SALVADO MARTÍNEZ, "El mariscal don Suero Gómez de Sotomayor", Museo de Pontevedra, 2 (1943), págs. 121-135.

52 A, RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Las fortalezas de la mitra compostelana..., vol. II, pág. 341, y J. COUSELO BOUZAS, La guerra hermandina, pág. 45. También, S. PORTELA PAZOS, Galicia en tiempos de los Fonseca, pág. 58.

53 Gómez Pérez das Mariñas y sus descendientes, págs. 18-21.

54 A. LÓPEZ FERREIRO, Historia de la Iglesia de Santiago, vol. VII, pág. 264.

55 S. PORTELA PAZOS, Galicia en tiempo de los Fonsecas, pág. 59.

56 Las relaciones más tempranas en L. GARCÍA DE SALAZAR, Bienandanzas e fortunas, vol. IV, Libro XXV, 417-418, y B. S. MOLINA, Descripción del Reino de Galicia, Mondoñedo, 1550 [edic. facsímil de "Bibliófilos Gallegos", Santiago, 1949], fol. XLIII. La más reciente y completa en F. LOJO PIÑEIRO, A violencia na Galicia do século XV, págs. 109-114.

57 El texto en E. PARDO DE GUEVARA Y VALDÉS, "Notas para una relectura del fenómeno hermandino", doc. IV, págs.105-106. Véase, aquí, en Documentos, núm. 5.

58 La primera noticia de su hallazgo, con una breve referencia a la escueta mención de la junta celebrada el 12 de julio en Betanzos, en M. VILLA OLIVEROS y E. PARDO DE GUEVARA Y VALDÉS, "Documentación medieval gallega en la Colección Diplomática de Diversos del Archivo Histórico Nacional", Galicia en la Edad Media, Madrid, 1990, pág. 12.

59 "Notas para una relectura del fenómeno hermandino", doc. II, págs. 103-104. Véase, aquí, en Documentos, núm. 2.

60 Ibidem, doc. III, págs. 104-105. Aquí, en Documentos, núm. 4. Para lo demás, véase lo apuntado en nota 25.

61 Gracias a aquella institución, afirma el cronista, en estos territorios apenas se atreve hoy nadie a coger lo que encuentra en medio del camino y mucho menos lo que hay en las casas... y añade, de seguido, que por el robo más insignificante, por el más ligero delito perpetrado en cualquier parte de aquel territorio, persíguese al culpable hasta Aragón y hasta Portugal, y una vez preso llevanle a los montecillos señalados para las ejecuciones, donde han de atarle en lo alto de un madero. Antes acuden de las aldeas vecinas y de las chozas en que viven por los montes y extraviadas soledades los guardas de las colmenas que son el mayor recurso de aquellos rústicos; hablan familiarmente con el reo, comen todos juntos cual en regocijado festín y se alegran con el vino, tenido por suave y excelente. Acabando el banquete, atan al infeliz, y diestros cuadrilleros disparan contra él unas veinte saetas. Al que le atraviesa el corazón tiénesele por merecedor del premio, pero el que las clava fuera del pecho paga como multa el próximo banquete y queda inhabilitado para tomar parte en los sucesivos. Inmediatamente después, jueces nombrados por la junta de rústicos declaran los motivos de la sentencia por la que el desdichado, ya exámine, ha merecido tan cruel pena. Véase, A. PALENCIA, Crónica de Enrique IV, Cap. VII, pág.191.

62 Lope García de Salazar se refiere a ello en estos términos: durando estas cosas e fechos en Galisia, como dicho es, e otros muchos por tiempo de tres años, poco más o menos, como apareçer de las gentes, Nuestro Señor quiso ferir con su disçiplina a estos cavalleros de Galiçia, e pagado dellos con piedad e viendo las demasiadas crueldades de los villanos, e la su mucha desovediençia contra sus naturales señores, e más contra los fijos dalgo que los ayudaban, acatando la antigua enemistad que fue e sería entre fijos dalgo e villanos, juntandose con los dichos señores, dieron con los dichos villanos en el suelo, faziéndoles pagar todos los daños, e fasiéndoles faser todas las dichas fortalesas mejores que de primero... L. GARCÍA DE SALAZAR, Bienandanzas e fortunas, vol. IV, Libro XXV, pág. 419. Véase, por lo demás, I. BECEIRO, La rebelión irmandiña, págs. 151-152;. C. BARROS GUIMERANS, "La revuelta de los irmandiños. Los gorriones corren tras los falcones", Historia de Galicia, Faro de Vigo, Vigo, 1991, vol. II, pág. 451, y F. LOJO PIÑEIRO, A violencia na Galicia no século XV, págs. 48-52.

63 I. BECEIRO, La rebelión irmandiña, págs. 154-156.

64 En su carta a la ciudad de Toledo, despachada el 6 de julio de 1468, Enrique IV con acuerdo de los perlados e grandes de mis regnos e de los procuradores de la cibdades e villas e hermandades dellos, se apresuró a comunicar que entiendo dar orden en la pas e sosiego e tranquilidad de los dichos mis regnos, e en el buen regimiento e administración e gobernación de la justicia dellos: por manera que todas las guerras e males e dapnos e otros inconvenientes cesen en ellos. Véase, Memorias de don Enrique IV..., vol. II, doc. núm. CXLVIII, pág. 454.

65 Ibidem, doc. núm. CLII, págs. 561-566.