La vuelta de los señores


Esta nueva situación hizo posible que, en sólo unos meses, los caballeros y señores gallegos pudieran reorganizarse y disponer de los apoyos necesarios para afrontar con éxito su retorno. Así, siguiendo a Vasco de Aponte, en la primavera de 1469, Pedro Álvarez de Sotomayor se concertó en la villa portuguesa de Monçao con el arzobispo Fonseca y con don Juan Pimentel, acordando reunir sus fuerzas en las proximidades de Santiago. Estos fueron los primeros en llegar; después ya, lo hizo el de Sotomayor, que había entrado por Portugal al frente de cien lanzas y dos mil peones más o menos, pero que en el camino hubo de hacer frente a los cuatro o cinco mil villanos que le salieron al paso junto al castro de A Framela y, tras vencerlos, se vio forzado también a sortear la ciudad de Pontevedra, tras cuyos muros se resguardaban los irmandiños que capitaneaba Lope Pérez Mariño, hijo de Payo Mariño de Lobera 66.


El conjunto de todas las fuerzas de Fonseca, Pimentel y Sotomayor sumaba un importante contingente: entre castellanos, portugueses y gallegos, un total de trescientas lan­zas. De esta forma, la reacción señorial se convirtió muy pronto en una auténtica amenaza. En el monte Almáciga, los tres vencieron con facilidad a los diez mil irmandiños que capitaneaba Pedro Osorio, quien prefirió huir antes que caer en manos de sus enemigo­s 67. La victoria resultó decisiva, pues la ciudad de Santiago ­­quedó indefensa ante el Arzobispo y, apenas dos meses después -julio de 1469-, se vio obligada a abrirle sus puertas, no sin antes hacerle jurar que guardaría los usos y costumbres de la ciudad 68. Mientras tanto, Fernán Pérez de Andrade, Sancho Sánchez de Ulloa, Lope Pérez de Moscoso y Gómez Pérez das Mariñas se unieron también con sus gentes a aquel ejército señorial.


Desde Santiago, los señores y caballeros se encaminaron hacia los dominios de la casa de Andrade, donde se encontraron con una dura resistencia irmandiña. Parapeta­do en el castro de Gundián, Alonso de Lanzós esperaba el auxilio de Diego de Lemos para iniciar una ofensiva. Pero no tuvo tiempo. Iniciada la batalla, el caudillo irmandiño prefirió también la retirada ante el temor de no contar a tiempo con los refuerzos que prometidos; la posterior llegada de estos, al mando del propio Diego de Lemos, no fue suficiente para cambiar ya el signo de aquella jornada. Así, tras un breve parlamento entre Pedro Álvarez de Sotomayor y Diego de Lemos, este último decidió retirarse pacífica­men­te 69. De esta forma, los señores y caballeros pudieron liquidar rápidamente la resistencia irmandiña en aquella zona, aunque la villa de Pontedeume no se entregó al de Andrade, sino al Arzobispo, por directa decisión de Alonso de Lanzós, mortal enemigo del primero. Pero el de Lanzós no logró escapar del derrumbe irmandiño: perseguido y apresado por Fernán Pérez Parragués, éste no tardó en ponerlo en manos de Fernán Pérez de Andrade, quien le dio en premio -o como rescate exactamente, pues impone como condición la entrega previa del prisionero- el coto de San Mamed de Oleiros, así como una parte de los villares de Parga y del beneficio de Santa Cruz de Parga 70.


Por el conde de Lemos había entrado también en Galicia. Lo hizo, naturalmente, por el Bierzo, donde había permanecido durante todo aquel tiempo, logrando resistir los sucesivos embates de las columnas irmandiñas, que capitaneaba el hidalgo berciano Álvaro Sánchez, señor de Arganza y Canedo -al que después mandó asaetar-, y a las gentes de don Álvaro Pérez Osorio, conde de Trastámara y ahora flamante marqués de Astorga, que había prestado apoyo a la sublevación. Con el de Lemos parece que retornaron también Pedro Pardo de Cela y sus deudos, Pedro Miranda, Pedro Bolaño y otros más; entre ellos, Alonso López de Lemos, señor de Sober y Ferreira y padre de Diego de Lemos. Los primeros, por lo que parce, arremetieron contra los núcleos irmandiños de Lugo y su comarca; el último, por su parte, lo hizo ya contra los que ocupaban las tierras de Lemos, a los cuales parece que venció en el campo de la Pedrosa, en la parroquia de Vilamelle, junto Ferreira de Pantón, apoderándose incluso de la villa de Monforte:


Contra ellos -escribe Gándara- salió con los suios Ferreira, i les dio batalla en el campo, adonde dizen la Pedrosa, i aunque de dos pedradas le derrivaron del cavallo, volvió a montar en él i peleó tan honrada­mente que matando muchos de ellos los desbarató, los siguió hasta Monforte, los echó de la villa y se apoderó della, hasta que la entregó al conde don Pedro 71...


En muy pocos meses, la Hirmandade fue vencida en todos los frentes y los grandes señores gallegos lograron recuperar el control de sus antiguos dominios. En cierto modo, pues, Galicia pareció entrar entonces en vías de normaliza­ción. No hubo venganzas despiadadas contra los vencidos, o al menos no hay prueba de las mismas, salvo algún que otro caso aislado 72. Lo cierto es que la única prioridad, compartida por todos, era entonces la recuperación de las tierras y vasallos y la reconstrucción de las fortalezas derribadas.


Lo primero dio paso, casi de inmediato, a la aparición de una nueva serie de conflictos y enfrentamientos armados, sobre todo en la Tierra de Santiago, donde el Arzobispo decidió jugar sus cartas con determinación. Era, en efecto, el retorno a la normalidad... Lo segundo, por otra parte, no resultó un empeño fácil, ni rápido. Todos se aprestaron a la tarea, logrando reconstruir al cabo de los años algo menos de la mitad -setenta y tres- de las ciento sesenta nueve fortalezas que fueron derrocadas, y todos -aunque Aponte excluye expresamente a Alvar Pérez de Moscoso, señor de Altamira- recurrieron a los mismos métodos: las penas y las prestaciones personales de los vasallos 73.


Al tratar sobre esta cuestión, Couselo Bouzas destaca que la mayor parte de las noticias de los testigos del pleito Tavera-Fonseca se concentran en la fiebre restauradora del conde de Lemos 74. Lo que se sabe es, en síntesis, que este último aseguró a sus vasallos contra cualquier represa­lia, iniciando de seguido la cuidadosa reconstruc­ción de sus fortalezas, labor que pudo prolongar­se durante los quince o veinte años siguien­tes 75. Recuerda también Couselo que el de Lemos obligó a sus vasallos a la prestación personal, durante dos o tres días por semana, para lo cual debían llevar carro y bueyes y satisfacer dos reales para pagar a los oficiales, pertigueros o executores, encargados de la dirección de las obras 76. Recuerda, asimismo, que les impuso -esto al menos por lo que se refiere a la reedifi­ca­ción de la fortaleza de Sa­rria- la pena de seis­cien­tos marave­díes para aquéllos que no se presen­ta­sen 77. Considera, no obstante, que la actitud del conde de Lemos fue la usual en aquellos tiempos. En medio de los relatos de los testigos del pleito Taver-Fonseca surgen dos anécdotas que se han hecho famosas; una de ellas, recogida por Couselo Bouzas y repetida después hasta la saciedad, cuenta que en cierta ocasión el ya mariscal Pardo de Cela le sugirió a su suegro, el conde de Lemos, que ynchiese los carballos de los dichos vasallos, a lo cual se negó este último, porque no se abía de mantener de los carballos, que si ellos hizieran el mal que lo pagarían 78. Más creíble, o sólo menos adornada que la anterior, es la que se sitúa en las obras de reparación de la fortaleza de Ponferrada, cuando un vasallo fue a quejarse al Conde de la muerte de un buey en estas operaciones, pidiendo al mismo tiempo que se le facilitara otro; el Conde contestó: i de puta, villanos, qué os hacían las mis fortalezas que estaban hechas, e si vos e los otros mis vasallos no me las derrocásedes non os las mandara hacer. Pero de inmediato ordenó que se trajera otro buey y que se lo diesen, si era pobre, ahora si era rico que el vasallo lo comprase 79.

 

De esta forma concluyó la sublevación irmandiña. Con ella, casi al mismo tiempo, quedó también borrado del mapa el movimiento general del que se derivó y que había nacido en Segovia, como un verdadero cuerpo policial, sobre la base de la Hermandad vieja de colmeneros y ballesteros de Toledo, Talavera y Ciudad Real. Pese a que en breve la situación general retornó a su estado anterior, aquel ensayo no fue vano, sino que en breves años fructificó en la nueva institución que lograría, de la mano de los Reyes Católicos, la restauración definitiva del orden público y el sometimiento de todos a la justicia y autoridad real.


 

 

 

 

66 V. DE APONTE, Relación de algunas casas y linajes del reino de Galicia, Editorial Nova, Buenos Aires, 1945, pág. 120.

67 Ibídem, pág. 121.

68 E los de la çiudad de Santiago no lo quisieran resçibir hasta tanto quel les jurara de guardar los usos e costumbres que la dicha çiudad tenía, y sobre esto el dicho Patriarca con los caballeros y gente que con él benían cercaron la dicha çiudad de Santiago en donde los de dentro della se defendían y sobre ello moriera mucha gente adonde el dicho Señor Patriarca fue ferido por una pierna de una saetada, de que tobiera malo y después se conçertara con la dicha ciudad y les juró sus costumbres y prebillegios de se los guardar y se le entregara la dicha ciudad...Véase, A. RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Las fortalezas de la mitra compostelana..., vol. II, pág. 304.

69 La batalla y el parlamento de Pedro Madruga con Diego de Lemos en V. DE APONTE, Relación, pág. 123. Véase, además, S. PORTELA PAZOS, Galicia en tiempos de los Fonseca, págs. 64-65.

70 V. DE APONTE, Relación..., págs. 53 y 122, y E. PARDO DE GUEVARA Y VALDÉS, Los Señores de Galicia, vol. II, doc. 175, pág. 186.

71 F. DE LA GÁNDARA, Armas y Triunfos, Cap. XL, págs. 573-547.

72 Hay constancia, en efecto, de algunos duros castigos de prisión y dinero. Así, sólo por ejemplo, el impuesto a un Álvaro de Rudal, a quien el dicho conde lo tubiera preso en Caldelas e le hiziera pagar quarenta e çinco mill marabedis por aber seído alcalde o cadrillero de la dicha Hermandad e queste dicho testigo después lo bio muchas bezes e dormió en su casa y lo bido que hestava pobre e dezía a este testigo aquí ya no ay pan ni bino ni ninguna cosa, que todo me lo llevo el conde de Lemos... A. RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Las fortalezas de la mitra compostelana, vol. I, pág. 162.

73 F. LOJO PIÑEIRO, A violencia na Galicia do século XV, págs.109-114.

74 La guerra hermandina, págs. 56-58.

75 Ibídem, 57. Véanse noticias y extractos sacados del pleito Tavera-Fonseca en J. GARCÍA ORO, La nobleza gallega en la Baja Edad Media, págs. 414-415. Por lo que parece, el conde de Lemos vigiló personalmente algunas de las obras. Lopo Alfonso, testigo del pleito Tavera-Fonseca, declararía que el de Lemos yba en una mula con una bara en la mano dándoles en la cabeça deziéndoles: carretad, villanos, que bien recios andábades en derribar mis casas... A. RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Las fortalezas de la mitra..., vol. I, pág. 138.

76 Couselo cita algunos de ellos: García de Mera, Luis Vázquez, Gonzalo Saco, Pedro Balado y Pedro Carballo. Ibídem, pág. 56. Véase, además, A. RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Las fortalezas de la mitra compostelana..., vol. I, pág. 162.

77 Ibídem, pág. 56

78 J. COUSELO BOUZAS, La guerra hermandina, pág. 56.

79 Ibídem, pág. 57. Otra anécdota en M. VÁZQUEZ SEIJAS, Fortalezas de Lugo y su provincia, vol. II, pág. 60.