El conde de Lemos y el cerco de Lugo

 

Lo que queda precisado así para el caso concreto de la Pena Frouseira puede valer, también, para el famoso cerco de la ciudad de Lugo. Las noticias, igualmente escasas en este punto, no permiten más que una mera aproximación. Cabe suponer, de cualquier forma, que la entrega de la Pena Frouseira y la de la ciudad de Lugo fueron dos hechos coincidentes o no muy distantes en el tiempo. De esta forma, se entiende mucho mejor la provisión, despachada el 28 de junio de aquel año, en la que los reyes ordenan a Acuña y Chinchilla que castiguen ciertos desórdenes ocurridos en los obispados de Lugo y Mondoñedo y en La Coruña y en otras partes dese Reino. ...

Por lo que se refiere a la entrega de la ciudad de Lugo, se sabe que el protocolo de la maniobra fue muy semejante a seguido en anteriores ocasiones, pues se reclamó primero la entrega de la catedral y fortaleza de Lugo, de la cual era obispo y señor don Alonso Enríquez, hermano del viejo conde de Lemos, quien no pudo o no creyó conveniente oponerse a las exigencias de Acuña (77). De ahí, pues, la conocida referencia de Aponte, quien afirma con mucha precisión, que al año y medio de su venida -esto es, en la primavera o verano de 1482- Acuña tenía pacificada a Galicia. Muy poco después, creyendo probablemente que la situación estaba en efecto controlada, los representantes regios se ausentaron de Galicia, probablemente para actuar ahora en tierras del Bierzo, que desde octubre de 1480 se hallaban también bajo su tutela y autoridad (78). Sin embargo, la revueltas más graves no habían comenzado todavía en Galicia.

El conde de Lemos, como poco antes el arzobispo don Alonso de Fonseca, es seguro que tomó también como agravio la maniobra de don Fernando de Acuña. De esta forma, aprovechando la mencionada ausencia del Gobernador, aquél se decidió a maniobrar con toda rapidez. El desarrollo de los acontecimientos no es conocido, salvo lo que recoge Hernando del Pulgar en los siguientes términos:

 

...acordó de la cercar -se refiere a la fortaleza de Lugo- y envió gente de armas de su casa e de otros caballeros, sus amigos, a poner sitio sobre ella. Lo qual sabido por el Rey e por la Reyna, embiáronle a decir que se maravillaban de haber osadía para cercar fortaleza en sus Reynos, especialmente aquella que tenía alcayde puesto por su mano; e que le mandaban que luego alzase el sitio que tenía puesto, é la dexase tener libremente al alcayde que por su mandado la tenía... (79)

 

El conde de Lemos, sin embargo, ignoró el requerimiento real y siguió adelante con su empeño. Alegó, a modo de justificación, dos hechos que a su parecer eran determinantes: el primero, que la ciudad y fortaleza de Lugo había estado siempre en paz, y el segundo ya, que la decisión de cercarla fue para frenar la actitud de su nuevo alcaide, designado por Acuña, quien había impedido las rentas de su hermano, e las tomaba, e había fecho otros excesos contra él e contra sus vasallos(80)... Esta segunda razón, con independencia de su más que posible veracidad, permite diferenciar muy bien en el tiempo el requerimiento de don Fernando de Acuña y la consiguiente entrega de la fortaleza lucense -que ya se ha situado en la primavera o verano de 1482- y el hecho mismo del cerco de la ciudad por el viejo conde de Lemos, que debió iniciarse a finales de 1482 o en los comienzos del siguiente.

En cualquier caso, el mantenimiento del cerco fue todo un desafío para la corona y como tal fue efectivamente interpretado. El cronista Hernando del Pulgar, escribiendo sobre ello, recuerda que los reyes ovieron grand enojo, e luego el Rey partió para el reyno de Galicia a punir al Conde por aquella osadía... Sin embargo, puesto ya en camino, el rey don Fernando tuvo noticias del levantamiento del cerco y, casi al mismo tiempo, de la muerte del viejo conde de Lemos. Corrían por entonces los primeros días del mes de febrero de 1483.

 

 

 

La ejecución del mariscal Pardo de Cela

 

El 31 de marzo, un mes después de lo que queda relatado, los Reyes despacharon desde la ciudad de León una real provisión cuyo contenido es importante para el caso. En ella recuerdan en primer término los poderes en su día otorgados a don Fernando de Acuña, y a García López de Chinchilla, por vertud de los quales vosotros fuestes al dicho Reino de Galicia con los dichos cargos, e tobistes e administrastes la justicia dél, e fezistes e cumplistes algunas de las dichas cosas que por nos bos fueron mandadas, de que fuimos servidos y el dicho reino puesto en toda paz e sosiego... Sin embargo, a renglón seguido manifiestan que agora nuebamente an suçedido algunos escándalos e ynconvenientes e otros daños, e se temen que nasçerán otros muchos males e ynconvenientes. Por todo ello concluyen urgiéndoles a que tornedes a él con los mismos cargos e con los poderes e facultades de suso contenidos e de nos llebastes.(81)

 

La situación del mariscal Pardo de Cela debía ser por entonces extremadamente delicada. Es muy probable que hubiera concurrido al cerco de Lugo, secundando así la tardía maniobra de su suegro, el conde viejo de Lemos. Y es muy probable, asimismo, que esta maniobra la complementase con otros movimientos en tierras de Mondoñedo(82). Por eso, por todo en realidad, es preciso imaginar su limitadísimo margen de maniobra. Consta, cuanto menos, que su confrontación con don Fernando de Acuña, al que secundaban los cuadrilleros de la Santa Hermandad,(83) se había agravado definitivamente a partir de los sucesos de Lugo. Pero ahora, además, estaba prácticamente sólo. Esto no significa que su triste final fuera sólo resultado directo e inevitable, ejemplificador exactamente, de su rebeldía frente a los representantes regios. En realidad, no es difícil descubrir detrás de todo ello -como ya lo aventuró Villaamil y Castro- unas ruines pasiones, engendradas por intereses privados de mezquina y arrinconada localidad. En este sentido, conviene recordar a los dos grandes enemigos del Mariscal: el avieso corregidor Fernando de Cerón, activo siempre en sus reclamaciones y denuncias como ya se anotó, y sobre todo el ahora influyente Diego de Andrade. Los dos, pero especialmente este último, secundaron los movimientos de Acuña; también lo hizo el conde de Altamira, que tampoco era muy afecto a Pardo de Cela. La posibilidad de una auténtica confabulación cobra así indudable sentido, si bien no es posible afirmar nada en relación con la misma; sí hay, pese a todo, un hecho cierto que abona la hipótesis. Me refiero, como lo aventuré hace ya veinticinco años, a la muerte sin un heredero varón legítimo de su suegro, titular de la gran Casa de Lemos(84). Se sabe mucho de los largos y agrios debates entre el nieto bastardo del desaparecido conde de Lemos -o su hijo bastardo, al cual después él mismo hizo pasar por nieto- y las hijas nacidas de sus dos matrimonios, particularmente del segundo. Por eso, es fácil comprender también que la primogénita de todas ellas, que lo era doña Isabel de Castro, la mujer de Pardo de Cela, tuvo necesariamente que posicionarse ante la eventualidad de una herencia tan fabulosa. Entiéndase, sólo con este lógico apuntamiento, que la situación del momento y la posibilidad de que Pardo de Cela uniera a su propio patrimonio, que era muy importante en la zona de Mondoñedo, todos o una parte sólo de los vastísimos estados de Lemos, son razones más que suficientes -poderosas en realidad- para admitir el supuesto de toda una conjura perfectamente orquestada.

Lamentablemente, la pérdida de todo rastro documental casi desde los primeros momentos de la campaña militar que los enviados regios desplegaron contra Pardo de Cela impide hacer mayores precisiones. Lo indudable es que, a partir de la muerte de su suegro, acaecida según queda dicho en los primeros días del mes de febrero de 1483, se abrió el capítulo final. Son los momentos más oscuros y nada se sabe ya a ciencia cierta. Sólo caben las sospechas, las conjeturas y, naturalmente, la aceptación de la tradición en lo que respecta al hecho mismo de su prisión y muerte.

Los pasajes del relato tradicional son en este punto muy precisos. Se dice, en primer término, que Pardo de Cela fue apresado en la casa de Castro de Oro el 7 de diciembre de 1483, y se dice asimismo que el desenlace lo facilitó la traición de algunos criados suyos -veintidós exactamente-, al frente de los cuales figuraría un tal Roy Cofano, vecino del Valle de Oro. Si se aceptan además otros pasajes, cabrá admitir también que hubo algún tipo de negociación e, incluso, hasta algún ofrecimiento de dinero a cambio de la vida del preso. De ahí, el poco creíble viaje a uña de caballo de doña Isabel de Castro y el consiguiente detalle, todavía menos creíble, de la ponte do Pasatempo, donde aquélla habría sido entretenida por los coengos mindonienses hasta que las campanas de la catedral tocaron a muerto. La laguna documental no permite, en efecto, concretar o contradecir nada de esto. El relato de los acontecimientos que Valera incluye en su famosa crónica puede ser, pese a su tono laudatorio y acaso no del todo veraz, un documento bastante próximo a la realidad:

 

Estando don Fernando [de Acuña] en la villa de Sarria, que avía veinticuatro leguas desde allí fasta donde el Mariscal estava, se partió un día sin que persona supiese para donde yva, con solamente çien lanças e veinte peones de su casa, todos lança en puño, sin pajes, porque la tierra era muy áspera y llena de grandes ríos y marismas. Mandó llevar muchas hachas y velas de çera, porque el camino era muy fragoso y estrecho, mandólas repartir por la gente, porque todos se alumbrasen, e con todo esso perdió veynte escuderos en el camino.

 

E ansí andovo aquel día e toda la noche con grand fatiga e trabajo, de tal manera que quando amanesçió él estava muy çerca del castillo de Castro de Oro, donde el Mariscal estava. El qual, como vido a don Fernando, salió al pié de la fortaleza a pelear con él, con ciento e veinte hombres, teniendo solamente don Fernando ochenta escuderos. Donde se hizo entre ellos muy dura pelea, e ovo algunos muertos e muchos feridos, así de una parte como de la otra. Y a la fin, el Mariscal por fuerça de armas retrahido a la fortaleza, donde don Fernando lo tovo çercado, e lo prendió e tomó la fortaleza...(85)

 

Por lo demás, todo apunta a que en estos acontecimientos tuvieron también un cierto protagonismo los cuadrilleros de la Santa Hermandad, participando en el hecho incluso personas del propio entorno familiar del Mariscal. Consta, cuanto menos, la presencia e intervención directa de Álvaro González de Ribadeneira, como él mismo lo recordaría años después al evocar sus años de servicio a los reyes, de los cuales tenía cien mil marave­dís de acostamiento por tener, como siempre tenía, veinte de a caballo, para continuación del dicho servicio, yendo a sus guerras y llamamientos, hacien­do lo mismo en favor de su Gobernador e Oidores que al tiempo residían neste Reino, prendiendo como prendió por su mandado al Mariscal Pero Pardo, que fue degollado, y a otros muchos caballeros deste Reino que tenían traídas muchas tierras e bienes de la Corona y parti­mentos reales de Su Majestad, e hacían muchas resistencias y desacatos a los dichos Gobernador e Oidores, y ansi mismo yendo como fue, por mandado de sus Magestades y los dichos Gober­nador e Oidores, contra el Conde que al tiempo era de Lemos, por haber tomado la villa de Ponferrada, y haber hecho otros desacatos en perjuicio de la Corona Real de Su Magestad, de tal manera que fue mucha parte e dio causa a que hubiese mucha paz neste Reino...(86)Tiempo después, el personaje -muy bien conocido en el concierto nobiliario gallego(87)- tomó también el título y oficio de mariscal, protagonizando algunas acciones que merecieron la condena de los reyes y la expeditiva intervención de sus oficiales en Galicia(88).

Nada se sabe respecto al proceso judicial que se le pudo seguir al mariscal Pardo de Cela y, por consiguiente, nada tampoco puede afirmarse respecto a este asunto. A pesar de ello, es fácil creer que pudo ocurrir así. Herbella de Puga, cuanto menos, lo afirma con toda claridad al aludir a las facultades otorgadas a don Fernando de Acuña:

 

Exemplo de sus facultades i prudencia [es] el processo i sentencia contra el Mariscal Pedro Pardo, que havía preocupado al Rei la Villa de Vivero, condenándole a la pena de garrote, que sufrió, i penando extraordinariamente a otros cómplices para que, sirviéndoles de egemplo el espectáculo, se consiguiesse el fin de la justicia>(89).

 

La posibilidad de que se hubiera seguido un procedimiento judicial no se explica sólo a partir de la aludida real cédula de 1480, donde se especifican los poderes otorgados a los enviados regios; más que esto, deberá entenderse la simple existencia de un testamento, que Pardo de Cela habría otorgado en Mondoñedo el 1 de octubre de 1483 y del que dio fe un notario mindoniense de nombre Pedro López. Por desgracia, el contenido de este instrumento no es conocido en su literalidad, aunque sí se conocen algunas cláusulas concretas, además de su sentido general, sin que nada haya en él que aclare las razones y circunstancias de su ejecución. El hecho de su otorgamiento en la ciudad de Mondoñedo, apenas dos meses antes de su prisión y muerte, resulta ya muy significativo en sí mismo y no deja de suscitar nuevas dudas e interrogantes. Lo más relevante, de momento, es que pone de manifiesto la presencia del personaje en esta ciudad en los comienzos del mes de octubre de 1483, lo que no parece admisible en medio de la campaña militar, pero sí tras ella. De ahí, pues, que no sea disparatado vincular este instrumento con la proximidad de su ejecución, lo que permite aventurar que la prisión de Pardo de Cela tuvo que ser anterior a aquel primer día de octubre y no el 7 de diciembre, como se afirma en la famosa Relación da Carta Xecutoria(90)

 

Cierto o no, el último acto se escenificó el 17 de diciembre en la plaza mayor de Mondoñedo. La tradición, que recrea el drama, tomando partido naturalmente por el infortunio, carga las tintas en este hecho culminante. De ahí, ese otro pasaje célebre de la cabeza cercenada que botó y rebotó al son del credo gótico hasta los umbrales mismos de la vieja catedral mindoniense. El inmediato relevo de Acuña como gobernador y justicia mayor del reino de Galicia, que se documenta quince días después de estos acontecimientos, puso punto y final a la tragedia del mariscal don Pedro Pardo de Cela y simbólicamente, en suma, a la política pacificadora de los Reyes Católicos en Galicia(91)

 

 

La placidez otoñal

 

En 1486 Galicia estaba aparentemente en calma, aunque Diego López de Haro proseguía su labor pacificadora, empeñado sobre todo en el control de algunas fortalezas, como las de Villajuán -hoy mal llamada Caldaloba-, Castelo Ramiro o la propia fortaleza catedralicia orensana. La Santa Hermandad, por otra parte, había cumplido con satisfacción los objetivos para los que había sido instituida, a pesar de la resistencia que provocó, y los sucesivos enviados regios -don Fernando de Acuña y don Diego López de Haro- habían logrado con relativa facilidad frenar los excesos de la nobleza, controlando políticamente su propio poder. Sin embargo, la repentina rebelión del joven don Rodrigo Osorio, segundo conde de Lemos, que se apoderó de Ponferrada, sobre la cual pretendía tener derecho como heredero de su abuelo, el desaparecido don Pedro Álvarez Osorio, reavivó el recuerdo de las alteraciones pasadas. La gravedad de los acontecimientos exigió la presencia de los propios soberanos, que no dudaron en ponerse en camino hacia Galicia y convocar a los nobles en la villa de Benavente, exigiendo al propio tiempo que el joven conde de Lemos desembargara la villa de Ponferrada, con las gentes de armas que en ella había, y que se presentase personalmente ante ellos. La sumisión fue inmediata; el de Lemos disculpó su actitud y solicitó el perdón de los reyes; a pesar de ello, estos no interrumpieron su viaje a Galicia(92).

 

El viaje en sí mismo careció de importancia. En realidad se trató de una visita informativa que apenas duró un mes escaso y que se desarrolló por las ciudades más importantes de Galicia: Santiago, La Coruña, Betanzos y Lugo. Sin embargo, los resultados sí fueron importantes. Los monarcas, como escribe García Oro, adquirieron durante su visita la obligación de pronunciarse pública y solemnemente sobre los problemas gallegos. Galicia lo esperaba y recibió de los soberanos plena de satisfacción a través de una serie de medidas(93).

 

La primera de ellas fue la concesión de un perdón generalizado por todos los delitos cometidos hasta el día de su entrada en Galicia, para quienes fueron a servir a la guerra de los moros por un espacio de tiempo no inferior a cuatro meses. Esta medida de gracia se repitió en los años siguientes y, sin duda, tuvo éxito, pues la participación gallega en la guerra de Granada fue intensa y destacada, a juzgar por los relatos que en su crónica recoge Hernando del Pulgar. Una segunda medida fue la vigilancia de los abadengos y behetrías cuyo problema había sido ventilado ampliamente durante su estancia en Santiago. La determinación fue clara y tajante, pues se ordenó a los nobles y caballeros que las dexen aunque los tales obispos o moesterios o otras qualesquiera personas eclesiásticas se las otorguen e de su propia e libre voluntad. Sin embargo, la prohibición expresa resultó insuficiente, pues la encomienda era en muchos casos una fuente de ingresos fundamental. Por eso fue preciso extremar las sanciones previstas contra tales abusos. Otra medida de gran importancia se refirió al problema de los tributos o imposiciones nuevas, que los procuradores gallegos insistían en poner como ejemplo de la anarquía y arbitrariedad imperante. La solución que tomaron los monarcas facultó a las victimas a hacer frente al desafuero con la mano armada y sin pena alguna, y amenaza a los autores de ellos con las penas en las que cayen e incurren los salteadores de caminos.

 

No olvidaron los reyes el problema de las fortalezas. Eran muchas las que se habían derrocado en los últimos años -más de medio centenar a lo que parece- y ahora fue preciso extremar la vigilancia para evitar su reedificación. La norma usual para estos casos era, en Castilla, conminar con su destrucción inmediata. Sin embargo, lo peculiar del caso gallego exigió una pena mayor: la pérdida de los derechos sobre las tierras donde se levantara la fortaleza y, en el caso de que fueran ajenas, la pérdida de todos los bienes muebles e inmuebles sin otra sentencia ni declaración alguna. Hubo, por otra parte, medidas para salvaguardar la condición de realengo que seguían disfrutando, pese a la presión señorial, algunas importantes villas gallegas, como Viveiro, Betanzos, La Coruña o Baiona. En sí la cuestión era tutelar la autonomía municipal, favoreciendo el poder de los ayuntamientos o regimientos frente a la ingerencia de los nobles. Sin embargo, con su favorable actitud, los monarcas perseguían en realidad el control real de los principales municipios. La figura del corregidor, cristalizada en las Cortes de Toledo en 1480, fue la pieza clave a través de la cual se logró supeditar los particulares intereses locales a los intereses de la Corona. La última medida, sin duda una de las más importantes, fue la sumisión y control del clero. Las bulas del 11 de noviembre de 1487 y del 26 de marzo de 1494, obtenidas de Inocencio VIII y Alejandro VI respectivamente, facilitaron la labor para una profunda y amplia revisión de la vida monástica gallega. Gracias a ello, en poco tiempo se lograron corregir los abusos y el relajamiento de las costumbres, además de llevar a cabo una minuciosa reforma eclesiástica que supuso la supresión de un buen número de pequeños monasterios, que fueron anexionados a otros de mayor entidad o importancia.

 

Estas y otras muchas medidas, de carácter y calado muy diferente -recuérdese, por ejemplo, la supresión de cierto tipo de prestaciones o la revocación de más de la mitad de las mercedes reales concedidas en tiempos anteriores-, hicieron que en breve tiempo el acertado gobierno de don Diego López de Haro, más prudente y mucho menos estrepitoso que el de su antecesor, consolidara la pacificación iniciada en 1480. La nobleza y el clero quedaron así controlados, pero los conflictos y las querellas todavía pervivieron, si bien los brotes de violencia se fueron extinguiendo poco a poco a lo largo de los años siguientes. Al cabo, estos resultaron ya anacrónicos y aquellas se encauzaron normalmente por la vía judicial, que generaría una creciente confianza, al tiempo que ganaría en agilidad y eficacia gracias al paulatino afianzamiento de la nueva Audiencia. Todo, pues, permitió al fin que Galicia entrara en lo que García Oro ha calificado expresivamente como placidez otoñal.