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El Arzobispo Fonseca y la catedral de Santiago


El primer golpe lo recibió nada menos que el arzobispo don Alonso de Fonseca. Consta, en efecto, que al poco tiempo de su llegada exigieron al Arzobispo la entrega inmediata de la fortaleza y templo catedralicios, obviando de esta forma sus grandes servicios a la causa isabelina. El motivo es bien conocido: porque desde ella se han fecho en los tiempos pasados, e se fazen de cada dia, muchas fuerças e robos e muertes, e otros delitos e males, de que así las personas eclesiásticas de las dichas como los vezinos e moradores de las cibdades e villas e comarcas resçiben intolerables fatigas e dapnos e males (55). El Arzobispo se resistió a la demanda, que interpretó como una verdadera humillación; más aún cuando advirtió que, entre las fuerzas desplegadas por don Fernando Acuña, figuraban algunos de sus peores enemigos: don Pedro Álvarez de Sotomayor, que hasta pocos meses antes había acaudillado al bando portugués en Galicia, junto con el mariscal don Suero Gómez de Sotomayor, el conde de Altamira y don Diego de Andrade, que tan poco -o casi nada en realidad- habían aportado a la victoria de la causa de doña Isabel. Pese a todo, el Arzobispo comprendió al fin lo inútil de su resistencia; pero las palabras que Vasco de Aponte pone en su boca en tal ocasión son bien expresivas de la paradoja:

Criados míos, ahí veo estar a los deservidores del Rey, que conmigo y con vosotros quieren salvar sus cabezas. Nunca Dios tal quiera, saquemos buen partido y obedezcamos al Rey(56).


Los Reyes, mediante sus enviados, fueron especialmente magnánimos con el Arzobispo, como antes lo habían sido en otros sitios con todos los que se sometieron a su autoridad. En este caso con mucha mayor razón, pues a favor de Fonseca pesaron sus importantes servicios a la causa. Por eso, por todo, se apresuraron a apartar al personaje del conflictivo escenario gallego, promoviéndolo rápidamente a la presidencia del Consejo Real. Se trató, sin duda, de un altísimo honor y de una indiscutible muestra pública de la gratitud regia (57). Pero la maniobra tuvo sin duda su segunda intención; con Fonseca fuera del escenario, Acuña y Chinchilla se encontraron con el campo libre para proseguir con la labor de sometimiento y pacificación.

Hasta aquel momento, la fuerza de don Fernando de Acuña se había basado en las trescientas lanzas, todas a la jineta, que había traído de Castilla con el capitán Mudarra al frente, y el apoyo decisivo de las propias milicias populares de la Hermandad. A ellas se habían sumado también las gentes de armas de algunos señores y caballeros gallegos, cuya actitud parece responder más a sus particulares intereses, explicables siempre en el contexto del complicado juego de sus alianzas y rivalidades, que a su repentina identificación con la política desplegada por la corona. En cualquier caso, avalado ahora por su reciente triunfo, don Fernando de Acuña pudo contar también con una reacción general muy favorable. Hernando del Pulgar lo resume muy nítidamente, aunque acaso con un tanto de exageración:

...e como las gentes -escribe el cronista- conocieran que aquel caballero y el licenciado, sin temor de las amenazas que por los caballeros e tiranos eran fechas, e sin intereses ni aceptación de personas executaban la justicia, todos se juntaba con ellos cada que los llamaban... (58)

 

El derribo de las fortalezas: La Pena Frouseira


La ocasión era buena y el pretexto lo era todavía más; por eso, don Fernando de Acuña no tardó en ponerse en marcha. ­En primera instancia, como afirma Vasco de Aponte, se concer­tó con todos los señores que se quedaran las casas antiguas y los vasallos propios con todas las enco­miendas y beetrías, y todos los criados que hicieran buenos hechos en cosas de crimen, y que los otros no, y que le entregasen luego las fortalezas novas para derrocarlas (59).. Se sabe, por lo demás,­ que Acuña y sus gentes, particularmente el capitán Mudarra, pasaron de inmediato a la acción, tomando y derrocando un gran número de fortalezas. El no siempre fiable ­Hernando del Pulgar precisa la cifra al señalar que se derribaron por todo el reino de Galicia quarenta y seis fortale­zas (60), lo que no parece exagerado; en realidad, la cifra -como en el caso de las que circulan en relación con el levantamiento irmandiño- podría resultar incluso escasa, sobre todo si se incluye en la cuenta todas las que fueron derrocadas en los años siguientes.

Y ciertamente, sumando las noticias que proporcionan las distintas fuentes, inevitablemente parciales, vagas y a veces contradictorias también, podría alcanzarse un número superior al medio centenar. Vasco de Aponte, por de pronto, recuerda que sólo a Pedro Álvarez de Sotomayor le derrocaron las de Cotobade, Santa María de Alba, la Trinidad, Tebra, Castro Maceira y acaso la de Picaraña, dejándole las de Sotomayor, Fornelos y Salvatierra(61)., añadiendo que al conde de Altamira le tomaron, a su vez, las de Morgade y Venquerenza. Los testigos del famoso pleito Tavera-Fonseca, por otra parte, amplían esta escueta nómina al dar noticia de la toma y demolición de otras fortalezas; entre ellas, además de la ya mencionada de Sotomayor, de Pedro Álvarez, que el arcediano de Camaçes encontró ya medio arruinada, figuran las de Insoa de Bea y Lantaño, de Suero Gómez de Sotomayor, Gondar, de Pedro Ares de Aldao, Jallas, de la mitra compostelana, Lema y Castro Leal, de Martín Sánchez das Mariñas, Pico do Seixo, de Gómez Pérez das Mariñas, Mota [de Ois] de Pedro Fernández de Andrade, Baldoña, Muntán, Obroço (62), Motrin y Porras (63)., de Diego de Andrade, Cillobre y Proba de Parga, de Fernán Pérez Parragués, Guitiriz, de Ares Vázquez de Parga, San Martiño de Briao [o Berao] y Villajoán, de Fernán Ares de Saavedra, Támoga, de Fernán Sanjurjo, Barreira y Peña de Cospeito, de Álvaro González de Ribadeneira, Castro de Oro y Pena Frouseira, del mariscal Pardo de Cela, Ferreira y Castro de Baleira, de Pedro Bolaño, o de Lope Pérez de Moscoso y el conde de Benavente respectivamente (64).,Toca, del abad de Samos, Amarante, de Ruy Fernández Noguerol, Villamarín y Castro Candeira, de Lope Taboada, Caldelas de Orzellón, del conde de Monterrey, Formigueiro y Pena Corneira, del conde de Ribadavia, Castelo Ramiro, de la Iglesia de Orense, así como las de Poncos, Adregonde o Gruinllo, cuyos propietarios no identifican los testigos (65).. A esta nómina se han incorporado ocasionalmente también las de Melide (66)., Tapal [de Noia]y Castriçán, de la mitra compostelana, Callobre, de Pedro Ares de Aldao (67). Tenorio, de Pedro Álvarez de Sotomayor (68)., Andeiro, de Juan de Andeiro (69)., Villalba, de Diego de Andrade (70)..
 

No es fácil reconstruir el detalle de estos movimientos, como tampoco la cronología y sucesión de los mismos. No obstante, sí cabe vincular con este momento el cerco y derribo de la Pena Frouseira, ya mencionada, sin duda la más famosa de las fortalezas señoreadas por el mariscal Pardo de Cela. Esta apreciación, que en su momento ya aventuró Villaamil y Castro (71) y después el propio Mayán (72), se puede fundamentar muy bien ahora con lo que se recoge en el último de los pedimentos de los procuradores gallegos que habían concurrido a la mencionada Junta General de la Santa Hermandad, reunida en Madrid -o Pinto- a fines de 1482. En el mismo, aquéllos solicitaron a los Reyes que concedieran a Mondoñedo una feria o mercado, justificando su petición en que la cibdad de Villamayor de Mondonedo quedó muy despoblada con la guerra que en el obispado de Mondonedo se hace y, sobre todo, en que sus vecinos han servido bien en ella, después de soportar grandes gastos en la campaña o conquista de Pena Frosera (73).

 

Esta breve pero interesante anotación documental, que confirma la ya conocida dureza y violencia de aquel cerco,(74) pone de manifiesto también la envergadura de la campaña que por entonces se desató también contra el Mariscal Pardo de Cela, a quien de poco podía servirle ya la carta de seguro y amparo que los Reyes habían despachado a su favor a comienzos del mes noviembre de 1480 (75). Es fácil imaginar, pese a todo lo dicho, que este nuevo golpe de Acuña se diseñó inicialmente en los mismos términos que el llevado a efecto poco antes ante la catedral compostelana. Es decir, la reclamación de la fortaleza primero, el acto de entrega después y, por fin, el consiguiente sometimiento a la autoridad real. Pero la resistencia del mariscal Pardo de Cela -debe suponerse también- hizo que los acontecimientos se desarrollaran de una manera muy diferente, aunque no es mucho lo que puede añadirse para precisarlos debidamente. Se sabe tan sólo, siguiendo ahora a Diego de Valera, que el cerco duró en torno a ocho meses, pues era una fortaleza muy grande e muy fuerte, y que fue costoso en vidas para ambos bandos; también, que el Mariscal accedió por fin a entregarla, aunque no sin ciertas condiciones, y que Acuña ordenó por último su derribo (76).

 

Lo seguro y lo más importante, por tanto, es la antecedente precisión cronológica, que insiste una vez más en alejar la realidad cierta que se puede extraer de los documentos y crónicas de la desdibujada por la tradición, la leyenda o el simple y sesgado interés de algunos autores. Esto es, que en los meses centrales de 1482 el cerco y rendición de la Pena Frouseira era ya un hecho pasado, concluido incluso, mientras que la campaña militar contra el mariscal Pardo de Cela estaba todavía muy lejos de concluir.