Publicaciones
{jgibox title:=[INDICE (clic para ver)] style:=[width:430px;]}
{/jgibox}

 

 

EL REPLIEGUE ESTRATÉGICO DE ETA Y LA RECTIFICACIÓN DE LA POLÍTICA ANTITERRORISTA POR EL GOBIERNO DE RODRÍGUEZ ZAPATERO

 

Las dificultades por las que atravesaba ETA al cerrarse el mandato del presidente Aznar, unidas al hecho de que la presión policial sobre la banda se mantuvo hasta el primer trimestre de 2005 —tal como muestra el gráfico 2—,

{jgxtimg src:=[images/stories/buesa_alto_fuego_eta/grafico_2.jpg] width:=[320]}

hace plausible la hipótesis de que esta organización adoptara la decisión de buscar una tregua lo más rápidamente posible con el fin de recomponer sus fuerzas y su capacidad política. Además, la coyuntura era en aquel momento muy propicia, pues el presidente Rodríguez Zapatero buscaba diferenciarse de su predecesor en el cargo y el partido socialista había estado en contacto con ETA o con Batasuna desde dos años antes tratando de definir, aunque fuera de manera informal, un marco de negociación.

Nada indica, a este respecto, que en ETA hubiera un convencimiento acerca de su incapacidad para proseguir la actividad terrorista y, por tanto, para abandonar la violencia como forma principal de su acción política. De hecho, al poco tiempo de la toma de posesión del nuevo Gobierno se inicia una campaña de atentados que siguió un ritmo ascendente durante el segundo semestre de 2004, decayó en los meses siguientes y volvió a repuntar en el segundo semestre de 2005. A su vez, el terrorismo callejero fue creciendo paulatinamente desde el verano de 2004 hasta el tercer trimestre de 2005, tal como muestra el gráfico 1. Aunque todas estas acciones se saldaran sin víctimas mortales, ello no autoriza a interpretarlas como un signo de debilidad. Más bien parece que ETA trataba de forzar al nuevo gobierno a entrar en la vía de la negociación, lo que efectivamente ocurrió.

Esta interpretación viene avalada adicionalmente por un argumento doctrinal. Los repliegues estratégicos forman parte del sustrato teórico de la conducción de las actividades armadas de las organizaciones terroristas, de acuerdo con un principio general de conservación de su capacidad de acción (6); y han sido profusamente utilizados por ETA a lo largo de su trayectoria tanto para apoyar procesos de negociación como para rearmarse (7). La experiencia del pasado señala que la funcionalidad de esos repliegues o treguas no ha sido otra que la del fortalecimiento político y logístico de la organización terrorista. Y por otra parte, el discurso político desarrollado por ETA y Batasuna en la etapa más reciente, apunta en la misma dirección, pues insiste en la consecución de sus objetivos políticos, centrándose en la reivindicación de la independencia, la fusión del País Vasco y Navarra, la legalización de Batasuna y la impunidad, sin aludir para nada al abandono de las armas o, en general, de la violencia.

Pese a ello, la interpretación que ha tratado de imponer el Gobierno es que nos encontrábamos ante un efectivo final del terrorismo, y en esta hipótesis ha basado una efectiva política de relajación de la presión del Estado sobre la organización terrorista, rectificando así la trayectoria que se había mantenido hasta 2004. Las motivaciones de esta rectificación pueden ser múltiples, aunque en mi opinión tres son las principales razones que la explican.

 

En primer lugar, el presidente Rodríguez Zapatero disponía de una teoría del final de ETA basada en la idea de que es posible establecerlo a partir de la negociación con los nacionalistas de la posibilidad de la independencia. Esta teoría había sido formulada en 2001 por Ignacio Sánchez–Cuenca, profesor de sociología en la Universidad Complutense y persona muy próxima al círculo de amistades del presidente. Este intelectual, en un alarde de ingeniería social, utilizando una argumentación basada en la teoría de juegos, diseñó un escenario en el que se incentivaría al PNV para que propiciara la desaparición de ETA mediante «un pacto firmado por todas las fuerzas políticas relevantes ante la mirada atenta de la ciudadanía... (en el que se plasmara) la promesa del Gobierno a los nacionalistas de posibilitar la independencia tras la desaparición de ETA», de tal manera que «en un País Vasco pacificado, sin terrorismo de ningún tipo, si al cabo de un tiempo se produjera una mayoría clara y duradera de gente favorable a la independencia, el Gobierno y losgrandes partidos no pondrían obstáculos para que ese territorio pudiera llegar a independizarse».(8)


Para una persona como Rodríguez Zapatero, poco dada a los malabarismos intelectuales —y menos aún si éstos se acompañan de un lenguaje matemático como es el de la teoría de juegos—, la teoría precedente tenía una ventaja de carácter ideológico, pues daba al terrorismo nacionalista vasco una causa que no es otra que la de la existencia de un conflicto político, el conflicto vasco, de la misma manera que, según él, el terrorismo islamista, en lo que afecta a España, tenía como causa el conflicto de Irak, idea ésta que, en mayo de 2003, le permitió achacar a su predecesor en el cargo el atentado de Casablanca, y señalar que «Aznar ha conseguido que estemos en la lista del terrorismo internacional» y que «teníamos razón cuando dijimos que el arma de destrucción masiva más preocupante era el odio y el fanatismo que podía crear la guerra». Por cierto que esta misma idea se convertiría en el eje de la campaña de agitación que le llevó a la presidencia tras el atentado del 11–M. Y, además, la citada teoría tenía la virtud de enlazar con las ideas que, sobre ETA y Batasuna, se manejaban por la corriente vasquista del Partido Socialista de Euskadi. Unas ideas que atribuían la persistencia del terrorismo en el País Vasco a las insuficiencias del desarrollo del autogobierno y que entendían que el aspecto dominante en la ideología de los terroristas no era el nacionalismo sino el socialismo, lo que les convertía en aliados potenciales siempre que hubieran renunciado a la violencia.


Una segunda razón de la rectificación socialista de la política antiterrorista es de tipo político. Con ocasión de las elecciones autonómicas y municipales de 2003 se fue perfilando la posible alternancia del PP en una eventual coalición de partidos nacionalistas y de izquierda, liderada por el PSOE. Esa opción acabó de cuajar con el inesperado resultado de las elecciones generales del año siguiente y, para establecer su cohesión, requirió un nuevo discurso político en el que el cambio con respecto a la cuestión del terrorismo de ETA resultó ser un elemento principal, debido al apoyo de la izquierda nacionalista catalana y de la comunista vasca a una buena parte de las tesis de ETA. Por tanto, la alteración de la política antiterrorista constituía un requisito funcional para asegurar la unidad del conglomerado de partidos que prestaron su apoyo al candidato socialista y, con ella, la mayoría parlamentaria del Gobierno de Rodríguez Zapatero.


Finalmente, la tercera motivación alude a la legitimación del acceso al poder por parte de este último. En efecto, las extraordinarias circunstancias que concurrieron en las elecciones del 14 de marzo de 2004, otorgaron a los atentados del 11–M un papel muy relevante en el resultado de los comicios (9). Por tal motivo, el partido socialista creyó que su legitimidad no sólo dependía de la aplicación de las reglas del juego electoral y de la aritmética parlamentaria asociada a ellas, sino también de la deslegitimación del presidente saliente, José María Aznar. Una deslegitimación que inducía a Rodríguez Zapatero a definir su política de manera contraria a la que hubiera desarrollado el Gobierno anterior. Y, lógicamente, si Aznar se había propuesto derrotar a ETA, Rodríguez Zapatero se veía impelido a buscar un pacto con ella.

 

 


 

6 Se trata de la idea propugnada por Mao Tse–tung en Sobre la guerra prolongada, escrita en 1938, según la cual «el objetivo de la guerra no es otro que el de conservar las fuerzas propias y destruir las enemigas». Este principio es diametralmente opuesto a la concepción de la guerra moderna que se plasma en la obra de C. von Clausewitz (1832): Vom Kriege (De la guerra, La Esfera de los Libros, Madrid, 2005), de acuerdo con la cual la conducción del conflicto ha de orientarse hacia el establecimiento de una batalla o enfrentamiento decisivo que aniquile la fuerza del enemigo. La influencia del maoísmo en las organizaciones terroristas ha sido destacada por W. Laqueur (2003): Una historia del terrorismo, Paidós, Barcelona, capítulo 5. Vid. también H. Münkler (2005): Viejas y nuevas guerras. Asimetría y privatización de la violencia, Siglo XXI, Madrid, págs. 34 a 41 y 139 a 148; y G. Dyer (2007): Guerra, Belacqua, Madrid, págs. 359 a 381.

7 Las treguas de ETA han tenido lugar, con distinta extensión, en los años 1981, 1988, 1989, 1992, 1996, 1997, 1998, 1999 y 2004.

8 Cfr. I. Sánchez–Cuenca (2001): ETA contra el Estado. Las estrategias del terrorismo, Ed. Tusquets, Barcelona, págs. 245 y 246.

9 Vid. N. Michavilla (2005): Guerra, terrorismo y elecciones: incidencia electoral de los atentados islamistas en Madrid, Real Instituto Elcano, Documento de Trabajo, no 13/2005, Madrid; y J.A. Olmeda (2005): Miedo o engaño: el encuadramiento de los atentados terroristas del 11–M en Madrid y la rendición de cuentas electorales, Real Instituto Elcano, Documento de Trabajo, no 24/2005, Madrid [www.realinstitutoelcano.org].