Memoria histórica
En el ABC.- ... El Bloque, por el contrario (y sin pretenderlo), ha suscitado con su chapuza parlamentaria la infortunada reminiscencia de quien fuera a la vez uno de los pilares intelectuales del primer nacionalismo gallego y uno de los más venenosos voceros del antisemitismo español del siglo XX: Vicente Risco. ... El BNG se ha empeñado en volver por do solía ir Risco. O peor: porque los negacionistas actuales niegan, como su nombre indica, el hecho del Holocausto. El Bloque lo reconoce, pero le debe parecer bien. Qué asco.
PODÍA haber transcurrido la legislatura sin que el BNG me arrancara una sola mención, ni siquiera honorífica. Pero la necia e infame negativa de sus parlamentarios a la condena formal del Holocausto exige, de mi parte, algunas consideraciones más que las dedicadas al caso -espléndidas y atinadísimas- por Hermann Tertsch, en su columna de ABC, el pasado jueves. Es innegable que, como sostiene Hermann, el Bloque ha cruzado su Rubicón hacia la orilla de la vergüenza, donde acampa la chusma antisemita del presente. Que esa categoría sea más numerosa de lo que cabría esperar seis décadas y media después del exterminio de los judíos de Europa no debería suponerles a los nacionalistas gallegos un consuelo, porque con su gesto han hundido y mancillado lo mucho de respetable que tenía el galleguismo histórico, arrastrándolo hacia el vertedero moral de la humanidad.
Las izquierdas nacionalistas parecen empeñadas en deslucir los escasos atisbos de limpieza y decencia que sobrevivían en las tradiciones de los nacionalismos clásicos. En el vasco se dieron más prisa que en los otros, pero nadie quiere quedarse rezagado en esta competición estúpida, bajo el signo de Procusto, cuya meta es la nivelación entrópica de la memoria en la iniquidad del presente. Hace unos días, en Gara, el improvisado historiador oficial de ANV -un tal Renobales (el ordenador protesta, como es lógico, y escribe Renovales)- sacaba de nuevo a pasear las sombras de los teóricos ancestros de lo que hoy no es más que un apéndice de ETA, enmascarado tras las siglas de un pequeño partido democrático y autonomista del período republicano. Pero ni el erudito médico vergarés Justo Gárate, ni el periodista barojiano José Olivares ni el arquitecto Tomás Bilbao Hospitalet, figuras destacadas de la auténtica ANV, la del pasado lejano, tenían nada que ver con el nacionalismo mafioso y asesino de ETA, ni tampoco con el nacionalismo cutre y ventajista de Ibarreche. Los tres formaron parte de lo mejor de la España peregrina y murieron en español y republicano (mi tío abuelo Tomás Bilbao, ministro de la República, soñando desde Méjico con estar «por San Isidro, en Madrid»). El Bloque, por el contrario (y sin pretenderlo), ha suscitado con su chapuza parlamentaria la infortunada reminiscencia de quien fuera a la vez uno de los pilares intelectuales del primer nacionalismo gallego y uno de los más venenosos voceros del antisemitismo español del siglo XX: Vicente Risco.
Los nacionalismos de anteguerra, sin excepción -incluyendo, claro está, el nacionalismo español de la derecha-, evolucionaron en poco tiempo del antijudaísmo religioso de raíz cristiana al antisemitismo moderno, bajo la influencia del antisemitismo finisecular francés, difundido con rapidez por Europa durante los años del affaire Dreyfuss (y cuya huella se advierte claramente en los escritos de Sabino Arana Goiri), y por el efecto deletéreo de los Protocolos de los Sabios de Sión, la famosa falsificación de la policía secreta zarista que produjo una paranoia de masas en torno al mito de la conspiración judía internacional. Los Protocolos proponían un antisemitismo de síntesis que arrastró a buena parte de las derechas católicas españolas, desarmándolas intelectualmente ante la ofensiva criminal del antisemitismo neopagano de los nazis. En el año 1932, marcado por la bronca entre laicistas y católicos a propósito del artículo 26 de la nueva constitución republicana, se publicaron en España cinco ediciones de los Protocolos (dos, en Bilbao), y José Antonio Aguirre Lecube, futuro lendakari del Gobierno vasco y gran esperanza blanca, por entonces, de la coalición católica -«el OŽConnell español» del canónigo Pildain- no tuvo empacho en suscribir sus tesis. De esto hace ya muchos años, y el PNV se ha distanciado con prudencia de esa zona oscura de su pasado, aunque de vez en cuando le asome aquí o allá el pelo de la dehesa (por ejemplo, cuando el senador Anasagasti me moteja de «neojudío»). El BNG se ha empeñado en volver por do solía ir Risco. O peor: porque los negacionistas actuales niegan, como su nombre indica, el hecho del Holocausto. El Bloque lo reconoce, pero le debe parecer bien. Qué asco.