Algunos creemos que la resignación ante la política llamada de normalización lingüística, es decir, basada en nuestra supuesta anormalidad, es un signo de deficiente salud cívica y democrática.

Por eso, con el apoyo de asociaciones vecinales, de comerciantes y cívicas en general, además de ciudadanos a título singular, hemos querido lanzar una inocente campaña publicitaria con el lema “La Coruña, con 'L' de Libertad”, para restituir el nombre histórico de la ciudad, sin perjuicio de la cooficialidad de su nombre actual. -Es sabido que los 'normalizadores' suprimieron un nombre oficial para sustituirlo por otro, en lugar de admitir la cooficialidad constitucional y estatutaria votada por los ciudadanos-.

Elegimos para la campaña los autobuses de La Coruña con el lema indicado, y una explicación breve, como, por ejemplo, “La Coruña TAMBIÉN es oficial”, alusiva a nuestra intención, que no es volver a cambiar un nombre por otro como hicieron los normalizadores compulsivos, sino el reconocimiento de la oficialidad de ambos, es decir, la cooficialidad -que es la norma general, atacada por esa enojosa excepción en la toponimia-.

Lo asombroso, aunque no tanto, viene cuando nos disponemos a contratar la campaña.

Después de una semana de intentos infructuosos, evasivas y dilaciones, acudimos a la sede de la empresa que gestiona el monopolio de la publicidad en los autobuses urbanos de La Coruña, IMPACTO MARKETING PROFESIONAL S.L., exclusivas publicitarias para averiguar qué tenía de malo nuestro dinero.

D. Manuel Fojo nos tenía preparado un discurso muy escueto: su empresa tiene por norma no trabajar el género político hasta las elecciones.

Le dijimos lo obvio: que nosotros no nos presentamos a las elecciones. Que nuestra campaña no era partidista, sino cívica. Que no pedimos el voto para nadie, sino que planteamos una reivindicación ciudadana.

Todo fue en vano. Tropezamos con el muro de la sólida moral política de un funcionario obediente al monopolio municipal.

Ahora bien, el incidente es una cata reveladora de la calidad de nuestro subsuelo democrático, y nos descubre el lodazal sospechado, como, en general, con todo lo que se refiere al dogma de la normalización lingüística (no así respecto de otras iconoclasias gratas al poder, como la campaña por el ateísmo que se exhibió en los mismos autobuses hace unos meses)

Sabíamos del precedente del veto de una campaña por la libertad lingüística de la asociación por la Tolerancia en Cataluña, pero teníamos la esperanza de no haber alcanzado aquí la calma abyecta del oasis catalán.
Recientemente
los pobres partidarios de la imposición lingüística en Galicia se comparaban con Rosa Parks, aquella valiente mujer negra que se negó a ceder su asiento en el autobús a un blanco, desafiando las leyes racistas vigentes en Alabama hasta los años sesenta del siglo pasado. Sin incurrir en la desvergonzada hipérbole relativista de estos Kunta Kinte mimados por el poder, se comprenderá que nos sintamos un poco molestos porque los dueños del monopolio publicitario municipal no dejen subir a los autobuses urbanos de La Coruña a nuestra libertad de expresión, mientras que sí dejan a las de otros.