Generalidades

Ana Velasco Vidal-Abarca En un tiempo en que las víctimas del terrorismo están cada vez más desaparecidas del ámbito público y resultan evidentemente molestas y amortizadas, resulta paradójico que se esté promoviendo con gran despliegue de recursos y de expertos un «centro memorial de víctimas del terrorismo», que se creará para las víctimas pero sin contar con ellas, ya que sólo se les ha permitido mostrar alegaciones al proyecto pero sin formar parte del mismo.

El centro memorial se presentará en Vitoria con la inauguración de la exposición La mirada de la víctima, lo que obliga a preguntarse hacia dónde se dirige esa mirada que se pretende retratar y a dudar con fundamento de que coincida con las de aquellos que la analizan.

Porque en este momento –aunque no se quiera ver– la mirada de la víctima es una mirada atónita, perpleja, desazonada, que observa con impotencia los casi 400 asesinatos sin resolver a causa de la desidia, las negligencias, los errores o las componendas políticas. Es una mirada estupefacta por las excarcelaciones masivas de asesinos sanguinarios poniendo a Europa como coartada; es una mirada indignada por las reiteradas fugas de terroristas ante la inoperancia de tribunales y mandos policiales; es una mirada que no concibe que un individuo que ha estado encarcelado 11 años por pertenecer a ETA sea ahora parlamentario vasco; es una mirada dolorida ante la impunidad de los representantes de partidos legalizados que amenazan con dar «jaque mate» a la Guardia Civil; es una mirada escandalizada porque el secretario de paz y convivencia del Gobierno vasco se reúna en la cárcel con un dirigente etarra para coordinar políticas; es una mirada triste que sabe que el precio de la paz ha sido la pérdida de la dignidad, la disimulada, cautelosa y paulatina renuncia a la aplicación de la Justicia, con planes a medida como la vía Nanclares y el empleo de todo tipo de subterfugios para cumplir con los pactos negociados y consumar el consentimiento de la legitimación social de la ideología fanática que ha sustentado al terrorismo vasco.

Y quizás para disimular la claudicación, se construye un memorial que probablemente en poco tiempo sea controlado por el Gobierno vasco y termine sirviendo para exculpar una de esas violencias que tanto empeño han puesto siempre los nacionalistas en contextualizar en un entorno justificativo. Un memorial que troca a las víctimas de sujetos en objetos, marca el control oficial de las interpretaciones del sentir de las víctimas y de la sociedad, institucionaliza funcionarialmente la tragedia y establece una mirada aséptica que se detiene en el momento evitando ir más allá del drama humano, porque las consecuencias del «daño causado» han de quedar en un sentido homenaje que no señale las carencias, omi- siones y fracasos del Estado, ni perturbe las pretensiones de los nacionalistas de asentar la idea de que han sido muchas las violencias para así convertir la legítima reclamación de Justicia aún pendiente en mera y mezquina venganza.

Este memorial, desgraciadamente, será el colofón, la tumba faraónica en la que se enterrarán la mirada y los anhelos de las víctimas del terrorismo convirtiéndolas definitivamente en un pasado burocrático y manipulable.

Ana Velasco Vidal-Abarca es hija de Jesús Velasco, asesinado por ETA en 1980, y de Ana María Vidal-Abarca, fundadora de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT).

Artículo publicado en El Mundo el 23 de marzo de 2015, y obtenido de la página de la Fundación para la Libertad.