Debate identitario

La dureza de los Sotomayor

Si los Fonseca encarnaron bastante bien ese modelo acabado e ilustrado de prelados compostelanos fieles a la monarquía, los Sotomayor representaron a la perfección el caso opuesto, el de una nobleza cargada de rémoras medievales. No es una casualidad que unos y otros militasen en bandos opuestos durante la guerra civil y que después se enfrentasen en asuntos de variada índole. El caballero que mejor personificó el estilo duro y correoso de los Sotomayor fue el célebre Pedro Álvarez de Sotomayor I, más conocido como Pedro Madruga, debido a su proverbial costumbre de atacar de madrugada a sus enemigos. El cronista Vasco de Aponte lo retrata como muy sutil y muy sentido en cosas de guerra, muy franco y gentil con su gente pero, al mismo tiempo, muy cruel con sus enemigos. Estaba dotado de una energía sobrehumana y era capaz de las mayores hazañas y sacrificios; nunca dejaba de hacer su propósito ni porque lloviese, ni nevase, ni helase, ni porque hiciese todas las tempestades del mundo. Era un “todoterreno” que sabía adaptarse a las circunstancias más adversas para salir airoso de las dificultades, por muy duras que fuesen. Don Pedro tuvo que salir a flote desde muy joven. Era un bastardo de una gran estirpe, aunque supo sobreponerse a la ilegitimidad de origen a fuerza de tesón y energía. Su propósito fue reunir el patrimonio familiar en el sur de Galicia y norte de Portugal -cosa que consiguió durante unos años muy duros- e incluso aumentarlo, aunque para eso tuvo que enfrentarse a los obispos de Tuy (como don Diego de Muros), a los linajes vecinos (los Sarmiento), a los prelados compostelanos (los Fonseca) y a la misma corona. Don Pedro Madruga tuvo sus días de gloria durante la Guerra de Sucesión, hasta el punto de intitularse como vizconde de Tuy y mariscal de Bayona. Su poder en La Guardia, Bayona, Vigo, Redondela, Pontevedra, Salvatierra y Tuy era casi absoluto, y sus posesiones en Portugal -sobre todo en Melgaço y Camiña- le sirvieron para dominar a placer la frontera del Miño. Sus enemigos tuvieron que sufrir durante más de una década sus duras acometidas, que solían saldarse con la completa humillación del vencido. Con demasiada frecuencia encerraba en jaulas de hierro a los prisioneros ilustres, como García Sarmiento, Fernán de Camba o el propio don Diego de Muros, y de esa guisa tan original los paseaba por sus estados para regocijo de sus súbditos o para placentera contemplación en las salas del castillo de Sotomayor, como si se tratase de exóticos animales traídos de lejanas tierras. Pero el ocaso del indómito caballero se empezó a fraguar tras la firma del tratado de paz en 1479, cuando Isabel logró el reconocimiento de Alfonso V. Sin embargo su final no fue inmediato ni pacífico. De hecho don Pedro siguió presionando para recuperar sus dominios en el obispado de Tuy, sobre todo frente a don Diego de Muros, que volvió a probar las delicias del cautiverio a manos de su acérrimo enemigo. En 1482 el pobre don Diego fue llevado de aquí para allá por los montes a base de pan de centeno y mijo, hasta acabar dando con sus huesos en el aljibe del castillo de Fornelos; el desdichado preso no tuvo más remedio que pagar una elevada suma de dinero para librarse de las extrañas aficiones de su captor. La verdad es que el prelado debía de ser persona de buen conformar porque, a la vista de su evidente delgadez, comentaba con humor el alivio de peso que sentía en sus carnes. El final de don Pedro Madruga no tuvo la grandeza épica de Pardo de Cela; no hubo martirio, sino una oscura intriga familiar en la que participaron su propio hijo, don Álvaro de Sotomayor, y una tía algo altanera, doña Mayor, que había sido la auténtica depositaria del señorío de Sotomayor. Todo sucedió muy deprisa. A fines de 1483 don Álvaro irrumpió por sorpresa en el castillo de Sotomayor con sus hombres para exigir a su padre la entrega de las propiedades familiares: la respuesta que escuchó de sus labios fue, simplemente, que le quebraría un palo en la cabeza . Pero ya no estaba en condiciones de plantar cara a nadie, y menos a los de su propia familia. Tras salir de Galicia, el viejo caballero se instaló en Portugal donde habría de morir unos años más tarde rodeado del olvido y de sus recuerdos. Un tiempo después circularon por Galicia historias contradictorias sobre las circunstancias de su muerte; unos decían que murió de carbunclos, otros que fue envenenado, y hubo quien afirmaba una última prisión. Por este relativo misterio algunos han sospechado la existencia de una siniestra conspiración de los Reyes Católicos para quitar de en medio a su viejo enemigo con la ayuda de los parientes, pero esta supuesta trama pertenece más bien al mundo de la historia-ficción. Pero la leyenda maldita del linaje resucitó unos años más tarde con las andanzas de un nieto que se llamaba precisamente igual que el abuelo. En efecto, este Pedro Álvarez de Sotomayor II será conocido popularmente como don Pedro el fratricida, por ordenar el asesinato de su propia madre, Inés Enríquez de Monroy (condesa de Camiña) en 1518, un suceso que conmocionó el reino de Galicia justo antes de la Guerra de las Comunidades. Vasco de Aponte nos lo pinta como hombre bien disposto y de bon gesto, alegre, esforçado que trataba bien a los suyos y ábile para todo; sin embargo su habilidad no brilló demasiado cuando tuvo que improvisar el modo de quitar de en medio a su pobre madre. Don Pedro el fratricida tuvo que resolver con ella ciertas diferencias por el reparto de la herencia: hasta aquí nada de especial, sobre todo tratándose de una tradición muy característica del país. Lo malo es que nuestro personaje decidió zanjar la disputa al margen de los tribunales y por la vía más violenta que cabe imaginar: la del parricidio. Planeó en compañía de su mujer -Urraca de Moscoso- un siniestro plan para liquidar a la condesa en uno de sus desplazamientos por el corazón de sus posesiones del sur de Galicia, y recurrió al trabajo de unos vasallos que no tenían la preparación adecuada. Uno de ellos, Domingo troitero, sabía pescar truchas como un verdadero profesional, pero no andaba muy versado en el arte de la emboscada; no obstante, fue fiel a las órdenes dictadas por su señor y puso los cinco sentidos en la complicada misión en la que participaron otros dos vasallos de don Pedro. Lo primera intentona consistió en sorprender a la condesa en el castillo de Fornelos para tratar de estrangularla en un audaz golpe de mano, aprovechando que no había guarnición dentro de la torre. Los sicarios se apostaron en las inmediaciones de la torre y esperaron cerca del puente levadizo, ocultos entre unas retamas, pero la paciente espera no sirvió de nada. Al final no hubo forma de entrar porque unos niños que andaban jugando ante la puerta de la torre cerraron el portón. Los frustrados asesinos regresaron cabizbajos a la casa de su señor, en Mourentán, y le comunicaron con desconsuelo su fracaso. Pero don Pedro no se echó atrás: «gran lançe herraste en matarla, mas avemos de procurar todo lo que podieremos por matarla, que quedamos perdidos» , le dijo al pobre truchero, que no veía la forma de escurrir el bulto. Tenían que intentarlo de nuevo. El domingo de Ramos se puso en marcha la segunda tentativa: había que aprovechar el inminente viaje a Castilla de la condesa para matarla a saetazos por el camino. Dicho y hecho. El único problema es que el pobre truchero no sabía tirar con ballesta, y por eso hubo que improvisar unas prácticas de emergencia contra una piedra del camino. Con semejante preparación técnica los conjurados se pusieron en marcha. El lunes santo dieron, por fin, el tan ansiado golpe de mano. Se apostaron en el camino, detrás de una tapia, y aguardaron en silencio la llegada de la víctima. Cuando divisaron la comitiva, prepararon las ballestas. La condesa iba a lomos de una mula e iba acompañada de cinco peones. La sorpresa fue absoluta: el truchero le acertó en el muslo y su acompañante en la espalda. No intentaron rematarla porque los peones de doña Inés respondieron de inmediato con sus saetas. La pobre condesa iba gritando « o qué mal feyto, qué mal feyto » , y se refugió en una casa que había junto a la iglesia de Arbo, mientras que el truchero y su amigo huían a toda prisa del lugar. Una vez pasado el susto, el truchero procuró tranquilizarse pescando con una barca en el Miño, mientras que su compinche se echaba a dormir en el monte. Pero la pesadilla no había terminado porque el atentado había sido un éxito sólo a medias: doña Inés era dura como el pedernal. Don Pedro el fratricida estaba dispuesto a terminar con la vida de su madre a cualquier precio y de nuevo puso en marcha a sus sicarios. Había que rematarla en la casa del cura. Y a la tercera fue la vencida. Los asesinos aparecieron provistos de ballestas y espadas para concluir un “trabajo” que parecía no tener fin. No tuvieron la más mínima piedad con la malherida condesa, que yacía en la cama del piso superior en compañía de algunas mujeres, entre las que estaba su nuera, Urraca de Moscoso. A la nueva rociada de venablos le siguió una serie mortal de estocadas y mandobles: el cuerpo quedó literalmente descuartizado. Como es natural, la terrible noticia corrió como la pólvora. La Real Audiencia tuvo que tomar cartas en el asunto y designó un juez para informarse del hecho, el licenciado Vinuesa. Don Pedro se apresuró a recibirle en sus tierras de Sotomayor, aparentando un total desconocimiento de los hechos, pero las pesquisas dieron en seguida resultados comprometedores. La maquinaria judicial se había puesto en marcha y ya no se detendría hasta desenmarañar los flecos de la intriga, en la que tuvo un peso especial el temible juez Ronquillo. Don Pedro el fratricida y su mujer huyeron a Portugal y los sicarios fueron detenidos a lo largo de las siguientes semanas. El pobre truchero fue capturado e interrogado; antes de subir al patíbulo cantó de plano dando todo tipo de detalles. Resultaba evidente que la maldad de don Pedro y su mujer exigía un escarmiento ejemplar. La sentencia de Ronquillo dictó la pena de muerte para el fratricida y la confiscación de todos los bienes del matrimonio, pero Urraca de Moscoso logró, misteriosamente, que la corte le devolviese el patrimonio familiar en 1527. Entre tanto, don Pedro tuvo que vivir en Portugal y en Italia, donde se acabó enrolando en una de las capitanías del Emperador, la que mandaba el conde de Altamira. Aquello le sirvió para escapar de las manos de la justicia, aunque no pudo volver a Galicia. Sin embargo no pararon aquí sus fechorías. Durante aquellos años de ocultamiento don Pedro el fratricida creó una tupida red de fidelidades con los Moscoso de Altamira para defenderse de las reclamaciones judiciales de la mitra compostelana, que les reclamaba una parte considerable de tierras en Pontevedra y Tuy. No se les ocurrió idea más brillante que falsificar de forma sistemática todo un repertorio de escrituras (donaciones, compraventas, testamentos, bulas) para demostrar ante la Real Audiencia la legitimidad de sus derechos de propiedad. Recurrieron a los servicios profesionales de un monje benedictino de Paderne, un verdadero experto en pergaminos, tintas, escrituras y diplomas. Pero el complot fue descubierto y los oficiales de la Real Audiencia se emplearon a fondo para desenmarañar la trama de documentos falsificados. Al final resultó que los Sotomayor (tanto los de Camiña como los de Lantaño) y los Moscoso, entre otras familias ilustres, como los Ozores, aparecieron involucrados en una estafa documental de proporciones descomunales. Fue el alcalde Romero quien dio con la clave de la trama durante el registro que hizo por sorpresa en el castillo de Sotomayor, en agosto de 1531, donde se encontraba Urraca de Moscoso custodiando los papeles familiares. Se descubrió, entre otras cosas, que don Pedro el fratricida había comprado un sello pontificio en Roma con el que remataba sus excelentes falsificaciones de las bulas papales. Todo un prodigio de profesionalidad, justo al revés que en el turbio asunto del asesinato de su madre. El escándalo documental fue mayúsculo y salpicó el honor de varios linajes de rancio abolengo, de modo que el desprestigio acabó afectando al conjunto de la nobleza gallega. Por todas partes cundía la impresión de que los linajes de mediano o gran nivel hacían más o menos lo mismo que los procesados, porque a todos ellos les faltaba la suficiente apoyatura documental con la que demostrar sus bienes y derechos. A esas alturas de siglo parecía evidente que la nobleza gallega no estaba en condiciones de soportar una sistemática campaña de acoso judicial. Si los oficiales de < la Audiencia aplicaban a rajatabla la ley, muchos hidalgos y caballeros acabarían por perder unas propiedades que durante generaciones habían servido para sostener el prestigio del linaje. No era prudente proseguir por ese camino. Al final la corona decidió que los bienes que se habían disfrutado desde tiempo inmemorial podrían pasar a propiedad de esa nobleza acorralada que carecía de papeles. En esta atmósfera un tanto cargada de sospechas y desprestigio Vasco de Aponte quiso componer una de las historias más célebres con que hoy contamos para conocer la Galicia del siglo XV: es el Recuento de los antiguos linajes del reino de Galicia, que vio la luz a finales de los años veinte del siglo XVI, donde se describe un completo panorama de la nobleza gallega que vivió aquellos años turbulentos. Sin embargo hacia 1530 ya se estaban abriendo de par en par nuevos horizontes de futuro para la nobleza del país: las guerras en Europa y las tierras americanas. Los hidalgos y los segundones tenían ante sí la elección: o labrarse un futuro en los campos de batalla bajo los estandartes del Emperador, o buscar fortuna allende la mar. Tanto en un caso como en otro las posibilidades de promoción eran bastante más alentadoras que permanecer apegados al viejo solar de la familia. Mientras que los más osados se lanzaban a la búsqueda de un nuevo destino, los más conservadores permanecieron a la sombra de las viejas torres, a las que ya se les notaba una tímida aunque visible transformación: a las troneras, matacanes y almenas de antaño se añadían ahora salas más amplias y confortables. La Galicia de los pazos estaba empezando a despuntar sobre el añoso tronco de las antiguas fortalezas. El reinado de los Reyes Católicos estaba dando paso a un tiempo de oportunidades que en poco tiempo harían olvidar las viejas y ancestrales luchas entre clanes.

César Olivera Serrano