Debate identitario

La lengua del imperio

El mecenazgo en Santiago y Salamanca de los grandes eclesiásticos que pasaron por Compostela guarda un estrecho paralelismo con los proyectos culturales de los Reyes Católicos, en los que hubo un especial interés por el uso de las lenguas cultas en tanto que herramientas transmisoras de contenidos igualmente cultos. El estímulo inicial nació del afán de emulación que sintieron los reyes ante el brillo de los ambientes intelectuales italianos -sobre todo romanos-, donde la monarquía católica estaba empezando a cosechar importantes éxitos propagandísticos en la cristiandad de aquel tiempo. Los reyes promovieron un mecenazgo propio en la Ciudad Eterna que quedó simbolizado en la célebre iglesia de san Pietro in Montorio, donde Bramante levantó su célebre Templete, uno de los ejemplos más acabados del nuevo estilo arquitectónico que estaba arrasando por todas partes. Pero no sólo se trataba de cultivar una nueva arquitectura en aquella Italia llena de maestros; la propaganda regia recurrió a otros ámbitos igualmente prometedores, como la imprenta, que hizo posible la divulgación de sus hazañas y merecimientos.

Los reyes quisieron brillar con luz propia en los exquisitos círculos de humanistas que tanta gloria proporcionaba a sus respectivos mecenas, pero el reto tenía algunas complicaciones. El mayor problema era que había que manejar con fluidez el latín clásico e incluso del griego, y no era posible improvisar sobre la marcha una buena formación intelectual. En esos ambientes un tanto elitistas se miraba con cierto desdén al que sólo dominaba el latín eclesiástico de los canonistas; y no digamos si el pretendido humanista sólo era capaz de dominar la lengua vulgar de su reino de procedencia. El interés personal de la propia Isabel por aprender el latín en compañía de Beatriz Galindo demuestra hasta qué punto en el seno de la familia real se entendió la importancia del reto intelectual. No se podía ser una persona verdaderamente culta sin un dominio adecuado de una lengua culta; no se podía ser un verdadero mecenas si uno no se desenvolvía con soltura en las lenguas de los humanistas. Por este motivo los reyes alentaron a sus cortesanos más capacitados, ya fuesen laicos o clérigos, para que estudiaran las lenguas clásicas y defendiesen las empresas de la corona con la dignidad que exigían los rigurosos requisitos de la etiqueta romana e italiana.

El prestigio de las lenguas vernáculas era bastante escaso en aquella Italia renacentista, porque ninguna tenía la suficiente riqueza expresiva como para transmitir los valores del humanismo que se nutría de los textos de la Antigüedad. Esas lenguas eran vistas con un cierto desinterés, pues parecían incapaces de servir como soporte a los auténticos valores y conocimientos que se estaban rescatando del mundo clásico. Es cierto que algunas pocas, como el italiano o el francés, tenían un relativo prestigio y se habían difundido en algunos ambientes cortesanos y cancillerescos, bien porque contaban con una mayor riqueza léxica o porque estaban respaldadas por una tradición literaria de cierto nivel o, simplemente, porque servían de soporte al poder de algún príncipe especialmente poderoso. Cuando los reyes entraron a formar parte de ese grupo de monarquías europeas de primer nivel entendieron que ellos debían hacer algo parecido. La dificultad intrínseca que encerraba el conocimiento del latín clásico y del griego reducía forzosamente el número de personas capaces de manejarlos con soltura, pero el dominio de un romance culto podría -y debería- estar al alcance de los cortesanos y de los burócratas; pero ¿qué romance habría que emplear en la corte?

De todas las lenguas que se hablaban en la Península, los reyes escogieron el castellano como vehículo principal del gobierno de la monarquía y sus instituciones. En esta decisión pesó decisivamente el número de hablantes y la extensión de su uso más allá de los límites de los reinos de la corona de Castilla. En cierto modo, el castellano reunía unos rasgos peculiares que no tenían otras lenguas, pues era una especie de “común denominador” hispano, es decir, un marco de referencia para casi todos los súbditos de los reyes, fuese cual fuese su procedencia. A esas alturas ya era el idioma español por antonomasia. Hasta los mudéjares y judíos hablaban el romance castellano en su vida cotidiana, dejando el árabe o el hebreo para el culto ceremonial.

Por otra parte, desde la época de Alfonso X, el castellano se utilizaba regularmente como lengua administrativa, legislativa y judicial en todos los reinos de la corona castellano-leonesa por decisión expresa de la corona. El rey sabio, que tanto se distinguió en el uso del gallego para sus composiciones líricas, fue el responsable de esta elección como lengua de la monarquía en todo lo relacionado con las funciones públicas del rey (como legislador, juez y gobernante). Los códigos legislativos, los ordenamientos, las sentencias de los tribunales, los documentos emanados de la cancillería regia, todos ellos pasaron a estar escritos en castellano. Probablemente aquella decisión se adoptó por un criterio de puro pragmatismo, porque a mediados del siglo XIII, recién culminada la reconquista de Andalucía y Murcia, el castellano ya tenía una mayor difusión que las demás lenguas, y además se había transformado en una especie de koiné por los constantes préstamos e influencias de todos los emigrantes que se desplazaban hacia el sur en busca de nuevas oportunidades.

Sin embargo, a fines del siglo XV, el castellano dejaba mucho que desear en cuanto a su uniformidad. Los letrados, escribanos, notarios y jueces de cada lugar no tenían muy claras las normas, entre otras razones porque no las había; sí que existían formularios notariales y cancillerescos, pero sólo servían para uniformizar el contenido y la estructura de los testamentos o de los documentos reales, pero no aportaban una norma común gramatical, léxica o sintáctica. Por este motivo las variedades locales eran abundantes. En esas condiciones era difícil que el castellano se convirtiese en lengua culta, a pesar de la tradición literaria que avalaba su trayectoria, porque no había certeza respecto de sus reglas. En esta coyuntura se entiende mejor el alcance que tuvo la obra de Nebrija, cuando publicó su Gramática del castellano en 1492 y el primer Diccionario en 1495. El propósito del autor era evidente: fijar las normas gramaticales y sintácticas para hacer del castellano la herramienta que los reyes estaban tratando de aplicar a su política y a sus proyectos culturales.

Nebrija escribió en su Gramática unas palabras introductorias dirigidas a la reina, que muchos han tomado como imperdonable declaración de guerra contra el resto de las lenguas peninsulares, sobre todo cuando dice que la lengua fue compañera del Imperio. La expresión suena mal, sobre todo si se lee fuera de contexto, porque nos retrotrae a tiempos no demasiado lejanos, cuando se hicieron algunas relecturas intencionadas de la frase. Pero conviene advertir que Nebrija está hablando del latín cuando dice lo siguiente:

«... la lengua fue compañera del Imperio; de tal manera lo siguió que juntamente comenzaron, crecieron, florecieron y, después, junta, fue la caída de entre ambos»

El latín nació, creció y murió con el Imperio Romano. El esplendor de la civilización fue posible, siempre según Nebrija, gracias a la lengua culta que sirvió de soporte a sus leyes e instituciones. Lo que les está ofreciendo a los reyes es, por tanto, una especie de plan cultural para que las leyes, la justicia y la administración cuenten con un buen vehículo de expresión capaz de ser utilizado en cualquier parte de sus reinos y, de paso, mostrar la magnificencia y el esplendor de la monarquía. En suma, una réplica a pequeña escala de la brillantez romana e italiana. Eso es lo que entiende por lengua compañera del imperio cuando escribe esa frase en 1492. Por otro lado, en ese año aún no se sabía si el viaje de Colón iba a terminar en fiasco, o si la política en Italia iba a deparar algo que mereciese la pena, de modo que ese “imperio” no es aún el imperio español del siglo XVI que vendrá después; es el imperium de los clásicos latinos, es la capacidad regia para informar el gobierno de la res publica.

Hoy mucha gente piensa más o menos lo siguiente: ¿por qué los reyes no hicieron lo mismo con el gallego, el catalán o el aragonés? ¿No estamos ante una evidente discriminación? No parece que Isabel y Fernando se sintiesen especialmente inclinados a plantear la cuestión en tales términos, ni que considerasen la variedad lingüística de sus reinos como un problema. La respuesta parece estar en una razón bastante más sencilla: los reyes buscaban una herramienta común para entenderse -especialmente en el terreno político- con sus súbditos, y se emplearon a fondo en depurar una que ya estaba sólidamente asentada.

Por lo demás, los reyes jamás prohibieron el uso de las restantes lenguas peninsulares, como se ha llegado a decir en alguna ocasión. Ni siquiera lo hicieron con las lenguas de sus adversarios. La lengua materna de Isabel fue el portugués, porque tanto su madre -Isabel de Portugal- como su aya -Beatriz de Silva- eran portuguesas. Tampoco prohibieron el hebreo o el árabe; lo que en realidad hicieron con sus respectivas minorías fue algo bastante más grave, prohibir sus respectivos credos religiosos. Tanto el decreto de expulsión de los judíos en 1492 como el de conversión forzosa de los mudéjares en 1500 nos llevan a la verdadera preocupación del reinado, la cuestión religiosa, que fue el principal proyecto unificador de los reyes para todos sus reinos.

La importancia de esta materia en el siglo XV nos exige un especial esfuerzo de comprensión, porque la pertenencia a la Iglesia se veía como el fundamento básico de la naturaleza (lo que hoy conocemos como ciudadanía), a semejanza de lo que nos acontece en la actualidad con el ordenamiento constitucional, donde se recogen los derechos y deberes de los ciudadanos. El estatuto primordial de la persona venía definido por el hecho de ser cristiano, y sobre ese cimiento se añadían otros rasgos complementarios, como el estamento, el grado de sujeción al rey, al señor del lugar o al concejo. De estos elementos emanaban los distintos derechos y obligaciones de los estamentos, aunque entre todos formaban la comunidad política, el regnum. La consecuencia que se derivaba de este principio era que los miembros de otras religiones -judíos y musulmanes- no tenían derecho a formar parte de la comunidad, no eran realmente naturales del reino, por mucho que fuesen súbditos del rey. Los Reyes Católicos uniformaron el estatuto jurídico de los naturales de sus reinos por la religión cristiana y, en este punto, se mostraron inflexibles. La Inquisición fue una de las herramientas diseñadas para alcanzar este objetivo, aunque Galicia no conoció la instauración del tribunal del Santo Oficio hasta bien entrado el reinado de Felipe II. La razón es bien sencilla: la exigua población judía que había en algunas villas (como Ribadavia) desapareció sin dejar rastro, a diferencia de lo que sucedió en otros reinos de la corona donde la población conversa siguió siendo numerosa. Todas estas cuestiones podrán parecernos difíciles de entender, pero encierran algunas claves importantes. Isabel y Fernando crearon una especie de “común denominador” en todos sus reinos en el que destaca, por su contundencia, el factor religioso, hasta el punto de excluir todo tipo de disidencia. En cuanto al uso y difusión de la lengua “común”, las cosas fueron algo diferentes, porque no se pretendía suprimir la diversidad, sino depurar y elevar la calidad cultural que tenía esa herramienta que la corona empleaba con sus súbditos.