Debate identitario

El esplendor de los Fonseca

Las transformaciones de la Galicia del siglo XV estás unidas a algunos grandes personajes de enorme peso político y cultural que brillaron con luz propia en los ambientes cortesanos y en la sociedad de su tiempo. Los casos más llamativos son los arzobispos compostelanos del linaje de los Fonseca y que se llamaron del mismo modo, Alfonso o Alonso; los historiadores actuales suelen distinguirlos con un ordinal (I, II y III) para evitar confusiones con la homonimia. Un antiguo historiador compostelano, Salustian Portela Pazos, publicó uno de sus más famosos libros precisamente con el título Galicia en tiempo de los Fonseca, dando a entender que la personalidad de estos prelados forjó, de alguna manera, el destino del reino. Sin embargo sería erróneo considerar la vertiente gallega de estos prelados como algo exclusivo de sus biografías, porque en realidad todos ellos tuvieron una vocación universal en lo político y una proyección señorial en otros marcos geográficos, como bien puede verse en Salamanca, Toro, Zamora, Tierra de Campos o Andalucía. Los Fonseca se comportaron de un modo muy semejante al resto de linajes de la época, para los que la carrera eclesiástica y el servicio al rey se compaginaban perfectamente con la promoción del propio linaje en todos los lugares posibles.

Los Fonseca del siglo XV eran de estirpe portuguesa. Procedían de uno de los caballeros más célebres del exilio lusitano en la corte de los Trastámara, Pedro Rodríguez de Fonseca, consejero y aposentador mayor de Juan I de Castilla y de su segunda mujer, la reina doña Beatriz de Portugal. Don Pedro y su familia lo perdieron todo en su patria de origen tras el triunfo de Juan I de Avís en 1385, cuando la batalla de Aljubarrota sentenció a muerte el destino de la primera dinastía portuguesa. El exiliado y sus hijos se acomodaron a la nueva situación de la mejor forma posible y buscaron el modo de salir adelante sirviendo al rey, cursando la carrera eclesiástica o buscando matrimonios de conveniencia. En esta estrategia coincidieron con lo que solían hacer casi todos los nobles de su tiempo. Dos de los hijos del exiliado emparentaron con los Ulloa de Toro, un linaje que tenía una remota ascendencia gallega. Juan Rodríguez de Fonseca se casó con María de Ulloa, y Beatriz Rodríguez de Fonseca hizo lo propio con el doctor Juan Alfonso de Ulloa, un hombre importante en la corte de Enrique III y Juan II. Los arzobispos Fonseca proceden de esta doña Beatriz Rodríguez, y por eso las malas lenguas le acabaron poniendo el mote de la santa madre iglesia. Uno de sus hijos fue Alonso de Fonseca I, más conocido como el viejo, que en 1460 fue promovido a la sede de Santiago cuando ya ocupaba la de Sevilla.

Fonseca I no dejó demasiadas huellas en Galicia por su dedicación casi exclusiva a los asuntos de la corte en tiempos de Enrique IV. El cronista Alonso de Palencia llegará a decir de él que “demostró más astucia en los falaces negocios mundanales que afición a los cuidados de su pastoral ministerio”, y hay bastante de verdad en estas palabras tan poco lisonjeras. Da la impresión de que el rey quiso aprovechar sus vínculos familiares con los Ulloa para imponer la autoridad en la Tierra de Santiago, muy alterada por las luchas nobiliarias durante los años sesenta. Una vez lograda la pacificación, al menos de forma momentánea, se volvió a su sede sevillana, pero antes de irse dejó a su sobrino homónimo (Alonso de Fonseca II, el joven) como titular de la mitra compostelana.

Fonseca II dejó una huella mucho más visible que la de su tío en los asuntos gallegos, sobre todo por su larga permanencia en la sede. Fue testigo y actor principal de los turbulentos sucesos del reinado de Enrique IV e Isabel I, y su protagonismo fue decisivo para el triunfo de la causa isabelina en Galicia durante la Guerra de Sucesión. Sus primeros años en Compostela no pudieron ser más violentos, pues tuvo que combatir a muerte con Bernal Yáñez de Moscoso, hasta el punto de utilizar la catedral como campo de batalla. También le tocó vivir como pocos la guerra irmandiña de mediados de los sesenta, y después, en los setenta, tuvo que afrontar la hostil oposición de la nobleza gallega, que deseaba a todo trance su expulsión del reino. La última gran oleada de problemas vino durante la Guerra de Sucesión, en la que fue el gran puntal de Isabel en Galicia, como ya queda dicho. Su lealtad no se vio recompensada por los reyes, al menos como él hubiese querido, porque los asuntos quedaron en manos de los nuevos gobernadores que, como en el caso de Acuña, imponían una autoridad y una justicia que nada debía a los señores locales. Fonseca II fue en realidad un quebradero de cabeza para los Reyes Católicos por su excesivo personalismo, y por eso le ofrecieron una salida digna: la presidencia del Consejo en 1481. A partir de ese año residió habitualmente en Salamanca o en Valladolid, debido al cargo de presidente de la Real Chancillería que recibió de los reyes en 1484.

Su salida de Galicia no significó un desarraigo completo porque sus parientes y allegados conservaron la red de cargos y fidelidades, al tiempo que uno de sus hijos ilegítimos acabó ocupando la sede compostelana en 1507: se trata del tercer Alonso de Fonseca, célebre por su mecenazgo en Compostela y en Salamanca a comienzos del siglo XVI, y por su labor como consejero real con Fernando el católico y el Emperador.

Los tres arzobispos Fonseca se distinguieron por sus empresas culturales, aunque no todos tuvieron los mismos perfiles intelectuales ni promovieron la creación artística e intelectual con el mismo empeño. Alonso de Fonseca I, que fue ante todo un cortesano muy próximo a Enrique IV, tuvo entre sus protegidos al cronista Fernando del Pulgar, que nos informa de su apego a los libros lujosos y caros. La actividad política le granjeó tremendas enemistades, entre las que destaca el cronista Alonso de Palencia, que llega a retratarle como “satélite del fraude”. La biblioteca personal del primer Fonseca acabará parando finalmente en el convento de san Ildefonso de Toro. Alonso de Fonseca II destacó por su amistad con Nebrija y por su predisposición a las influencias italianas que el célebre filólogo encarnaba como nadie, pero no dejó una excesiva huella de su mecenazgo intelectual en la turbulenta Compostela que llegó a regir con mano de hierro. Será el tercer Fonseca el que deje un rastro imborrable en la ciudad que le vio nacer, como bien lo demuestran los colegios que fundó -el de Santiago de Alfeo y el de San Jerónimo- en la incipiente universidad fundada gracias a la iniciativa de don Diego de Muros, con el que mantuvo importantes diferencias personales por culpa del centro universitario.

La proliferación de universidades y estudios generales, de la que Santiago es un ejemplo importante, fue una de las iniciativas especialmente promovidas por los Reyes Católicos para mejorar la preparación intelectual del clero de sus reinos. La labor reformadora que promovieron los monarcas, en estrecha colaboración con Roma, pretendía el impulso de la preparación intelectual tanto del clero secular como del regular a través de instituciones docentes de calidad. El cardenal Mendoza en Valladolid (con el colegio de Santa Cruz), el cardenal Cisneros en Alcalá de Henares (con el Estudio General), Fonseca III en Santiago (fundando el de Santiago de Alfeo) y Salamanca (con los colegios Fonseca y san Jerónimo) y don Diego de Muros III también en Salamanca (con el colegio de san Salvador), son ejemplos muy conocidos. Todas estas fundaciones universitarias obedecían a un mismo deseo (fomentar las reformas intelectuales y religiosas del clero) y procedían de un mismo impulso, a saber, la monarquía “católica” de Isabel y Fernando. No es ninguna casualidad que la ciudad del Apóstol apareciera entre el selecto grupo de centros universitarios de nueva planta.

De este modo empezó a cambiar lentamente la fisonomía urbana de Santiago en aquel turbulento período fonsecano. Porque el aspecto de la ciudad dejaba bastante que desear, y sus calles y plazas tenían un aspecto depauperado e insalubre que llamaba la atención de todos los visitantes que llegaban a venerar el sepulcro del Apóstol; ésta fue la experiencia que vivieron los propios reyes en su peregrinación del año 1486. Aún se tardaría varios decenios en adecentar ese aspecto deprimente que tenía a comienzos del XVI, pero la semilla del resurgimiento ya estaba echada.