Debate identitario

La peregrinación de los reyes a Compostela

Tres años después de estos trágicos episodios los reyes viajaron como peregrinos a Santiago de Compostela. El viaje regio de 1486 está lleno de consecuencias para el futuro inmediato de Galicia; además, fue un hecho bastante sonado, porque hacía un siglo que la población no tenía la oportunidad de ver personalmente a sus soberanos. Los orígenes remotos del periplo se remontan al año 1481 cuando, poco después de concluir las Cortes de Toledo, los reyes emprendieron la arriesgada conquista del reino de Granada. Mientras se preparaban los medios humanos y económicos para poner en marcha aquella costosa empresa, un capellán de los reyes llamado Diego Rodríguez de Almela se animó a proponerles una idea sugerente: viajar en peregrinación a la tumba del Apóstol, tal y como habían hecho algunos de sus antepasados, antes de meterse en una guerra llena de peligros.

Rodríguez de Almela se había formado en sus años de juventud a la sombra del célebre obispo de Burgos Alonso de Cartagena, antiguo deán de la catedral de Santiago, que fue el intelectual más prestigioso de los círculos cortesanos de Juan II. Cartagena había desempeñado a lo largo de su vida todo tipo de cargos de la máxima responsabilidad: fue embajador en el Concilio de Basilea, consejero real, preceptor real y otras muchas cosas más, pero sobre todo fue un maestro capaz de crear una escuela de pensadores e historiadores. Rodríguez de Almela formó parte de aquel círculo y siempre se comportó como un fiel discípulo, recogiendo muchas ideas del maestro en las diferentes obras históricas que compuso a lo largo de su vida. En una de las más conocidas, la Compilación de los milagros de Santiago, plasmó todo lo que había aprendido en relación con el culto jacobeo. Cartagena siempre había pensado que ese culto era uno de los fundamentos más sólidos de la legitimidad histórica de los reyes castellano-leoneses, porque cimentaba la noción misma de “reconquista” que correspondía a los herederos directos de la monarquía visigoda.

Almela era consciente de los problemas de legitimidad que había tenido su señora cuando tuvo que enfrentarse a los juanistas y también se daba cuenta de la gran trascendencia que podía tener la reanudación de la reconquista para apuntalar definitivamente el régimen. Había que convencer a la reina de que viajase cuanto antes a Compostela para pedir in situ la protección de Santiago. Según Almela, los reyes que habían cumplido con aquella tradición siempre habían triunfado en sus campañas, mientras que los tibios o reticentes habían fracasado. Entre los primeros destacaban Fernando III el Santo, el célebre conquistador de Andalucía, y Alfonso XI el Justiciero, que venció en la batalla de El Salado a los Benimerines; entre los mediocres estaban el propio Juan II -o sea, el padre de Isabel-, un rey perezoso que apenas se había movido de la Meseta, y Enrique IV, que se había estrellado estrepitosamente en Granada por no ponerse bajo la protección del Hijo del Trueno. Para llegar con más posibilidades de éxito a la soberana, Almela buscó algunos apoyos dentro del círculo más cerrado de personas que tenían acceso a la corte.

La verdad es que Isabel y Fernando no hicieron demasiado caso en ese momento a las recomendaciones de su capellán y de hecho no peregrinaron a Santiago. Pero cinco años más tarde las circunstancias de la campaña habían cambiado de signo. Las operaciones militares en el frente granadino se estancaron y el número de bajas empezó a subir de forma alarmante, mientras que el coste económico no paraba de crecer. Entonces la reina se debió repensar lo que le había dicho unos años antes su capellán y decidió hacerle caso. Además, era preciso pacificar al conde de Lemos, que se había sublevado en Ponferrada por culpa de las desavenencias con los marqueses de Villafranca por la delimitación de sus respectivos señoríos. Había llegado el momento de viajar en peregrinación para pedirle ayuda al Apóstol. Por otro lado, la imagen de una reina peregrina encajaba bastante bien con el ideal de reina santa que la propia Isabel había aprendido de niña de labios de su aya Beatriz de Silva, cuando le contaba las historias de santa Isabel de Portugal, a rainha santa que vivió a comienzos del siglo XIV.

El viaje tenía que ser necesariamente austero y con poco séquito, ya que se trataba de una peregrinación. Por otro lado, las posibilidades de alojamiento que tenían las ciudades y villas del Camino eran insuficientes para una corte tan descomunal como la de los reyes. Además sería un viaje forzosamente breve, porque una ausencia demasiado prolongada podría perjudicar el funcionamiento de los mecanismos burocráticos del Consejo, la Cámara, el registro del Sello de Corte y otros organismos de la complicada maquinaria estatal. Isabel quiso que su hija Juana les acompañase en aquel periplo. Entre los acompañantes estaba el limosnero de los reyes, Pedro de Toledo, que se encargaría de ir anotando con cuidado todas las dádivas y limosnas que daban a los que se topaban con el cortejo regio; esas anotaciones nos sirven hoy para conocer con detalle el periplo real y las anécdotas particulares que jalonaron aquel mes gallego de los monarcas.

El 7 de septiembre de 1486 los reyes empezaron su viaje en Ponferrada, donde lograron la pacificación de los estados del conde de Lemos, y luego prosiguieron por el camino en dirección a Villafranca del Bierzo y el río Valcarce en su ascensión al Cebreiro. En este tramo los reyes empezaron a toparse con un mundo muy peculiar, el de los peregrinos, plagado de pobres y enfermos que aprovechaban el encuentro para pedir alguna limosna. El limosnero nos ha transmitido retazos de sus fugaces huellas, como el de aquella vieja que fue a Jerusalén, o el matrimonio de romeros que traían un niño en una canasta a las espaldas, sin olvidar a otros peregrinos que se hacían los encontradizos para recibir algo.

La comitiva se detuvo en el santuario del Cebreiro para conocer con detalle el Santo Milagro eucarístico. Isabel y Fernando se sintieron admirados ante la narración de los monjes, que pintaban con gran colorido el sentido de la presencia eucarística en aquel lugar inhóspito. La impresión del relato les llevó a encargar un recipiente de cristal y plata para que las reliquias fuesen veneradas con mayor seguridad. También admiraron la talla de santa María que, según se decía, había inclinado la cabeza con reverencia ante el milagro. Cuenta una tradición posterior que los reyes quisieron llevar consigo la reliquia en su viaje a Compostela, puesto que la iglesia donde se custodiaba no guardaba la suficiente dignidad, pero los caballos se negaron a proseguir más allá de Pereje; cuando los mozos de espuelas dejaron de tirar de las riendas, los caballos regresaron al Cebreiro. Al margen de las leyendas, se puede comprobar el interés de los monarcas fue revitalizar el culto del santuario. Del papa Inocencio VIII consiguieron los permisos necesarios para restaurar la hospedería y el hospital, cosa que se alcanzó unos años más tarde bajo el pontificado de Alejandro VI, cuando se incorporó el santuario al monasterio de San Vicente de Monforte.

La comitiva prosiguió su andadura a lo largo de lo restantes jalones del Camino - Triacastela, Sarria, Portomarín, Melide- hasta llegar a Compostela el 21 de septiembre. En aquellas jornadas de marcha, hechas a lomos de caballerías o en andas, fue aumentando el número de limosnas; lo habitual era medio real o un real por persona, aunque algunos recibían algo más, como los cuatro reales que recibió un inglés en Portomarín. La estancia en la urbe se prolongó unos veinte días, hasta el 6 de octubre, y hubo tiempo para hacer una breve escapada a la villa de Padrón. Si las limosnas a los peregrinos habían sido más o menos habituales a lo largo de la marcha, en la urbe se convirtieron en un torrente continuo, sobre todo el día que los reyes escogieron para hacer la ofrenda al Apóstol: frailes de variadas observancias, romeros de todas las procedencias, pobres y enfermos, instituciones y conventos, jóvenes y ancianos, todos trataron de conseguir algo de los reyes. Entre los extranjeros predominaban los ingleses.

La estancia regia en la ciudad tuvo consecuencias muy importantes para Compostela, el Camino y el reino de Galicia. El proyecto de levantar un gran hospital real, por ejemplo, fue una de las decisiones más sobresalientes. Los peregrinos pobres y enfermos solían acogerse en los pequeños hospitales medievales que había diseminados por la ciudad y sus contornos, pero en muchos casos no había suficiente sitio ni medios para su mantenimiento. No era lógico que uno de los grandes centros de peregrinación de toda la Cristiandad careciese del adecuado soporte hospitalario. Los reyes encomendaron las gestiones a uno de sus hombres de confianza, don Diego de Muros, que tomó a su cargo la complicada tarea de reunir recursos, preparar los instrumentos jurídicos y buscar el solar más adecuado. Sus desvelos duraron bastantes años pero se vieron recompensados con la imponente mole que se levantó junto a la fachada del Obradoiro, el célebre “Hostal de los Reyes Católicos”, que hoy es símbolo de excelencia turística. Habría de ser durante cuatro siglos la gran institución hospitalaria de Galicia.

No sabemos con certeza si el patrocinio regio sobre el Camino se tradujo o no en un incremento de las peregrinaciones. Sí hay constancia, al menos, del interés personal de Isabel y Fernando en cuidar sus aspectos más materiales. Uno importante se refiere a la seguridad física de los peregrinos, muy maltrecha por los abusos que se cometían desde las fortalezas próximas a los caminos que conducían a Compostela; la orden de derribar castillos o de controlar el armamento que se guardaba en ellos demuestra que la corona entendía este problema como una cuestión complementaria al bandolerismo nobiliario que estaban tratando de atajar los cuadrilleros de la Hermandad. La reina también tuvo noticia de otro peligro añadido, el de los franceses que se acogían al estatuto de peregrino para infiltrarse en sus reinos o para recabar información; finalmente optó por dejar abiertas las rutas a todos los que quisiesen acudir a la tumba del Apóstol. Esta actitud no eludía los riesgos que se derivaban del espionaje, y de hecho se dio la orden de fortificar las villas costeras en previsión de los ataques de la piratería francesa, quedando a salvo el derecho individual de los penitentes que desde toda Europa deseaban llegar hasta Galicia en viaje penitencial.

La protección dispensada al culto jacobeo tuvo, por último, otra dimensión muy relacionada con el título de “católicos” que el papa Alejandro VI concedió a los reyes en 1496. Para entender el significado exacto de esta expresión hay que tener en cuenta la preocupación europea durante la segunda mitad del siglo XV ante la amenaza asfixiante de los turcos en el Mediterráneo y en los Balcanes; esa preocupación se había convertido en verdadero pánico tras la conquista otomana de Otranto en 1480, porque aquel enclave estaba en la misma península itálica. Los llamamientos de los pontífices a una nueva cruzada habían caído en saco roto y todo parecía indicar que la Cristiandad estaba abocada a un desastre de proporciones apocalípticas, a semejanza de lo que había ocurrido con la caída de Constantinopla en 1453. En esta atmósfera tan cargada de pesimismo sólo llegaban buenas noticias desde la península ibérica gracias a los avances en territorio granadino; por eso es fácil de entender el significado de algunos premios pontificios de aquellos años, como la espada que el papa le entregó al conde de Tendilla en 1486 o la célebre Rosa de Oro que la propia Isabel recibió en 1490. El entusiasmo se desató cuando llegó la noticia de la conquista de Granada. La euforia se extendió por Alemania, Inglaterra, Francia, Borgoña e Italia, y muy especialmente por la ciudad de Roma, donde se anunció la noticia con el redoblar de las campanas del Campidoglio y con todo tipo de celebraciones profanas y religiosas. El dramaturgo Carlo Verardi estrenó por aquellos días una obra titulada Historia Baetica, en la que se escenificaba la caída de la capital granadina; entre los poetas que compusieron obras laudatorias destaca Ugolino Verino, que imprimió una serie de poesías que circularon con profusión por toda Italia. No es extraño que en esta atmósfera un tanto electrizada se llegaran a propagar notables exageraciones como, por ejemplo, considerar al rey aragonés como un nuevo Fernando III el santo, o pensar que la reconquista de Granada preludiaba la de Jerusalén.

Isabel y Fernando se convirtieron, gracias a sus éxitos granadinos, en protagonistas natos de la escena política europea e italiana. La misma elección de un papa español en 1492, el valenciano Rodrigo de Borja (o Borgia), con el nombre de Alejandro VI, no se entiende sin esta circunstancia tan peculiar. Los reyes se dieron perfecta cuenta del valor “publicitario” que tenía la Roma pontificia como altavoz de sus empresas y se esforzaron en cultivarla lo más posible. La protección dispensada al culto jacobeo encajaba muy bien en esta línea de actuación, ya que Compostela era una de las grandes sedes de fundación apostólica y uno de los principales centros de peregrinación de la Cristiandad. Cuando se culminó la conquista de Granada, los reyes entregaron a la sede compostelana los votos del reino recién reconquistado, como si quisiesen cerrar el círculo de significados que unían la urbe con la unificación política de sus reinos. El sentido que tenía la construcción del Hospital Real de Santiago no se comprende en su justo valor si se prescinde de todos estos hechos tan cargados de resonancias medievales.