Debate identitario

La tragedia de Pardo de Cela

La tragedia del mariscal Pardo de Cela resume bastante bien la dureza de aquellos años de hierro. Mucha gente piensa que su muerte fue la parte más visible de la “represión” centralista de la Hermandad. Pero los retazos biográficos que va sacando la investigación más reciente revelan que Pardo de Cela se había ganado bastantes enemistades locales en los años inmediatamente anteriores a la llegada de la Hermandad, de tal modo que su muerte se entiende mejor en el marco geográfico que le vio crecer como la espuma, el obispado de Mondoñedo. En la villa de Vivero, donde el mariscal logró imponer su autoridad, se despertaron las suspicacias de los poderes locales ante su privilegiada posición. En el obispado mindoniense, donde nuestro personaje se había apropiado de numerosos bienes eclesiásticos, se desató igualmente la enemistad de los clérigos que no le perdonaban tantas rapiñas a costa de la Iglesia. Para colmo de males, hasta en la misma Corte se empezaban a acumular las acusaciones de morosidad que le echaban en cara los recaudadores reales. Demasiados problemas como para que el mariscal pasara desapercibido ante unos celosos funcionarios.

Los poderes que traían en 1480 los oficiales reales encargados de la Hermandad, Acuña y Chichilla, eran amplísimos. Tenían autoridad para entender en todo tipo de causas civiles y criminales, tanto en primera instancia como en grado de apelación, incluyendo los célebres “casos de corte”, es decir, aquellos que estaban reservados en exclusiva a la autoridad regia. En una de las cláusulas se decía que podían actuar de modo “breve y sumariamente, sin estrépito ni figura de juicio”, que suponía la concesión de poderes excepcionales y sumarísimos. También podían decretar el destierro de cualquier tipo de persona, fuese cual fuese su condición social, imponer treguas, prender y ejecutar a los criminales, investigar en los registros de los escribanos urbanos, y un largo etcétera. La razón de ser de tanta acumulación de poder en tan pocas manos no era otra que la de simplificar los procesos judiciales para así acelerar la aplicación de la autoridad real en todo el territorio.

Acuña recibió otra importante atribución que acabaría ejerciendo por doquier: la potestad para ordenar el derribo de las fortalezas y casas fuertes de los reticentes. En este puntal se apoyaría la faceta más visible de su actuación en Galicia en los años siguientes. Pero tampoco encontramos en este punto una excepción demasiado llamativa, porque los corregidores que nombraron los reyes por las villas y ciudades del resto de sus reinos recibieron órdenes expresas de derribar o desmochar las torres y fortalezas de los caballeros. Las luchas de bandos urbanos, que tanta sangre habían derramado a lo largo y ancho del siglo XV, se habían eternizado en muchos sitios por culpa de las fortalezas nobiliarias; había llegado la hora de poner coto a la guerra privada.

Probablemente Pardo de Cela llegó a confiar demasiado en sus propias posibilidades de supervivencia, sobre todo por su curriculum isabelino. Su lealtad a la causa de la reina le sirvió para obtener en la Corte una serie de cartas de seguro y amparo, pero esos documentos oficiales no eran una patente de corso para escapar de las manos de la justicia, ni para seguir cometiendo todo tipo de desmanes en sus tierras mindonienses. Los seguros que la reina entregó a Pardo de Cela tenían sentido, sólo hasta cierto punto, siempre y cuando no entrasen en conflicto con las de Acuña. Aquí estuvo, probablemente, el principal error de cálculo del indómito caballero; de poco servía en la práctica una carta de los reyes, por mucho que reconociese su condición de leal vasallo, si después el mariscal se significaba por su manifiesta desobediencia a las órdenes dictadas por la corona que le conminaban a devolver lo robado y a pagar sus deudas con el fisco.

La cuenta atrás de la caída de don Pedro empezó en 1482, con ocasión de una de las sempiternas guerras internas de la nobleza gallega. En ese año Fernando Díaz de Ribadeneira empezó a reforzar su castillo de Sobrada de Aguiar, no lejos de Lugo, contraviniendo los deseos del conde de Lemos; tras un cruce de acusaciones, la querella acabó en guerra abierta entre ambos magnates, con la subsiguiente búsqueda de aliados. Ribadeneira logró el apoyo del conde de Monterrey, el mariscal Pardo de Cela y Pedro Bolaño, entre otros, mientras que el conde de Lemos consiguió convencer a Diego de Andrade. Durante las escaramuzas el mariscal fue capturado por su propio yerno, Galaor Osorio, marido de Constanza de Castro, y luego fue entregado a Diego de Andrade. Aquella guerra privada no hubiese tenido mayores consecuencias de no intervenir el gobernador. En efecto, la corte le dio instrucciones precisas para indagar en las causas del conflicto e imponer la paz y la justicia. Poco después daría comienzo el largo asedio de la Frouseira, la gran fortaleza del mariscal en la mariña lucense, donde cayeron muchos combatientes por ambas partes. Como recuerdo de los que murieron entre las filas del capitán Luís Mudarra, que dirigió el asalto, se fundó la capilla de santa Catalina en el monasterio de san Martín de Mondoñedo, donde todos los primeros lunes de cada mes se celebraba una misa en sufragio por las almas de los que perecieron en el combate.

Pardo de Cela no murió en el cerco de la Frouseira ni tampoco cayó prisionero en el asedio, sino que llegó a negociar las condiciones de la rendición. La demolición posterior de su fortaleza roquera no fue el punto final de la rebeldía porque, poco tiempo después, en la primavera de 1483, volvió a hacerse fuerte en otro castillo -el de Castro de Oro-, muy cerca del anterior, donde se repitió de nuevo la escena del cerco. En esta ocasión no hubo negociaciones, sino que el gobernador Acuña pasó lisa y llanamente a la persecución: Acuña dio órdenes precisas en abril para que el mariscal fuese capturado y llevado a su presencia, cosa que finalmente ocurrió en septiembre u octubre de aquel año, el último de sus turbulentas andanzas. La traición de algunos servidores fue, al parecer, determinante. Lo que viene a continuación está lleno de lagunas y penumbras, sobre todo por los datos algo contradictorios de las fuentes, pero de esa confusa tragedia arranca la raíz de toda la leyenda posterior.

No se sabe con certeza la fecha de su captura; tampoco se conoce si hubo algún tipo de proceso penal, aunque la impresión que dejan traslucir las escasas fuentes es que Acuña optó finalmente por un proceso sumarísimo en el que descargó sobre el procesado toda la dureza del sistema judicial que los reyes le habían encomendado. También fueron procesados algunos de sus acompañantes, entre los que se encontraba, según cuenta la tradición, su propio hijo. La sentencia de muerte no tomó en consideración los méritos del mariscal, como su pasado isabelino o la condición de persona aforada (vasallo real e hijodalgo). La ejecución se cumplió de manera inexorable en la plaza de Mondoñedo. La conmoción debió de ser muy honda, porque la justicia real había segado la vida de uno de los caballeros más importantes del reino.

Hoy parece probado que el gobernador Acuña se extralimitó en el ejercicio de la autoridad, porque las cartas reales que llevaba consigo no le facultaban para imponer la pena máxima a un caballero que era, además de hidalgo, vasallo de los reyes; este tipo de sentencias estaban reservadas en exclusiva a la corona sin posibilidad de delegación. El derecho penal de la época era muy explícito en este punto y la Audiencia real tenía reservada una sala específica para los pleitos y procesos de los hijosdalgo. La explicación más lógica para entender el sentido de semejante desafuero es que Acuña quiso dar una lección al conjunto de la nobleza gallega en la persona de Pardo de Cela. Y en efecto, la dio, pero su acción tuvo consecuencias inmediatas: pocas semanas después de la ejecución, Acuña era relevado del cargo. Este cese fulminante habla por sí solo del criterio mantenido por los reyes en este punto tan decisivo. Por lo demás, todo lo que sabemos de la biografía posterior de Acuña apunta a que no hizo carrera política en la Corte, de modo que la gravedad del desafuero le costó muy caro. En su lugar fue nombrado Diego López de Haro, un hombre que sí sería capaz de imponer la autoridad sin causar tantos estragos. Los poderes que los reyes entregaron al nuevo gobernador seguían siendo muy amplios, pero en este caso se perfilaron con más detalle los límites procesales que debería tener en cuenta con el fin de evitar los excesos de rigor.

La caída de Pardo de Cela tuvo un posterior epílogo familiar cuando su hija Constanza se hizo fuerte en la fortaleza de Vilaxoán (Cal da Loba) en compañía de su marido, Fernán Ares de Saavedra, y de unos pocos leales. Los rebeldes sólo pretendían salvar los restos del patrimonio familiar. El nuevo gobernador los cercó durante un año interminable en el que Constanza acabó muriendo por culpa de la insalubridad de la torre, mientras que su marido fue gravemente herido por un tiro de trabuco. Finalmente el gobernador consiguió el trofeo que buscaba. Fernán Ares consiguió salvar la vida gracias a la intercesión de Diego de Andrade, pero la mayor parte de los bienes familiares fueron confiscados.

A partir de este trágico final empezó a fraguarse la leyenda popular, primero en las tierras lucenses y más tarde en el resto de Galicia. El paso de las generaciones se encargaría de quitar o añadir elementos más o menos imaginativos al núcleo original de su biografía, en la que adquirieron una fuerza expresiva algunos rasgos especialmente dramáticos, como la traición de sus propios servidores, la dureza de la justicia real (personificada en Acuña), la misma ejecución, la confiscación de sus bienes o el enterramiento en la catedral de Mondoñedo. De manera paralela se irían reduciendo o idealizando otros aspectos menos amables de don Pedro, como su dureza con los vasallos, las usurpaciones de bienes o el autoritarismo de su comportamiento. Casi medio siglo después de la ejecución aún había personas que recordaban la fortaleza de la Frouseira como un nido de ladrones, y cómo había sido derribada por las tropas de don Fernando de Acuña. Pero estos detalles sombríos irían desapareciendo poco a poco entre los siglos XVI y XVII, hasta que el recuerdo romanceado de su figura quedó indisolublemente asociado al dramatismo de su ejecución y, sobre todo, a la “moraleja” que se derivaba de su tragedia, pues la traición de sus propios servidores había provocado la rendición de la Frouseira. En el Memorial de la Casa de Saavedra, impreso en 1674, se contienen algunas composiciones poéticas que corrían por aquella Galicia de los tiempos oscuros.

En el siglo XIX la historiografía romántica encontró en Pardo de Cela el arquetipo de lo que buscaba: un mártir eminente de la Galicia dominada. Como en tantas otras cosas, fue Benito Vicetto el principal responsable de la resurrección política del mariscal. La tradición literaria anterior fue aprovechada para modelar una nueva versión de la tragedia en la que apareció por primera vez un mensaje que no había existido con anterioridad, la idea del martirio de todo un pueblo simbolizado en la ejecución de uno de sus hijos más ilustres. De este modo se abrían de par en par las puertas a la politización contemporánea del personaje.

Vicetto se había dedicado con ahínco a bucear en la Edad Media buscando los signos de identidad más peculiares de la Galicia eterna que él imaginaba, y se convenció de la trascendental importancia de la herencia sueva. Por eso se empeñó en tender un puente un tanto forzado entre aquel lejano siglo VI y el siglo XV, tratando de dar un sentido étnico a la epopeya del mariscal. Como era más literato que historiador, acabó recurriendo a la metáfora del caballo salvaje, una viva imagen de Pardo de Cela, para explicar la sucesión de traumas y desengaños que arrancaban desde los lejanos tiempos de la Antigüedad hasta llegar a los albores del mundo moderno. En una página muy conocida de su Historia de Galicia llegará a escribir lo siguiente:

«Como aparezca algún documento de aquella época que evidencie esto último [la ascendencia sueva de Pardo de Cela], ... entonces, la figura de Pardo de Cela ... será la figura más bella y majestuosa de la historia de Galicia, porque encarnará su espíritu de independencia, el espíritu santo de emancipación entre la nobleza sueva y la nobleza goda; entre la nobleza vigorosa e invencible de nuestras montañas y la nobleza afeminada y fugitiva de la derrota de Guadalete»

Vicetto deseaba ardientemente probar la ascendencia sueva del héroe, pero al final no tuvo más remedio que recurrir a la ficción literaria. La imagen del animal salvaje e indómito como símbolo de la independencia de un país es un recurso estético bastante habitual (véase el toro de Osborne), de tal modo que la castración equivale a la pérdida de esa independencia. El afeminamiento, que es un rasgo atribuido a la nobleza visigoda por Vicetto, sería la causa de la derrota de Guadalete en el año 711 ante el empuje de los moros de Tariq, y ese mismo destino es el que parece tener la nobleza de Galicia a partir del reinado de los Reyes Católicos; la sangre sueva, depositaria de la pureza ancestral, sería la linfa vital que hizo posible la peculiaridad indómita de Galicia a lo largo de los tiempos medievales, pero esa vena quedó segada cuando la cabeza del mariscal rodó por los suelos.

De este modo un tanto “poético” quedaron unidos por un imaginativo nexo de unión el trauma del reino suevo dominado por Leovigildo y la tragedia del mariscal ajusticiado por los Reyes Católicos. En ambos casos aparecen unas cuantas constantes históricas de Galicia; por un lado, la indómita vitalidad que nace de la sangre, y por otro, la permanente opresión que siempre viene de fuera, bien sea de un rey godo (rey de afeminados) o de unos reyes castellanos decapitadores (o castradores, como dirá en su momento Castelao).

La imaginación delirante le llevó a Vicetto hacia otras exageraciones un tanto “naïf”, porque poner al mariscal al frente de los irmandiños –como se puede leer en la novela Los hidalgos de Monforte (1851)- es un claro dislate, ya que ocurrió justamente lo contrario. Pero logró dotar al personaje de una carga política que antes no había tenido. A partir de este aggiornamento, muchos galleguistas entendieron que ese mensaje político tenía un trasfondo de veracidad indudable. De este modo Pardo de Cela se convirtió en un adalid de la independencia cuatro siglos después de su ejecución y así empezó a ganar batallas después de muerto. Una especie de Cid en versión gallega decimonónica.

Algunos estudiosos contemporáneos del mariscal ya no creen, naturalmente, en los delirios raciales de Vicetto, pero en el fondo siguen convencidos de la especial carga política que tuvo su ejecución en 1483, y no tanto por la “lección” ejemplar que quiso dar al gobernador, sino sobre todo por el interés personal que tuvieron Isabel y Fernando en quitar de en medio a Pardo de Cela: como él y Pedro Madruga eran la Galicia irredenta y filoportuguesa, Isabel y Fernando decidieron aniquilarlos a cualquier precio. Algunos todavía siguen moralmente convencidos de que tuvo que existir una orden expresa de los reyes -y no tanto de Acuña, que fue un mero ejecutor-, para cortar así toda posible connivencia entre los caballeros gallegos juanistas -al parecer, la inmensa mayoría- y la corte lusitana en la que se refugiaba Juana la Beltraneja. Pero toda esta teoría de la “conspiración portuguesa” no tiene mayor valor si se echa un vistazo a la paz de 1479. Isabel la católica y su tía Beatriz pactaron el matrimonio de la hija mayor de los reyes - la infanta Isabel- con el heredero de la corona portuguesa -el malogrado príncipe don Alfonso- para normalizar las relaciones dinásticas entre las familias reales: lo que de verdad interesaba a los portugueses desde esa fecha era asegurar la paz definitiva, no fomentar la discordia con los que habían ganado la guerra.

Tampoco es muy creíble que Isabel y Fernando sintiesen un especial temor ante la rebeldía de un personaje como el mariscal, porque su poder efectivo en Galicia era bastante relativo. Aunque don Pedro pertenecía -pese a carecer de título nobiliario- al estrecho círculo de aristócratas de primera fila, no reunía los requisitos suficientes como para liderar con autoridad una hipotética coalición de los grandes nobles gallegos; ese liderazgo le correspondía, por prestigio, poder y dinero, al conde de Lemos, y por eso se entiende que los reyes se tomasen la molestia de viajar a Galicia precisamente en 1486, cuando hubo necesidad de pacificar la revuelta del conde en Ponferrada. No es preciso recurrir a interpretaciones rebuscadas para engrandecer al mariscal, porque esa grandeza es innata al personaje, aunque por obra y gracia de la tradición literaria.