Debate identitario

Coruña Liberal ya publicó el 08 de abril de 2007 por cortesía personal de su autor, el doctor en historia medieval don Eduardo Pardo de Guevara y Valdés, director del Instituto de Estudios Gallegos Padre Sarmiento, los capítulos de su libro dedicados a este tema.

 

A continuación se reproduce, conforme a la autorización expresa de Arbil, el artículo de don César Olivera Serrano:

 

La argumentación pseudohistórica del nacionalismo y la realidad factual

 

Doma y castración: casi todo el mundo sabe que esta expresión se refiere a lo que pasó en Galicia durante el reinado de los Reyes Católicos. Es un lema que resume la quintaesencia de un trauma que conviene enterrar para siempre. Por lo que parece, todo apunta a que Isabel y Fernando concibieron un plan sistemático para someter a la nazón de Breogán . Se propusieron derrotar a los nobles gallegos que habían apoyado la candidatura de Juana la Beltraneja , la verdadera heredera de la corona a la muerte de Enrique IV. Pero aquel escarmiento fue en realidad la culminación de otros castigos anteriores que la dinastía Trastámara infligió a Galicia por su fidelidad a otras empresas nobles, como la del petrismo, la causa legitimista que sobrevivió a duras penas al asesinato en 1369 de don Pedro I el cruel. La cima del sometimiento fue la imposición del castellano, pero antes fue preciso sustituir a las élites dirigentes del país -básicamente la nobleza- por otras foráneas, al tiempo que se instauraban algunas instituciones centralizadoras que, como la Santa Hermandad o la Real Audiencia, quedaron encomendadas a fieles funcionarios que siempre procedían de Castilla. Ni siquiera la Iglesia se libró de aquella política autoritaria, habida cuenta de la cantidad de obispos y clérigos no gallegos que desembarcaron en Galicia a partir de aquellos años. La ejecución del mariscal Pardo de Cela vino a ser, de algún modo, el símbolo de aquel trágico aplastamiento.

En suma, los Reyes Católicos fueron el comienzo de unos siglos oscuros -los de la Edad Moderna- que sólo empezaron a despertar con los albores de la conciencia nacional en el siglo XIX. Suso de Toro ha resumido todo esto en un fragmento titulado Componiendo un espejo nuevo

«Y este país derrotado en el siglo XV y al que se le amputó con determinación cualquier clase dirigente ("doma y castración del Reino de Galicia", decretó Isabel "La Católica"), conservó su frágil hilo de consciencia a través de los siglos; ese valioso hilo de Ariadna de la memoria propició un renacer explícito de conciencia nacional en el siglo XIX que llegó en mejores o peores condiciones a hoy.»

«“Doma y castración” son dos palabras que aquilatan un sentimiento muy profundo de rechazo a los responsables directos de una tragedia colectiva. Hasta la misma divisa de los reyes -el yugo y las flechas- parece una metáfora de una Galicia subyugada y asaeteada. Además, ese símbolo trae a la mente otro régimen de infausto recuerdo que se apropió de esos mismos emblemas, de modo que los Reyes Católicos y Franco parecen haber defendido las mismas ideas y militado en el mismo bando. Los paralelismos son bastante evidentes: Isabel y Fernando subieron al poder de forma ilegítima tras expulsar del trono a la auténtica reina, Juana la Beltraneja , mediante una guerra civil (la de Sucesión) en la que fueron decisivas las tropas de la Hermandad. Franco hizo algo muy parecido en el 36 cuando se sublevó militarmente contra la República.

Las imágenes que la gente ha ido asociando a la “doma y castración” son de lo más variado, aunque en la mayor parte de los casos se repite el esquema básico que acabamos de esbozar. Podemos hacer la prueba tecleando la frase exacta en un buen buscador de internet: en la pantalla aparecerán varios cientos de páginas, blogs, chats, y entradas de todo tipo, donde la creatividad de cada cual añade un toque personal al núcleo del mensaje. Así, por ejemplo, algunos afirman con rotundidad que la nobleza gallega fue deportada o que sus propiedades quedaron confiscadas a manos de los nuevos nobles castellanos que llegaron de refresco en aquellas fechas. Otros prefieren concentrar la perfidia de los reyes en la persona de Isabel, mal llamada católica; y los hay que identifican la “doma y castración” con la esencia de lo castellano, sea cual sea su época histórica, como bien lo demuestra la conquista de América. Muchas de estas ideas han pasado a formar parte de la corrección política e intelectual de la Galicia actual.

Ningún otro monarca medieval ha conocido tal acumulación de agravios. Algo tiene que pasar con Isabel y Fernando como para que una inquina de tanta intensidad se haya ensañado así con su memoria. La respuesta a tanta animadversión está en que los Reyes Católicos se sitúan en el centro mismo de una interpretación de la historia de Galicia entendida en clave de tragedia. Bajo la doma y castración se esconde una frustración por lo que pudo ser y no fue, una Galicia anhelada y nunca alcanzada, en la que personajes y acontecimientos adquieren resonancias heroicas. La imagen maldita de aquellos reyes es algo así como la clave de bóveda de toda una interpretación de lo galaico como sistema cósmico completo en el que resplandecen las verdades de la historia gallega. Isabel y Fernando provocaron una frustración colectiva en Galicia porque crearon un estado que hacía inviable la aparición de otros estados distintos al modelo unitario que ellos patrocinaban. Por consiguiente, si hoy se pretende retomar el frustrado anhelo de fundar aquel estado gallego que nunca llegó a nacer, es preciso desandar el camino andado y desmontar la obra y la memoria de los culpables.

La primera impresión que provoca esta interpretación es que estamos ante un claro y evidente juicio condenatorio, con una nutrida presencia de conceptos morales (castigo, culpa, redención) que exaltan o censuran personajes y sucesos. En este punto sobresale la primera limitación seria que cualquier historiador medianamente experimentado advierte ante semejante panorama, aunque tampoco hace falta ser un especialista para darse cuenta de que las personas y los hechos del pasado son algo más complejos que las interpretaciones maniqueas; éstas son adecuadas, y no siempre, para el entretenimiento, como pasa con algunos guiones de Hollywood, pero no sirven de mucho para entender las enmarañadas complejidades de la Historia. La segunda limitación, muy relacionada con la anterior, consiste en el carácter excesivamente “literario” que se advierte en un panorama tan negro: los personajes y sucesos de ese trágico mundo son rotundos, tallados a cincel, unos en su bondad y otros en su perversidad, donde cada uno cumple con su papel en consonancia con el argumento de una obra dramática.

El origen de esta visión del pasado gallego entendido en clave de epopeya se remonta a la Historia de Galicia que público Benito Vicetto entre 1865 y 1873. Hoy todo el mundo reconoce que su calidad científica deja bastante que desear, pero aquel célebre historiador romántico supo crear un andamiaje que ha sido capaz de sobrevivir al paso de las generaciones gracias a su belleza épica. Todas las epopeyas tienen, en su hermosa rotundidad, una trama esencialmente literaria; pero los problemas de credibilidad empiezan a emerger cuando la epopeya aspira a ser una verdadera interpretación de la realidad histórica, es decir, cuando se aportan argumentos históricos que pueden y deben ser sometidos a la crítica del especialista. Si la “doma y castración” se presenta a sí misma como verdad objetiva y no sólo simbólica de la historia de Galicia, tiene que entrar necesariamente -y de hecho entra- en el campo de lo demostrable, en ese terreno en el que cuentan las pruebas verificables y no los recursos literarios. Y aquí es donde empiezan a aparecer los problemas. Lo que hoy vamos conociendo gracias a la investigación más reciente no tiene mucho que ver con lo que nos presenta ese drama.

Pero vayamos por partes. El mejor camino para entender la cuestión consiste en ir a los orígenes mismos del lema “doma y castración”. Su comienzo es relativamente reciente, ya que se encuentra en un célebre discurso que pronunció Castelao en el año 1931 durante los debates constituyentes, cuando dijo lo siguiente:

«Desde que los llamados Reyes Católicos verificaron el hecho que Zurita llamó la doma y castración del Reino de Galicia, la lengua gallega ha quedado prohibida en la Administración, en los Tribunales, en la enseñanza, y la Iglesia misma evitó que nosotros, los gallegos, rezásemos en nuestra propia lengua.»

Castelao pronunció estas palabras para defender el uso del gallego y no dudó en echar mano de la Historia para justificar el acoso secular que había padecido su lengua materna. Para demostrar a los restantes parlamentarios que esa injusticia no era un invento suyo, sino una realidad constatada por los cronistas de la época, incluyó la cita de Jerónimo Zurita en el núcleo mismo del alegato, a modo de prueba irrefutable. Unos años más tarde, durante el exilio, desarrolló de forma más extensa sus ideas sobre el significado profundo de aquella frase, tal y como puede verse en su obra Sempre en Galiza.

Pero ¿realmente utilizó Zurita la expresión doma y castración de Galicia? Antes de buscar la frase exacta conviene repasar el contexto en el que vivió y trabajó el cronista aragonés, que fue en su tiempo uno de los más afamados historiadores del reinado de Felipe II. Nació en 1512 y murió en 1580, de modo que no fue, en sentido estricto, contemporáneo de los Reyes Católicos, sino del Emperador y sobre todo de su hijo. Cuando fue nombrado Cronista Mayor de Aragón en 1566 ya llevaba tiempo enfrascado en la redacción de una monumental historia de su tierra -los Anales de Aragón-, aunque se trata más bien de una historia general de todos los reinos y coronas de la Edad Media hispana. Aquel empeño le supuso treinta años de duro trabajo.

Zurita se fijó sobre todo en los hechos políticos más notables de cada reino, de modo que su relato -de lectura algo tediosa- es muy útil, aún hoy día, para conocer muchos detalles históricos de los territorios y monarcas medievales. Como era cronista oficial, además de secretario del Consejo y Cámara de Felipe II, tuvo libre acceso a todo tipo de archivos. Algunos de los manuscritos que pudo manejar se han perdido y por esa razón los historiadores actuales suelen consultar los Anales de Aragón como una fuente de primera mano, aunque realmente no lo sea. Es importante destacar este detalle, que le pasó inadvertido a Castelao, porque todo lo que cuenta Zurita sobre el reinado de los Reyes Católicos procede de su investigación como historiador. Los testimonios que pudo reunir en relación con el reino de Galicia parecían coincidir en un punto central: Isabel y Fernando habían logrado lo que otros reyes anteriores no habían conseguido, es decir, la pacificación de una sociedad que desde mucho tiempo antes había venido sufriendo la guerra endémica entre clanes nobiliarios. Los cronistas y genealogistas de la época eran bastante unánimes en esta apreciación y Zurita se limitó a constatar lo que pudo leer en ellos.

Su conclusión personal fue que aquel reinado tuvo algo de providencial para Galicia en la medida en que supuso un punto final a la violencia interna, una superación definitiva de una anarquía ancestral que venía fraguándose desde los comienzos mismos del siglo XV hasta estallar en guerra civil bajo Enrique IV. Contraponiendo el desastroso período de un rey “impotente” con el glorioso reinado de unos reyes “católicos”, Zurita reforzaba esa imagen providencialista y dorada que tanto le gustaba a Felipe II. En este marco hay que leer la famosa frase que luego Castelao insertó a su manera en el discurso de 1931. Pero las palabras de Zurita dicen exactamente lo siguiente:

«Galicia se redujo a las leyes de la justicia, a donde el rey puso audiencias. En aquel tiempo se comenzó a domar aquella tierra de Galicia, porque no sólo los señores y caballeros della pero todas las gentes de aquella nación eran unos contra otros muy arriscados y guerreros.»

La “doma”, o reducción a la justicia de aquella tierra -o de aquella nación-, está asociada en el texto y en el contexto a la aplicación de la ley gracias a la Hermandad, porque su instauración supuso el fin de la guerra privada de la nobleza y del resto de la sociedad. No parece que el sentido de la palabra “doma” se refiera al sometimiento del reino, sino más bien al de aquellos señores de la guerra que se habían estado peleando de manera endémica.

Se puede confirmar el sentido de esta expresión -frente a la interpretación sesgada de Castelao - comparándola con otras citas muy semejantes que el cronista dedicó a otros territorios donde se instauró la Hermandad. El Señorío de Vizcaya es un buen ejemplo. Aunque la causa de Isabel fue mayoritaria en el actual País Vasco, los reyes ordenaron la puesta en marcha de la Hermandad vizcaína para extirpar las viejas luchas de los bandos nobiliarios. Pues bien, si los territorios más claramente isabelinos experimentaron la instauración de la Hermandad, no parece que Galicia fuese una excepción. Con el reino de Aragón encontramos algunas observaciones interesantes de Zurita, pues no hay que olvidar la procedencia aragonesa del propio cronista: la paz impuesta por la Hermandad hizo posible -siempre según Zurita- la restauración de las leyes y libertad del reino. Si tenemos en cuenta que la Hermandad era de procedencia castellana -y no aragonesa-, podríamos suponer con cierta lógica que hubo una imposición foránea, una “doma y castración” de Aragón. Pero no es así: Zurita afirma que se puso por mandato regio para restaurar la ley y la libertad del reino, no para anular al reino. La ley queda identificada con la libertad: algo que, por otro lado, responde perfectamente a la concepción medieval de la palabra “libertad”. El cronista no consideraba que los cuadrilleros de la Hermandad vulneraran la independencia de Aragón, o que todo eso provocase su “castellanización”, ni que la nobleza local quedase descabezada, y eso que los barones aragoneses se opusieron por todos los medios posibles a su instauración. Podremos dudar, si queremos, de la sinceridad de este historiador cortesano a la hora de calificar las bondades de la Hermandad, pero de lo que no hay duda es de que está hablando de doma como sinónimo de restauración del orden. En resumidas cuentas, el célebre historiador aragonés considera que Galicia no fue una excepción, ni sufrió un castigo especial por ser la oveja negra de la corona.

Es evidente, por tanto, que Castelao sacó fuera de contexto la cita en cuanto al sentido de la palabra “doma”. Pero ¿y la “castración”? ¿De dónde sacó esta otra palabra? Es fácil de comprobar que no aparece en los Anales de Aragón; por tanto tuvo que tomarla de otro sitio o inventársela. Siendo un poco indulgentes podríamos pensar en un lapsus linguae, porque los políticos no suelen tener demasiado tiempo para dedicarse a este tipo de comprobaciones fastidiosas; o tal vez pudo tratarse de una “pequeña” libertad oratoria que se tomó para realzar el dramatismo del discurso que escuchaban los demás parlamentarios: porque debemos reconocer, en efecto, que la “doma y castración de Galicia” suena mucho mejor que la simple “doma”, ya que induce a pensar en lo que les pasa a los caballos en el picadero o a los toros que acaban convertidos en bueyes de labranza. Todo domador sabe que la castración es fundamental para lograr una buena doma, aunque se le despoje al pobre animal de la posibilidad de ser un semental; de todas formas siempre hay honrosas excepciones que merecen el sacrificio, como ocurre con los capones de Villalba.

Pero la indulgencia termina aquí. Castelao conocía a la perfección la frase de Zurita en su literalidad más pura, tal y como puede verse en algunas páginas de Sempre en Galiza . No se equivocó, sino que manipuló esa prueba “irrefutable” de forma deliberada porque había que defender una causa más importante que la verdad: su propia idea de Galicia. En otro momento llegará a sentenciar de forma rotunda que los Reyes Católicos decretaron a doma e castración do reino de Galiza , como si realmente hubiese salido del Consejo Real un decreto firmado y sellado con semejante título; así lo han entendido -y siguen entendiéndolo hoy- muchas personas que siguen persuadidas de la existencia de ese supuesto decreto.

A partir de esta adulteración es fácil de entender la lógica que tienen los demás agravios y reproches que Castelao atribuye a los Reyes Católicos. Toda su labor como gobernantes aparece calificada como una campaña de exterminio puro y duro. En este punto conviene echar un vistazo al sistema argumental de sus escritos, porque desde sus entresijos afloran algunas pistas que permiten entender el porqué de la manipulación. No es una labor demasiado sencilla, ya que Castelao nunca tuvo un sistema ordenado de ideas y porque, sobre todo, hablaba desde el convencimiento apasionado y visceral.

Su punto de partida fue la evidencia de su propio tiempo - la Galicia de comienzos del siglo XX-, en la que la lengua gallega estaba postergada de los ambientes cultos, de las instituciones y de la misma sociedad urbana. El gallego se identificaba con la aldea, mientras que el dominio del castellano era algo así como un certificado de urbanidad o de progreso; hasta las familias acomodadas buscaban las personas del servicio fuera de Galicia para evitar que los niños tuviesen acento “aldeano”. Castelao intuía que esa realidad venía de mucho tiempo atrás, pero mezcló dos problemas distintos, uno cultural y otro social, dando por sentado que se trataba de una injusticia estructural, no coyuntural, en la que se advertía una especie de fracaso o incluso de traición de las clases dominantes. Dicho con otras palabras: Castelao dio por supuesto que en algún momento del pasado se había producido el mismo esquema socio-cultural que él veía a comienzos del siglo XX, sin caer en la cuenta de que estaba manejando cuestiones distintas, sujetas a circunstancias y tiempos diferentes. Quiso encontrar una respuesta convincente que aclarase los usos del gallego culto entre las clases dirigentes y formuló una explicación común para ambas.

Se podría sintetizar su pensamiento del siguiente modo: si en los siglos centrales de la Edad Media hubo un uso del gallego culto entre los nobles del país y, algo más tarde -sobre todo en el siglo XV-, sobrevino una extinción casi absoluta, es evidente que tuvo que haber una especie de meteorito que acabó con todo vestigio de vida cultural expresada en gallego. Como la lengua culta que vino a continuación fue el castellano y, además, el gallego quedó agazapado en los círculos privados y familiares, se deduce que hubo una imposición. Y esa imposición tuvo que ser necesariamente violenta, lo bastante como para segar a los estratos cultos -nobleza y clero- que lo habían utilizado con total normalidad hasta ese momento. Conclusión final: la única fuerza externa capaz de imponer todo aquello en el siglo XV era la de los Reyes Católicos, los creadores del estado centralista.

Castelao parte de una evidencia que no precisaba demostración (la situación social del gallego a comienzos del siglo XX) y a continuación formula un axioma indemostrable -la teoría de la imposición- que no es evidente por sí mismo. En lugar de plantearlo como hipótesis de partida (como haría cualquier intelectual medianamente riguroso), lo afirma como verdad axiomática. Ya se sabe que los axiomas son, por su propia naturaleza, indemostrables, pues se basan en la evidencia.

Sin embargo Castelao no quiso renunciar a la demostración histórica, y se afanó en buscar aquellas pruebas que puedan corroborar su afirmación. Lo curioso es que en esa tarea de acopio de datos no escogió todas las pruebas posibles, sino sólo las que encajaban con el axioma, adulterando incluso lo que le convenía, como en la frase ya citada de Zurita. Su método dista mucho de ser demostrativo: es una simple apología partidista de un axioma.

Por otra parte, en su búsqueda de pruebas “irrefutables” se nota mucho que Castelao no es historiador, porque desconoce los conceptos y rudimentos básicos del profesional, de tal modo que acaba perdiéndose en un laberinto de ignorancias y prejuicios. Por ejemplo, ignora por completo que tanto las realezas como los grandes linajes de la alta nobleza medieval no solían encajar dentro de los moldes territoriales de nuestra época; y no sólo esto, sino que sus pautas de comportamiento estaban basadas en vínculos personales -de fidelidad, de vasallaje o de parentesco- que poco o nada tenían que ver con las fronteras. Esto le conduce hacia otra carencia grave, que consiste en creer en una especie de “esencialismo ” eterno de las naciones, anterior y superior a los individuos y las sociedades, capaz de definir y mantener la identidad propia a través de los siglos. Pero este modo de entender la realidad histórica responde más bien a las modas intelectuales de fines del siglo XIX y comienzos del XX, no a la realidad que el hombre medieval tenía delante de los ojos.

Castelao desconocía éstas y otras muchas cosas, pero en cambio conocía bastante bien las ideas de los escritores gallegos que se sentían unidos en la defensa de la misma causa política o que comulgaban con empresas intelectuales paralelas. Todos ellos compartían un común denominador, el rechazo absoluto hacia Isabel y Fernando en tanto que símbolo del centralismo que todos trataban de combatir. Y hay que reconocer, en efecto, que los Reyes Católicos se habían convertido en una especie de buque insignia para los políticos que gobernaban el país durante la Restauración, como lo demuestra la celebración del IV centenario del descubrimiento de América en 1892. Los prohombres del momento -especialmente Canovas del Castillo- emplearon todo tipo de alabanzas para recordar la obra política de aquellos monarcas, sobre todo en relación con América, con la vista puesta en la mejora de relaciones con las repúblicas americanas tras la desastrosa etapa de Isabel II. Contra esta interpretación “oficial” de lo español se levantaron las voces disidentes de los nacionalismos emergentes. No hace falta insistir aquí en que un debate de esta naturaleza hacía muy difícil, por no decir imposible, un conocimiento objetivo de los hechos ocurridos en aquel lejano siglo XV, y no sólo por el nivel de apasionamiento que manifestaban en sus argumentos unos y otros, sino sobre todo por la ausencia de verdaderos especialistas en la materia capaces de dar explicaciones medianamente coherentes del pasado. El debate político oscureció tanto el problema histórico, que la investigación y el estudio quedaron seriamente condicionados por una montaña de prejuicios.

Los historiadores de aquellas fechas incurrieron en el defecto, tan extendido en la actualidad, de interpretar el pasado a la luz del presente, como si la meta final fuese hacer apología laudatoria o crítica demoledora. Manuel Murguía, que fue el gran punto de referencia para muchos de sus coetáneos, había llegado a decir que el reino de Galicia entró a formar parte de la monarquía castellano-leonesa bajo los Reyes Católicos, como si la historia inmediatamente anterior -la época Trastámara - hubiese sido un período de independencia de facto o de amplia autonomía derivada del aislamiento ancestral del país; incluso estaba convencido de que la Real Audiencia y las Juntas del Reino habían nacido de una tradición exclusiva de Galicia, cuando en realidad fueron fruto de las reformas impulsadas por Isabel y Fernando. Si un historiador de prestigio cometía tales errores de bulto, no es de extrañar que los amateurs desbarrasen mucho más.

Se pueden citar otros ejemplos que revelan la especial animadversión que sentían los contemporáneos de Castelao por lo que representaban Isabel y Fernando en ese mundo onírico de bondad y maldad en estado puro. Paz Andrade hablaba de la mano de hierro que había despojado a todos los reinos hispanos, y no sólo a Galicia, de sus viejas libertades. Villar Ponte, por su parte, iba mucho más allá cuando decía que hubo un castigo específico infligido a Galicia por su fidelidad a la causa de la Beltraneja, sin saber que la realidad distaba mucho de coincidir con semejante afirmación; a partir de esta premisa no es extraño que calificara el reinado como un acabado ejemplo de tiranía. Todas estas ideas “arrojadizas” se realimentaban con el rifirrafe parlamentario de la Carrera de San Jerónimo, ya que los restantes diputados contraatacaban en un sentido inverso, es decir, magnificando el significado glorioso de aquel mítico reinado. Esto último es lo que recogía Ramón Cabanillas en alguno de sus escritos, cuando se burlaba de los aspavientos que se veían en el Madrid de 1916: ¡Aquí do chamar a berros por Dona Sabela a Católica!

Pero en fin, dejando de lado el olor a naftalina de los debates parlamentarios de hace cien años, es evidente que las opiniones de Castelao en relación con la supuesta frase de Zurita no encajan para nada con la realidad histórica que hoy conocemos, tanto por lo que se refiere a la materialidad del texto citado (que fue además conscientemente manipulado), como al contexto de la época y del autor. Pero lo más notable del caso es que, a pesar de tantas deficiencias, la expresión “doma y castración de Galicia” ha pasado a ser para muchos una evidencia histórica tan incuestionable como la propia crónica de Zurita, o quizá más, a la vista de su uso y difusión posterior. En efecto, los sucesores de esta línea argumental han incurrido una y otra vez en la errata, convencidos de que Castelao citaba a Zurita con precisión. Y no sólo eso. Algunos han ido bastante más lejos hasta convertir la célebre expresión en un supuesto programa político y legislativo que los Reyes Católicos impulsaron para someter a su reino del noroeste a cualquier precio. El mundo contemporáneo es un excelente banco de pruebas para entender los misteriosos mecanismos que determinan la creación de visiones legendarias de la realidad a partir de la imaginación y del voluntarismo: el único problema es que toda esa recreación del pasado medieval adolece de originalidad y hace gala de una ignorancia tan ostentosa como petulante.

 

La Guerra de Sucesión y la Hermandad

 

Pero no se trata ahora de terciar en ninguna lucha parlamentaria ni de fustigar delirios actuales, sino de conocer lo mejor posible la realidad y el porqué de las leyendas; y para entender aquel reinado en el marco de su propia época hay que considerar un primer aspecto importante: que el régimen de los Reyes Católicos nació de una contienda sucesoria. Isabel y Fernando no heredaron unos estados en paz, sino que tuvieron que superar una guerra civil frente a unos oponentes muy sólidos. Sus primeras decisiones estuvieron condicionadas, al menos durante los primeros años, por una atmósfera bastante excepcional, propia de quien tiene que atender a lo que está pasando en los frentes de guerra.

La Guerra de Sucesión (1474-1479) fue una lucha dinástica entre dos candidatas al trono. Por un lado estaba Juana (para sus enemigosla Beltraneja, para sus partidarios la Excelente Señora), y por otro Isabel, hermana del difunto rey. Juanistas e isabelinos desplegaron un amplio repertorio de argumentos para defender la propia causa y deslegitimar la del rival. Sin embargo, al comienzo mismo de la contienda hubo algunos defensores de la sucesión masculina que le correspondía a Fernando, el marido de Isabel, en tanto que pariente varón más próximo al difunto Enrique IV; pero finalmente se estableció un acuerdo mutuo entre los esposos para reinar de forma conjunta: de ahí procede el conocido lema “tanto monta” que los reyes utilizaron con tanta profusión en muchos monumentos. Ese lema quiere decir que la igualdad de los esposos -y de sus respectivos reinos- en los asuntos de estado es total, de modo que no hay sumisión de la mujer al marido en las decisiones de gobierno, tal y como había venido sucediendo en el pasado.

Los juanistas defendían la condición legítima de su señora porque había sido reconocida como heredera en las Cortes de 1462, en tanto que hija de Enrique IV y Juana de Portugal; esto mismo es lo que pensaba y sentía Alfonso V de Portugal, tío y marido de la joven reina, que no se cansó de recordar a todo el mundo que sólo su mujer reunía todos los requisitos para reinar. El rey portugués consideraba que Isabel nunca había sido jurada por las Cortes, ni tenía el rango de heredera pese a los acuerdos de Guisando de 1468, porque la joven infanta había incumplido sus compromisos al casarse por su cuenta y riesgo con Fernando de Aragón en 1469.

Los isabelinos atacaron la legitimidad de Juana afirmando que el segundo matrimonio de Enrique IV con Juana de Portugal fue nulo de pleno derecho, ya que el rey sólo había estado casado legítimamente con su primera mujer, Blanca de Navarra, de la que no tuvo hijos. Por consiguiente, Juana no era hija legítima de Enrique IV: simplemente era la hija de la reina. Sobre este pilar se añadieron otros reproches secundarios, aunque muy eficaces, como la impotencia de Enrique IV y la supuesta paternidad de don Beltrán de la Cueva.

La propaganda de los isabelinos acabó siendo bastante más demoledora y contundente que la de sus rivales, porque los partidarios de Juana nunca pudieron ocultar que se habían distinguido en el pasado precisamente por sus despiadados ataques contra la hija de Enrique IV. En efecto, muchos juanistas de última hora se habían hecho famosos por fustigar con saña la honestidad de la reina madre, Juana de Portugal, una mujer de extraordinaria belleza a la que culparon de no guardar la debida honestidad que debía observar una reina madre. Lo peor del caso es que ésta última se había hecho acreedora de la mala fama que le echaban en cara sus acusadores pues, tras enamorarse perdidamente de don Pedro de Castilla el mozo, un servidor de los Fonseca, tuvo dos hijos adulterinos. Aunque el adulterio de la reina madre fue posterior al nacimiento de su hija, lo cierto es que su amor prohibido extendió una sombra de duda sobre la legitimidad de la princesa Juana, dando alas a los rumores que circulaban en relación con la supuesta paternidad de don Beltrán de la Cueva. Y don Beltrán, por su parte, echó bastante leña al fuego cuando llegó a alardear en público de los amores que todo el mundo le atribuía con la reina portuguesa; lejos de cortar en seco las habladurías, el galán llegó a presumir pomposamente de sus hazañas amatorias; en una ocasión llegó a decir que nunca le habían gustado demasiado las piernas de la reina doña Juana, porque eran demasiado flacas. Todas estas habladurías, que tanto dañaban la fama de Enrique IV y su familia, fueron convenientemente propaladas por Alonso de Palencia, cronista y capellán del propio rey, que llegó incluso a afirmar la homosexualidad y la impotencia completa del rey y, por consiguiente, su absoluta incapacidad para tener descendencia. A estas historias un tanto deprimentes se sumaron otros argumentos de gran calado, como el desastroso desgobierno de Enrique IV, algo que conocían a la perfección muchos súbditos de aquella difícil coyuntura.

La Guerra de Sucesión también se decidió por otros factores ajenos a la propaganda como, por ejemplo, la cantidad y calidad de los apoyos. Juana contaba con el respaldo portugués y francés, y con la lealtad de poderosos clanes nobiliarios, como los del marqués de Villena y los Stúñiga. Isabel tenía a su favor el soporte aragonés y la fidelidad de una panoplia de linajes algo más amplia que la de su rival, destacando por su importancia los Mendoza y los Manrique. Conviene advertir en este punto que hubo una cifra considerable de nobles y ciudades sin definición clara, de modo que el mapa de fidelidades al comenzar la guerra no era demasiado firme para ninguna de las contendientes.

La nobleza gallega tampoco se declaró mayoritariamente juanista, como tantas veces se ha dicho, ni tampoco isabelina, sino que se mantuvo en una calculada indefinición a la espera de acontecimientos: era más seguro aguardar a que una de las dos princesas tuviese asegurada la victoria para no sufrir las secuelas de una peligrosa precipitación. En este punto pesaba mucho el recuerdo de las endémicas luchas cortesanas de la época de Juan II y Enrique IV. Tal vez por este motivo Galicia fue un escenario bélico secundario dentro de aquella guerra en la que el rey de Portugal planteó la ofensiva principal en zonas más fieles a su causa. Alfonso V prefirió entrar por tierras salmantinas en dirección a la plaza de Arévalo, que era el cuartel general de sus principales aliados, los Stúñiga, para continuar después hacia Toro y Zamora. En Galicia fueron juanistas desde el primer momento Lope Sánchez de Moscoso (conde de Altamira), el mariscal Suero Gómez de Sotomayor y sobre todo Pedro Álvarez de Sotomayor I (conde de Camiña), que se encargó del sur de Galicia y de la raya fronteriza. El arzobispo Alonso de Fonseca II fue el gran puntal de Isabel desde el primer momento y consiguió captar un número creciente de nobles, como los condes de Lemos y Monterrey, el mariscal Pardo de Cela, Diego de Andrade y otros de menor rango. Algunos bascularon según sus intereses, como el conde de Benavente, que acariciaba la esperanza de recibir en premio la ciudad de La Coruña, aunque al final no pudo obtener el codiciado trofeo por el rechazo de los coruñeses. La faceta internacional de la contienda pudo verse con claridad cuando aparecieron en la línea del horizonte barcos franceses y portugueses haciendo todo tipo de estragos en la costa, hasta que finalmente Fernando movilizó a la flota vizcaína para asegurar el control del Cantábrico.

La batalla de Toro, librada el primero de marzo de 1476, sentenció la guerra en favor de Isabel y Fernando, aunque las operaciones militares contra Portugal y Francia continuaron por algún tiempo. Sin embargo todo el mundo intuía que la suerte ya estaba echada. A partir de este momento se multiplicaron los pronunciamientos en favor de Isabel. En esta coyuntura tuvieron una especial importancia las primeras Cortes del reinado, las de Madrigal, que se reunieron tras la victoria militar de Toro. Ante los procuradores de las ciudades y villas los reyes adelantaron un primer plan de reformas, preludio de otras muchas que se pondrían en marcha algo más adelante. Entre las novedades más importantes destacaba la constitución de la Hermandad, una pieza vital en tiempo de guerra porque, además de poner en marcha un sistema de reclutamiento, instauraba una contribución económica que sustituía a los maltrechos impuestos que concedían las Cortes. También se reformaron instituciones decisivas para el gobierno, como el Consejo, la Audiencia y la Contaduría. Los historiadores actuales consideran que aquí está el germen del “Estado Moderno”, es decir, del conjunto básico de instituciones que la corona extenderá para la totalidad de los reinos, a modo de “común denominador” administrativo.

La noticia de la inminente instauración de la Hermandad cayó como un jarro de agua fría entre la nobleza gallega, porque muchos caballeros se acordaban de la amarga experiencia de la revuelta irmandiña de mediados de los sesenta, y nadie quería repetir aquello de los halcones perseguidos por los gorriones. Los reyes no pretendían volver al viejo modelo del pasado -las hermandades concejiles-, que tanta ansiedad levantaba por todas partes, sino que se proponían adoptar el modelo más jerarquizado de la vieja hermandad de Toledo, Talavera y Ciudad Real, conocida popularmente como Santa Hermandad, donde la autoridad y el mando estaban bajo la soberanía real. Pero estas distinciones no eran entendidas ni admitidas por los nobles, para los que la palabra “hermandad” sonaba a peligro o -por qué no reconocerlo- a imposición fiscal gravosa. Por eso los principales nobles gallegos aparcaron momentáneamente sus diferencias ancestrales y acudieron al gobernador de Galicia, el conde de Ribadeo, para advertirle del peligro y transmitirle una propuesta que debía presentar de inmediato en la corte: que ellos garantizarían el orden público del reino si los reyes renunciaban a instaurar la Hermandad en Galicia y, de paso, aportarían una elevada suma de dinero para que los monarcas no tuviesen siquiera que molestarse en imponer recaudadores. Mientras se resolvía en la Corte esta propuesta, los caballeros se reunieron en Lugo durante el mes de octubre de 1477 para redactar un acuerdo en el que plasmaban todos estos principios.

La Hermandad fue muy impopular en todas partes, y no sólo en Galicia, por tres razones principales: era demasiado cara, anulaba el poder local de señores y concejos, e imponía una justicia a rajatabla, sin miramientos. La ciudad de Burgos, por ejemplo, que se desgañitó durante meses tratando de evitar su implantación, no tuvo más remedio que emitir deuda pública para pagar la elevada suma que le exigía la real Hacienda. El todopoderoso señor de Andalucía, el duque de Medina Sidonia, también se opuso con terquedad a la entrada de la Hermandad en sus dominios porque suponía una intromisión sin precedentes, pero al final tuvo que ceder. Hasta las mismas ciudades que inventaron el modelo de Hermandad -es decir, Toledo, Talavera y Ciudad Real- perdieron la partida ante los reyes tratando de evitar el control regio de sus cuadrilleros. En resumidas cuentas, la Hermandad fue diseñada e implantada como una institución central de la monarquía -no de los reinos- y en este punto no se admitieron excepciones.

La tenacidad de los reyes venció la resistencia de los súbditos, aunque al final tuvieron que prometerles que la duración de la Hermandad sería temporal. Los caballeros gallegos que habían formado una piña en 1477 se fueron finalmente dividiendo entre partidarios y detractores de la nueva institución, de modo que esa escisión sirvió para allanar el camino a los planes de Isabel y Fernando. Todo esto coincidió con la reactivación de la guerra con Portugal en 1478, tanto por la frontera de Galicia como por la de Extremadura, aunque al final Alfonso V no logró demasiados éxitos. En la batalla de Albuera (24 de febrero de 1479) fueron derrotadas las tropas portuguesas que acudían a la defensa de Medellín. Albuera fue sólo una pequeña escaramuza de escasa importancia bélica, pero tuvo un alto significado moral: fue el final de las esperanzas portuguesas. Alfonso V se convenció de lo necesario que era pactar una paz definitiva con sus adversarios.

A partir de ese instante ya era sólo cuestión de tiempo la plena introducción de la Hermandad en Galicia. De poco sirvieron las bravatas del conde de Camiña, cuando propalaba por sus tierras meridionales que acogería con sumo agrado entre sus filas a todos los malhechores que lo deseasen; en realidad su poder estaba llamado a menguar definitivamente tras la decisión portuguesa de negociar una paz definitiva. Habían pasado para él los tiempos gloriosos. Cuando aparecieron los cuadrilleros de la Hermandad con sus varas coloreadas (de verde, rojo, azul y amarillo) por las tierras del Miño, había sonado la hora del declive definitivo.

La historia de la Hermandad en Galicia está inseparablemente unida a la persona de Fernando de Acuña, el primer gobernador que nombraron los reyes con este título en 1480. Cuando llegó en compañía del alcalde García de Chinchilla al frente de 300 lanzas, su propósito era pacificar definitivamente el territorio y hacer posible la normalidad institucional. Acuña era el segundón de una gran familia titulada -era hijo del conde de Buendía- y por sus venas corría sangre de la legendaria Inés de Castro; su nombramiento le abría las puertas de par en par hacia una brillante carrera al servicio de la corona precisamente en la tierra de origen de su mítica antepasada; tal vez por todos estos motivos se aplicó con tanto celo a la tarea que le encomendaron. Como traía en su equipaje cartas y poderes plenos, no dudo en utilizar todo ese caudal de autoridad en la consecución de la meta que le habían señalado. Acuña intuía que un éxito sonado le podría deparar muchas posibilidades de promoción personal y, tal vez, algún título importante para su linaje.

Pero el flamante gobernador no era un hombre dotado de una excesiva inteligencia política ni del indispensable tacto para distinguir la calidad de las personas, y comenzó su andadura amenazando a todo el mundo, incluyendo a los isabelinos. Se propuso hacer una ostentosa manifestación de autoridad sin hacer distingos entre leales, tibios y enemigos. Por eso su actitud tuvo un efecto contraproducente, porque provocó la adulación de los tibios y el enojo de los que más se habían distinguido en la defensa de la causa isabelina. El arzobispo Fonseca percibió en seguida el talante del nuevo gobernador y fue lo bastante prudente como para plegarse a tiempo; esta cualidad fue muy valorada en la Corte y recibió como premio la presidencia del Consejo, aunque aquel galardón también era una manera de sacarlo del escenario gallego. El mariscal Pardo de Cela, en cambio, se empeñó en plantar cara y esa fue la causa de su perdición: no supo o no quiso darse cuenta de que los tiempos estaban cambiando a toda prisa y que ahora los reyes valoraban especialmente la obediencia de sus vasallos. De nada le valieron sus anteriores méritos, ni su curriculum isabelino, porque la corona estaba empeñada en crear un nuevo marco institucional común a todos sus estados y reinos sin atender excepciones.

La Hermandad se organizó en juntas regionales para el cobro de las contribuciones y el reparto de levas, quedando el supremo mando de todas ellas en manos de una junta general que, finalmente, cristalizó en un nuevo Consejo de Hermandad; de esta manera la institución se incardinó en la nueva estructura administrativa que los historiadores conocen como monarquía polisinodial, o lo que es lo mismo, monarquía gobernada a partir de consejos formados por expertos burócratas. La trayectoria de la junta provincial del reino de Galicia tiene un especial interés porque es el germen del que nacerán más tarde las Juntas del Reino de Galicia. Las peticiones de la junta gallega en aquellos años se parecen bastante a las de otros territorios, como que el personal burocrático fuese del país o que disminuyesen las onerosas contribuciones que los desaprensivos recaudadores exigían. Pero los reyes no alteraron sus criterios en cuanto a la extracción de los burócratas, cuya selección dependía de la fidelidad al rey y de la capacidad personal, no de su procedencia geográfica. En cuanto a las cargas económicas, hubo algunas concesiones parciales a determinados nobles de especial rango, como el conde de Lemos, que percibió una parte de lo que se recaudaba en sus tierras, o los hidalgos de solar conocido con privilegio, que quedaron exentos del pago. Los sucesivos relevos que hubo en la cúspide de la hermandad de Galicia no sirvieron para acallar el descontento que despertaba la institución en todos los rincones del reino; por eso se entiende mejor la decisión que tomaron los reyes en 1498 de suprimirla en todos sus reinos.

Durante los años en que estuvo en vigor los reyes aprovecharon la Hermandad como una especie de ejército permanente en sus campañas de Granada, el Rosellón e Italia. Las tropas regulares que aportaban los reinos pelearon en distintos escenarios de guerra donde los reyes defendían su política exterior o interior. Los combatientes gallegos se batieron en algunos frentes al igual que los cuadrilleros de otros reinos. Para algunos fue una manera de redimir antiguas penas, aunque para la mayoría fue un servicio obligatorio. En el frente granadino los gallegos tuvieron que soportar la dureza de los asedios en Baza, Zújar, Málaga y también en la misma ciudad de Granada. En Italia combatieron a las órdenes del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, y en el Pirineo lo hicieron bajo el mando del gobernador de Galicia. Como recuerdo de aquella presencia, que recordaba a las antiguas campañas de reconquista en el siglo XIII, muchas ciudades y villas repobladas en el antiguo reino de Granada contarán con una apreciable presencia de repobladores gallegos, cuyos nombres aparecen consignados en los libros de repartimiento.