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Como
Tetro, hemos querido incluso amputar de nosotros el mismo nombre,
España, así como los símbolos que la
representan, levantando ante su mera presencia un sinfín de
suspicacias. La lengua común en la que nos entendemos la hemos
arrinconado, camino de excluirla, en varias regiones, y en las demás
lo seguimos consintiendo cuando votamos a los partidos que lo
propugnan; la malquerencia entre unas regiones y otras sigue
avanzando. Tratamos asimismo de ignorar o deformar nuestro pasado y
nos empeñamos, como Tetro, en sustituirlo por el que los
nacionalismos han ido delirando. Como Tetro, los españoles, en
buena parte, nos estamos convirtiendo en un ser incomprensible,
imprevisible, que, embarcado hoy en este periplo zapateril, no quiere
recordar de dónde viene ni aspira a saber a dónde va y
no soporta las preguntas sobre quién es.
Cuando
Emile Michel Cioran escribió en 1933 su primer libro, "En
las cimas de la desesperación", afirmó en él:
"Es evidente
que, de no haberme puesto a escribir este libro a los veintiún
años, me hubiese suicidado".
Más adelante explica cómo llegó a redimirse a
través de la escritura: "Existen
estados y obsesiones con los que no se puede vivir. La salvación
¿no podría consistir en confesarlos?".
Sigmund
Freud escribió mucho a propósito de esta parte de
nuestra intimidad que no nos podemos confesar ni a nosotros mismos y
con cuyo caudal alimentamos ese gran depósito que en nuestra
mente forma el inconsciente. Nos es imprescindible tener un relato
sobre quiénes somos, una narración en la que encajar lo
que va siendo nuestra vida; pero para tener un criterio a partir del
cual saber lo que debemos hacer o interpretar lo que nos pasa, tan
imprescindible como disponer de tal relato es que además tenga
sentido. Así que nos convertimos en implacables cancerberos
del acervo de nuestras experiencias y, de todas ellas, dejamos pasar
para incorporarlas a nuestro relato vital sólo a aquéllas
que tienen sentido o que, al menos, no lo distorsionan gravemente. De
todas las demás, una gran parte va a parar al limbo de lo
insignificante, y es aquélla restante que entra en seria
contradicción o que de alguna forma atenta contra la
credibilidad y congruencia de nuestro relato vital la que va
configurándose como secreto inconfesable, incluso para
nosotros mismos, que, en el límite, acaba por ser excluida de
la conciencia y de la memoria.
Pero
ya decía Nietzsche que "todas
las verdades silenciadas se vuelven venenosas",
y si encuentran en nuestra mente algún resquicio por donde
colarse, amenazarán con anegarnos en el mismo absurdo que a
Cioran le llevó al borde del suicidio y a otros, en un
postrero y patético intento de defender un relato, aunque sea
ficticio, a través del cual sentirse a salvo, les empuja a esa
forma extrema de negación de la realidad que es la locura.
Esto último es lo que le pasó a Tetro, el protagonista
de la última película de Francis Ford Coppola, en los
tiempos en que aún era Ángelo, y que sólo salió
de la institución psiquiátrica cuando, enterrando en lo
más profundo de su mente sus inconfesables secretos, no tuvo
que hacer frente a un relato de sí que no le era posible
aceptar, sino que simplemente cambió de relato, mató a
su personaje anterior y construyó ex novo otro diferente:
Tetro, precisamente. "Tetro": una gran película ésta
de Coppola (me deja ojiplático alguna crítica negativa
de esos que "entienden" de cine, como la de Carlos Boyero en El
País). No esperábamos menos del director de "El
Padrino" y "Apocalypse Now". Lástima que cuando este
artículo salga a la luz, ya estará seguramente fuera de
cartel y no servirá de mucho recomendarla a quienes no la
hayan ido a ver.
Ángelo,
el anterior e insoportable alter ego de Tetro, llegó a hacer,
sin embargo, un hermético relato de sí mismo, una
novela autobiográfica, escrita en clave, que en el hospital
psiquiátrico siempre llevaba consigo, pero de la que a nadie
llegaba a decir nada. Había conseguido, pese a todo, hablar en
ella de su vida pasada, era su confesión, pero una confesión
interrumpida e improductiva, porque no lograba ponerle un final, es
decir, que tuviera sentido. Por ello acabó relegando ese
relato al trastero de lo definitivamente inconfesable, repudiando una
novela que llegó a demostrarse que, con un buen final, hubiera
sido capaz de conducirle al éxito. Prefirió vivir en la
falsedad de un nuevo personaje que, para existir, tenía que
negar todos sus vínculos con el pasado, amputar los rastros de
su historia personal. Ángelo, mientras perdurase lo
inconfesable, tenía que morir para que Tetro viviese. Por eso,
en un crucial momento de la película, le dice a Miranda, su
maternal pareja y ex psiquiatra: "No
quiero que nadie me salve".
(Miranda es interpretada por Maribel Verdú, que quizás
-no la conozco tanto como para estar seguro- haya alcanzado aquí
la cota más alta de su carrera).
Decía
Ortega (todos lo sabemos a estas alturas): "Yo
soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo".
Son enunciados filosóficos que no sólo tienen
aplicación a la hora de entender la vida de los individuos,
sino también la de los pueblos. No me cuesta mucho imaginar
que los españoles presentamos hoy una imagen asimilable a la
del Ángelo de Coppola, abrazado en aquel psiquiátrico a
su novela escrita en grafías incomprensibles (inconfesables),
porque no hemos llegado aún a construir un relato de lo que
somos que tenga sentido para todos, y, extraviados, tratamos de negar
lo que somos y construirnos de la nada o de la falsificación
una nueva identidad. Como Tetro, hemos querido incluso amputar de
nosotros el mismo nombre, España, así como los símbolos
que la representan, levantando ante su mera presencia un sinfín
de suspicacias. La lengua común en la que nos entendemos la
hemos arrinconado, camino de excluirla, en varias regiones, y en las
demás lo seguimos consintiendo cuando votamos a los partidos
que lo propugnan; la malquerencia entre unas regiones y otras sigue
avanzando. Tratamos asimismo de ignorar o deformar nuestro pasado y
nos empeñamos, como Tetro, en sustituirlo por el que los
nacionalismos han ido delirando. Como Tetro, los españoles, en
buena parte, nos estamos convirtiendo en un ser incomprensible,
imprevisible, que, embarcado hoy en este periplo zapateril, no quiere
recordar de dónde viene ni aspira a saber a dónde va y
no soporta las preguntas sobre quién es. Corremos un grave
peligro de vivir al margen de nuestra circunstancia, de nuestro
pasado, de nuestra realidad. Y como Tetro, para que sobreviva ese
personaje que hemos ido inventando, parece también que "no
queremos que nadie nos salve".
Pero
esa circunstancia que tantos, en España, quieren ignorar, lo
admitamos o no, forma parte de nuestro ser colectivo. Y aún
más: si no la salvamos a ella, no nos salvaremos nosotros.
Un
genio este Coppola.
Javier
Martínez Gracia, miembro de UPyD de Burgos
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