Terrorismo etarra

logo del Foro ErmuaRodríguez Zapatero ganó las elecciones del 14 de marzo de 2004 en unas peculiares circunstancias todavía no esclarecidas. Después, supimos por ETA que, antes del 11-M, Zapatero mantenía conversaciones con ETA-Batasuna. De hecho, en el Debate sobre el Estado de la Nación del 12 de mayo (dos meses después), Zapatero expresó formalmente su propósito de «un final dialogado de la violencia» para esa misma legislatura. Y sólo 14 meses después de llegar a Moncloa (el 17 de mayo de 2005), lograba aprobar la Resolución del Congreso autorizando el diálogo con ETA, dinamitando definitivamente el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, que había prometido -en campaña electoral- aplicar íntegramente. Pero retrocedamos a 2004. ...

 

 

Tras las elecciones del 14-M, presos de ETA volvían a matricularse en la UPV en septiembre de ese año. ETA, con el PCTV, volvía al Parlamento vasco unos meses después, en las autonómicas del 17 de abril de 2005 con la connivencia del fiscal general del Estado, que pretendiendo dar la apariencia de legalidad, dejó pasar al dicho partido. En las siguientes municipales (mayo de 2007), ETA volvía a los ayuntamientos con ANV, en una estrategia ya ausente de pundonor y donde sigue a pesar de la sentencia en firme del TS (16 de septiembre de 2008), más de dos años después.

El retorno de ETA a las instituciones, teniendo todos los instrumentos para evitarlo (la Ley de Partidos y la más favorable de las opiniones públicas para actuar en consecuencia), es gravísimo. Pero en el mismo orden de gravedad situamos el proceso de tramitación del Estatuto de Cataluña -dato importante-, pactado con ETA en Perpignan en diciembre de 2003 y que el propio Zapatero desatascó implicándose personalmente en una operación entonces incomprensible: «Aceptaré el Estatuto que remita Cataluña».

Un estatuto, vigente en la práctica y a la vez retenido en el Tribunal Constitucional durante años, que ha hecho irreparable el destrozo. Un acuerdo con ETA (de Carod-Rovira por su lado a cambio de «una tregua para Cataluña» y de Zapatero por el suyo «porque sin pistolas todo es posible») que ha pulverizado la Carta Magna, dejando sin capa y sin manteo un ordenamiento que tan ejemplarmente nos dimos propiciando la Transición a la democracia en España en 1978.

Pero retomemos el hilo cronológico de la negociación de Zapatero con ETA en la primera legislatura, sin necesidad de recordarles la retahíla de cesiones que provocaron el desprestigio de las instituciones, una a una, tras las que el presidente se parapetaba. Quizá, el símbolo de la cesión en esta fase fue la excarcelación de De Juana, al que se le rebajó la condena de 96 años a seis.

En aquella primera etapa hubo mesas de negociación en Loyola. Reuniones de las que los ciudadanos desconocemos el alcance de las cesiones y las estrategias de futuro. Lo que sabemos es que el Gobierno suplicó un «alto en fuego» que fue declarado por ETA el 22 de marzo de 2006, pero que nunca existió porque durante los nueve meses se sucedieron más de 500 acciones de terrorismo -que contabilizáramos desde el Foro Ermua- mientras veíamos con estupor las concesiones: una trascendental, la «internacionalización» del proceso, logrando en el Parlamento europeo una resolución en octubre de 2006.

ETA había logrado la más deseada de sus pretensiones: legitimarse internacionalmente, consolidando su falaz argumentario al aproximarse a otros conflictos, como el de Irlanda del Norte. La farsa terminó con el atentado de la T-4, el 30 de diciembre. Sin embargo, el Gobierno mantuvo sus contactos desde entonces y hasta ahora.

Mientras tanto, las urnas -con la ayuda de ETA, no hay que olvidarlo- volvían a dar el poder a Zapatero en las generales de 2008; y las urnas, también con la ayuda de ETA, que accedió a una tregua silenciosa -no publicitada entonces, pero recientemente confesada-, provocaban el vuelco en el Gobierno vasco, propiciando un lehendakari no nacionalista (en las autonómicas de 2009), al que el PP (y todo el movimiento cívico) tuvo que apoyar, como no podía ser de otra forma.

Es sobrecogedor anotar todos estos acontecimientos sobre una línea, que atraviese transversalmente una octavilla, indicando los tiempos.

Desde el Foro Ermua hemos venido denunciando que Rodríguez Zapatero no ha cambiado de fondo su política antiterrorista. Sólo ha modificado su modo de presentarla, actuando a tres bandas aparentemente contradictorias (Eguiguren, López y Rubalcaba). La realidad es que todas confluyen en estos momentos, dejando paso a la evidencia: la evidencia de que no se ha abandonado la senda del diálogo, de la negociación, de la disolución de ETA contentando a la banda terrorista con beneficios penitenciarios, políticos y fiscales.

¿Cuáles son los cambios de la actual estrategia de negociación con ETA?: 1) negar la negociación y, por supuesto, no constituir nuevas mesas como las de Loyola; 2) presentar que ETA y la izquierda abertzale son dos realidades distintas, componente falaz en el que se lleva años insistiendo con la inefable contribución del juez Garzón; y 3) bruñir la aparición de un elemento nuevo: los «mediadores internacionales».

El Gobierno presenta la negociación como un requerimiento de instancias ajenas a él. Este eslabón, gestado desde el mismísimo Ministerio de Interior, irrumpe el 29 de marzo pasado, con el abogado sudafricano Brian Currin sugiriendo una hoja de ruta para el proceso de negociación entre el Gobierno de España y ETA. Significativamente, afloran los mediadores como por arte de magia, y el Gobierno interpelado calla: su silencio es la más contundente confirmación de su implicación. Pero ¿por qué Rodríguez Zapatero y Rubalcaba se obstinan en negociar, en contentar a ETA… pudiendo derrotarla?

Artículo publicado en El Mundo el 10 de noviembre.

Inma Castilla de Cortázar es presidenta del Foro Ermua
y decana de la Facultad de Medicina de la Universidad CEU-San Pablo de Madrid.