No he leído el flamante libro de la eximia consorte del magistrado Gómez Bermúdez sobre las tripas del juicio del 11 M presidido por su marido. No sé si pertenece a la épica, la lírica o a la dramática. Ignoro si se trata sólo de un caso oportunista más de prensa vaginal para adictos al pesebrismo audiovisual.

 

Tampoco quiero contribuir, comprándolo, a engordar la gusanera, esa mezcolanza agiotista político mediático judicial de una sociedad espiritual y moralmente enferma que vegeta sin dignidad ni vergüenza, donde vale todo y se carece de empacho para poner en valor, como dicen ahora finamente nuestros próceres bursátiles, vendedores de crecepelos y políticos de mancebía, cualquier información colocable en el corro de buitres cotillas patrios.
No importa haya sido obtenida bajo condición de secreto profesional, de confidencia reservada o de supuesto servidor público.
Pero cabe denunciar el hecho en sí de su aparición por solidaridad con las víctimas del atentado y porque no es esa la imagen y dignidad del Poder Judicial que queremos. También se sabe que algunos jueces han puesto el grito en la Audiencia- ya no hay cielo- por haber sido desvelada su intimidad y porque este escándalo contribuye a echar más pellas a la ya demediada credibilidad de la judicatura española.
Y pudiera ser que, al cabo, el tiro no haya calculado el retroceso de la culata y resulte prematuro epitafio para una prometedora carrera judicial.

Para picaresca me gusta más la del siglo de oro. Tanto la desolada de Mateo Alemán cuanto la esperanzada de Cervantes o Quevedo sin olvidar el arquetipo de la Celestina, tan abundante ahora y otrora.
Para ditirambos mejor los originales del antiguo culto dionisiaco. Quizás porque como decía el ilustre manchego, caballero de espuelas de oro: Yo no valgo para Palacio pues no sé lisonjear y tengo vergüenza.
O para aguda amargura crítica, la del resentido Gracián del Oráculo manual y Arte de prudencia por aquello de no hacer profesión de empleos desautorizados o conseguir y conservar la reputación.
Y otrosí digo que para esperpento prefiero los de Valle Inclán, acaso el mayor genio literario español desde Cervantes. Lástima que ya no pueda continuar sus episodios nacionales de El Ruedo ibérico en los que genialmente glosaba las fechorías de la reina Isabel, su camarilla y opositores, con los sucesos del actual régimen borbónico también en descomposición y desgraciadamente cada vez más parecido a aquel en que

"Los soldados revolucionarios y los leales en ambas riberas roban gallinas mientras esperan la abdicación de la señora"

Hasta que por fin…

"la señora puso píes en polvorosa, tirando los trastos de reinar, porque el cristo revolucionario la sorprendió en lugar vecino a la frontera…"

No sabemos si la firme contundencia pública del altilocuente juez mediático que no tenía un pelo de tonto y futuro ministrable de mérito se derrite en sus más íntimos aposentos. O si su eximia consorte es una especie de Matahari doméstica. Pero cabe resaltar de este suceso lo que representa de desprecio al justiciable. Por si no hubiera habido ya bastante con la representación o puesta en escena de la sentencia. Una tragicomedia televisada que ha maravillado a propios y extraños y ha convertido por unos momentos la sede judicial en una suerte de corral de comedias.
Como en esta España alegre y confiada un escándalo tapa a otro, que a su vez será tapado por el siguiente, seguramente no pasará nada. Ni protestará mucho esa supuesta ciudadanía quizás fatalmente reducida a servidumbre semoviente que parece haber renunciado al universo de los valores y ya se ha acostumbrado a comer lo que le echen. Pero la verdad es que estamos inmersos en un proceso de descomposición donde no se precisan más leyes sino voluntad dignidad y vergüenza no ya tanto de cumplir las existentes cuanto de recuperar el sistema de valores que hacen posible la civilización en libertad.
Civilización de la que la actual caverna mediática y electrónica de Platón resulta solo su sombra. Asaz degradada hay que decirlo otra vez más. Porque quienes más obligados están a dar ejemplo con su conducta, a veces olvidan las nobles palabras de un sabio representante de la Ilustración:
"en la estimación de sus conciudadanos, y no en el favor de una corte por lo común injusta y tiránica debe el Magistrado constituir su gloria".
"unos hombres destinados a dispensar justicia a los otros a obligarlos a cumplir las convenciones sociales, a reprimir sus pasiones, a castigar los delitos en nombre de la sociedad, deben mostrarse dignos del respeto del público en su equidad firme y constante, en su probidad no desmentida nunca, en su integridad, en el conocimiento profundo de las leyes…Destinada a censurar y contener los vicios y castigar los desarreglos de los otros, la Magistratura prescribe a sus miembros una gran circunspección, una gravedad particular en sus costumbres, y una conducta intacta y pura, enteramente exenta de los excesos que debe corregir."

¡Qué ocurrencias tenían los carcas del XVIII antes que llegara el progreso y el socialismo!