11-M
 En el ABC ...Me preocupa que entre los dirigentes de la derecha democrática pueda quedar todavía sombra de duda sobre la autoría de la matanza y, más aún, el estilo tirando a reticente de algunos de sus comentarios, pero no entiendo cómo el ministro del Interior se atreve a pedir a Rajoy que repita con él esa frase que tanto han pronunciado los socialistas de todo rango durante los últimos años y a propósito de cualquier robo de pistolas, por ejemplo. ...

LA verdad jurídica es el resultado de un proceso que incluye exámenes de pruebas y testimonios, interrogatorios y deliberaciones. Puede coincidir con la verdad de los hechos en todo o en parte. O no coincidir en absoluto. Por eso, los ciudadanos están obligados a acatar las sentencias de los tribunales -es decir, la expresión de dicha verdad jurídica-, pero no a formular asentimientos explícitos a las mismas. Cosa distinta es la oportunidad política de la disensión pública, pero aquí cada cual es muy dueño de explotar en beneficio propio el descontento suscitado por un veredicto o de tirarse al barranco. Dicho esto, declaro que la sentencia del juicio del 11-M se ajusta, en líneas generales, a mis convicciones personales sobre el asunto. Me preocupa que entre los dirigentes de la derecha democrática pueda quedar todavía sombra de duda sobre la autoría de la matanza y, más aún, el estilo tirando a reticente de algunos de sus comentarios, pero no entiendo cómo el ministro del Interior se atreve a pedir a Rajoy que repita con él esa frase que tanto han pronunciado los socialistas de todo rango durante los últimos años y a propósito de cualquier robo de pistolas, por ejemplo.
Además, será difícil olvidar la intervención televisiva de Pérez Rubalcaba en aquella noche del 13 de marzo de 2004, la del acoso a las sedes del PP. Tampoco entonces, según el hoy ministro, había conspiración alguna tras los asaltos, sino reacción espontánea del pueblo a las mentiras del Gobierno. No es esa mi impresión. No lo era ya en la noche del 11 al 12, cuando oí a un asesor de Ibarreche afirmar, por la televisión autonómica vasca, que las manifestaciones del día siguiente debían convertirse en grandes actos de repulsa contra Aznar. Desde ese momento supe que la izquierda y los nacionalismos se habían puesto de acuerdo para explotar el dolor y la indignación general de modo turbiamente ventajista. La gran manifestación de Madrid confirmó lo que hasta entonces era certeza intuitiva. De espontaneidad, nada: agitación perfectamente planificada. Esperanza Aguirre contó a Verónica Drake que, al término de la manifestación, quedó aislada y sin sus escoltas, conmigo y un pequeño grupo de amigos, en medio de la muchedumbre. Lo que no contó es que fuimos seguidos durante un buen rato por provocadores que incitaban al linchamiento de Esperanza y que sólo desistieron al comprobar que muchos madrileños salían en defensa de su Presidenta y que a ésta le quedaba un escolta armado: el mío. No voy a sostener que, ese día, entrase en los planes de los socialistas pasar de los abucheos a la violencia desatada, pero no tuvieron reparo alguno en jugar con fuego, porque, hoy lo vemos con horrorizada claridad, cualquier riesgo era poca cosa para quien tenía demasiada prisa en cargarse el consenso constitucional, cumplir lo prometido a los independentistas de ERC y buscar un acuerdo rápido con ETA. Quizá debamos felicitarnos de que, esos días de marzo de 2004, el gamberrismo dirigido por móvil no añadiera aflicción a la ya insoportable que habían producido los atentados, pero no fueron los socialistas, y en particular Pérez Rubalcaba, quienes más se esforzaron en impedirlo.
O sea, que de acuerdo. «ETA no ha sido». Esto suena convincente en boca del juez Gómez Bermúdez, pero no en la del ministro del Interior, cuya petición intimidatoria a Rajoy nos devuelve a las jornadas en que esas cuatro palabras fueron pretexto para uno de los episodios más vergonzosos de la historia de la democracia española, y absolutamente insólito en la de las democracias occidentales, que no registra ningún otro de algaradas antigubernamentales como respuesta a un atentado islamista. Muchos agradeceríamos un respaldo más decidido de Rajoy a la sentencia del 11-M, pero nos repugnaría oírle repetir como un lorito la muletilla de Pérez Rubalcaba, aunque sea razonable pensar que esta vez, y como excepción, se acerca a la verdad de los hechos. Si uno se pasa la vida afirmando que nieva en el Sahara, algún día acertará. Gracias al cambio climático, faltaría más.