Hubo un tiempo, creo, en que los hombres éramos libres y aspirábamos a la verdad. Abandonados, por fin, por la providencia, que, sin contar con nosotros en absoluto, tenía previsto para todo un por qué y un para qué, tuvimos que ir construyendo en soledad un sentido para el mundo y para nuestra vida. Fue necesario, pues, rescatar del azar, del absurdo y de la superchería (en suma, del caos)

las cosas y los aconteceres necesarios para hacer que finalmente prevaleciera la expectativa de que, pese a todo, el universo transcurría en pos de lo mejor. Con nuestra voluntad de sentido conseguimos abrir un camino de claridad y de valores a través de la espesa trama de maleza que había ido formando el caos. Fuimos libres porque aspirábamos a la verdad, porque nos empeñábamos en poner orden en las cosas y los aconteceres, diferenciando lo mejor de lo peor. Cansados  a veces de buscar una verdad que, como el horizonte, siempre está fuera de nuestro alcance, tuvimos, desde luego, que resistir a la tentación de caer en la indolencia propia de quien piensa que, poco más o menos, todo da igual.

 Pero el absurdo y la superchería, esos perfectos contrapuntos de nuestra voluntad de sentido y de claridad, han demostrado a la larga tener más fortaleza que muchos de nosotros. De modo que, a la altura de los tiempos postmodernos en que estamos, hemos dejado que se vayan arruinando y cayendo esos topes del por qué y el para qué con que antes acotábamos las cosas, hemos ido perdiendo aquel impulso que nos hacía buscar la verdad y el sentido de nuestras vidas, nos hemos ido conformando con hallar un precario cobijo en los reducidos fragmentos de realidad que configura lo que nos es más inmediato y tangible. Nuestra postmoderna mente líquida (así la denomina Zygmunt Bauman, un conspicuo analista de este tiempo que vivimos) ha dejado de aspirar a tener las cosas claras y acepta conducirnos por un mundo que asumimos como incomprensible, en el que lo bueno y lo malo se han entreverado hasta formar un magma de indiferencia del que sólo aspiramos a rescatar esos evanescentes sucedáneos que conforman lo que me apetece y lo que no me apetece. Vale, pues, también lo que decía un personaje de "La Tempestad", de Shakespeare: "Todo lo que es sólido se desvanece en aire".

Nuestras pretensiones de sentido y de verdad han llegado a ser tan endebles que el poder apenas encuentra resistencia cuando trata de imponer sus puntos de vista, que en seguida alcanzan la categoría de verdad, de verdad oficial, a falta de ninguna otra que la ciudadanía ofrezca como alternativa con la rotundidad precisa. Si se ha perdido la necesidad de encontrar la verdad, ¿qué más da que coyunturalmente prevalezca la que el poder ofrece? La aceptación de la verdad oficial cuenta además con un beneficio añadido, como es el de pertenecer al grupo de los políticamente correctos, lo cual es un antídoto contra el ostracismo o contra la necesidad de tener que razonar y justificar la propia opinión, que suele ser un trabajo incómodo y exigente.

No renunciar a la verdad ni a la libertad obliga a veces a enfrentarse a tremendos tabúes colectivos encargados de salvaguardar el orden que se sustenta sobre la verdad oficial y que suele ser tan precario e inconsistente como intenso y prohibitivo sea el tabú. En España el gran tabú de nuestro tiempo se ha constituido alrededor de las numerosas irregularidades que, descontando el hecho mismo, jalonan la investigación policial, la instrucción judicial y el juicio y sentencia posteriores a que dieron lugar los atentados de Madrid del 11 de marzo de 2004. La acumulación de datos, de nombres difíciles de recordar, de detalles significativos innumerables que han aportado quienes se empeñaron en investigar esas irregularidades son por sí solos casi una invitación a desistir de entender, de querer saber lo que pasó, máxime cuando nadie ha sido capaz todavía de proponer una hipótesis alternativa de aquellos hechos suficientemente consistente.

Pero de entre todo el magma de irregularidades, hay una que por sí sola es suficiente para encender todas las alarmas de quienes aún aspiramos a la verdad y a la libertad: el perito Antonio Iglesias, uno de los comisionados por el juez Gómez Bermúdez para realizar la pericia sobre los explosivos que se utilizaron en el atentado, a partir de las mínimas muestras que el juez instructor Del Olmo supo salvaguardar, ha dejado demostrado en un informe que finalmente ha tomado forma de libro que lo que explotó en los trenes aquel 11 de marzo fue Titadyn y no Goma 2 ECO. No le anda a la zaga en importancia su escalofriante afirmación, después de analizar científicamente la correspondiente composición de los explosivos, de que el contenido del que apareció en la furgoneta Kangoo que puso en marcha toda la investigación policial y el de la muestra patrón de Goma 2 que aportó la Policía para identificarlo proceden del mismo cartucho. En este contexto, tampoco es desdeñable el dato de que este perito cuenta para el informe que ha realizado con el aval del Colegio de Químicos madrileño así como el de un currículum profesional sobresaliente que sería absurdo destrozar con afirmaciones a la ligera sobre algo así. Y el hecho es que todas las conclusiones y condenas derivadas de la sentencia judicial se basan en el supuesto de que el explosivo utilizado fue la Goma 2 ECO robada y transportada a Madrid desde la asturiana Mina Conchita y posteriormente preparada para su uso por aquel curioso grupo terrorista trufado de traficantes de droga y de confidentes policiales que nunca Al Qaeda ha reconocido como propio. Y si el principal supuesto de la sentencia, el que se refiere al arma del crimen, resulta ser falso, hay que desembocar en el tremendo corolario de que las conclusiones a las que aquella sentencia llega están invalidadas y los principales culpables, todavía sin descubrir. Se debería reabrir el juicio, pero antes sería preciso derribar el tabú.

Hubo un tiempo, creo, en que la realidad tenía aún sentido, o en que, al menos, los hombres tratábamos de sobreponernos al absurdo, a la falsedad y a su principal valedora: la indolencia. En aquellos tiempos ningún tabú de este tipo habría prevalecido. Por aquel entonces, los hombres aún aspirábamos a la verdad y a la libertad... ¿O quedarán todavía suficientes hombres libres dispuestos a querer saber lo que pasó?

 

Javier Martínez Gracia, miembro de UPyD de Burgos