La semana pasada asistimos a una singular campaña normalizadora, en uno de los ámbitos tradicionalmente más anormales, según pública confesión de los contrictos participantes en el auto de fe, entre ellos, para solaz de los inquisidores, todo un general de la guardia civil. Tiemblen jueces y profesores: si hasta la guardia civil pasa por el aro de la normalización, ya saben lo que les queda.

 

Desde luego, no es eso lo que defendemos en esta página. Creemos, por el contrario, que los policías y los guardiaciviles ya eran normales antes de que alguno de sus mandos se prestara a este paripé de la inauguración de su normalidad por parte del presidente incompetente -queremos decir que el presidente de la Junta de Galicia carece de competencia administrativa sobre la Guardia civil y la policía nacional, excepto la unidad adscrita-.

El acto consistió formalmente en la presentación de un libro con un título ridículo y apologético, En galego, con toda seguridade, que, como toda la literatura normalizadora, basada en el falso supuesto de la anormalidad da las personas en función de sus hábitos o preferencias lingüísticos, se caracterizará, con toda seguridade, por el lujo editorial y la pobreza intelectual propios del subgénero ñoño-burocrático, que ni siquiera existiría sin el concurso coactivo de nuestros impuestos.

El argumento de este bello cuento, más necio que nacio, es que «históricamente as relacións do estamento policial co idioma galego non teñen sido amables nin neutrais, o mesmo que acontece, aínda hoxe, coa Administración de Xustiza» -váyanseme preparando los jueces-.

El sintagma «relacións do estamento policial co idioma galego» es asimétrico y bobo, y con mónadas o monadas de esa calidad se va construyendo día a día la torre babélica de la normalización -míticamente imposible de culminar: desengáñese quien viva engañado. Nunca, nunca seremos normales (lo que es magnífico para los que han trincado pezón presupuestario en este capítulo insusceptible de control racional)-.

Esta minicampaña es un buen ejemplo de coordinación político mediática, con varios artículos y noticias en prensa informándonos de la nada. Pues, no es cierto que los policías y guardiaciviles no fuesen normales antes de la pomposa inauguración de su normalidad por parte de Touriño: se entendían con la gente antes del auto de fe, y seguirán haciéndolo igual después. Engordará la nómina o adelgazarán los servicios para destinar a algún agente voluntario a la tarea de traducir gracias a grazas, seguridad a seguridade y demás -ades, etc., en los supuestos en los que, hasta ahora, al parecer, los agentes y los ciudadanos se entendían por señas. Es un gran avance. Congruentemente con la demora de las traducciones, habrá contos de agardar, aunque no cuentos de esperar. En fin: el mismo cuento de siempre.

Lo singular es en esta ocasión la calidad de la pieza cobrada por los normalizadores: todo un general, aceptando figurar de comparsa en toda esta tramoya. ¡Qué equivocado estaba aquel otro general que, referido al Estatuto catalán tuvo la audacia de decir «El hecho de que en una Autonomía sea exigible el conocimiento de su lengua particular es una aspiración desmesurada que obligaría en las Fuerzas Armadas a regular los destinos a esa Autonomía de la misma forma que actualmente se regulan los destinos en el extranjero. Es decir, que los destinos a Cataluña, País Vasco y Galicia estarían supeditados a la voluntariedad de los militares que quisiesen acreditar el conocimiento de la lengua que fuese exigible en cada Comunidad».

Y es que los generales no se han de meter en política, excepto que sea la correcta, como es el caso.