HACE no mucho tiempo que el gallego estaba marginado, pero era la lengua social vehicular. La mayoría del pueblo la usaba con naturalidad, a lo que se sumaba una creciente y activa minoría que hacía de las libertades lingüísticas parte de su lucha por las libertades civiles. Después llegó la democracia, la amnistía, la Constitución y el Estatuto de Autonomía. Cada cual que ejerciera su derecho a expresarse en la lengua que le diera la gana. Pura utopía. Los nuevos guías de lo políticamente correcto se pusieron a legislar, a obligar, a reglamentar, a reconstruir la historia y a dar la vuelta a la tortilla idiomática. De nuevo las dos Galicias, pero esta vez con las correlaciones de fuerza invertidas; ahora el marginado sería el castellano.   El artículo íntegro en La Voz de Galicia