Libertad de idioma

En La Voz de Galicia del domingo, 18 de febrero, aparece el pensamiento lingüístico de la Consejera de educación. Arranca con una clasificación inútil para distinguir entre lenguas 'autóctonas' y 'no autóctonas'. La Señora nació en Buenos Aires. No debería ignorar que ya no queda nada autóctono en el mundo. Es evidente que les atribuye un valor distinto. Esa clasificación se refiere a la relación de la lengua con el territorio, no con los individuos que la hablan. La Consejera o sus escribientes siguen cautivos de la mística nacionalista de la 'lengua propia'

Confunde seguidamente 'protección das linguas' con garantía de derechos ('lingüísticos') de los ciudadanos.

Atención al alambicado concepto 'dereitos lingüísticos'. Es otro abuso nacionalista colado de contrabando en el conceptuario de moda. Desde luego, no responde a ningún concepto clásico de derecho subjetivo. Se pueden definir los llamados 'derechos lingüísticos' como el conjunto de facultades que ha ido articulando el nacionalismo victimista para subvertir los hábitos lingüísticos de una población considerada anormal -por los nacionalistas de todos los partidos- para normalizarla. Un piadoso concepto evangélico que satisface por igual la obsesión socialista por la ingeniería social y la secesionista por un rebaño peculiar.

Otro de los acostumbrados lugares comunes es la referencia a la Carta Europea de las lenguas regionales y minoritarias, de la que extrae un brillante pensamiento: que la diversidad lingüística cohesiona. (¡!) El pensamiento blando se derrite en la siguiente cita, inverosímil, aunque no imposible, de un tal Ján Figel: Sería más sencillo hablar entre nosotros si todos usáramos la misma lengua, pero tendríamos mucho menos que decir. Puesto que la Consejera asume tan profundo pensamiento, debería decir una cosa, una sola cosa que la diversidad lingüística añada al repertorio de temas de conversación entre los europeos, que no sea la cruz de la diversidad lingüística, claro.

Y después de lo descriptivo viene lo prescriptivo. Echándole la culpa a Europa, la Consejera nos dice que debemos ser políglotas. Como si no tuviésemos otra cosa que hacer.

La Consejera establece una relación sorprendente: a mayor pluralidad y diversidad lingüística, más o mejor democracia. No hay que buscar mucho para contrastar aserto tan atrevido: el primero de África por orden alfabético (y los demás, por el estilo) Angola, 41 lenguas vivas y una muerta (¡sniff!). (Para desgracia de los angoleños, el portugués apenas cuenta allí con 60.000 hablantes, mientras las dos lenguas mayoritarias tienen cuatro y tres millones) Portugal, Francia, Alemania, Italia, Gran Bretaña, ... pobres democracias monolingües.

Dice la Consejera que Europa 'apuesta' -inevitable jerga politicoide- por el modelo angoleño, fortaleciendo las capacidades de los ciudadanos. Esa fe sociocrática en que el estado puede ¡y debe! mejorar al individuo ... lo quiera o no el individuo. Será la Europa del «dos más uno». Esto puede traducirse en el siguiente esquema, por ejemplo:

niño (+1)

 

lenguas (+2)

 

gallegohablante

inglés

español

castellanohablante

inglés

gallego

manchego

inglés

francés

francés

inglés

alemán

inglés

francés

alemán

irlandés

francés

español

Podríamos seguir, pero si al final de cada polinomio de lenguas ponemos el valor de la suma obtenemos una gran disparidad. Da igual que el niño francés sea bretón, normando, labortano o provenzal. Para él, 2+1 vale más que para el niño gallego, que es el más perjudicado en esta inecuación, dada la intersección (=coincidencia) entre el gallego y el español. Y todo por satisfacer la linguomanía que nos aqueja.

El artículo condensa todos los tópicos tontorrones y falsos con los que se quiere anestesiar la cirugía lingüística que se está ejerciendo en vivo sobre los niños sujetos a la escolarización obligatoria, exclusiva y excluyente, bajo la autoridad de la Consejería de educación en Galicia:

- la falacia de la continuidad lingüística con el portugués, de la que algunos gallegohablantes nos hemos desengañado por nosotros mismos.

- la falacia del don de lenguas de los niños aderezada con cita de premio Nobel (de medicina). El don que tienen los niños para los sociócratas es su ductilidad, su maleabilidad y su desprotección frente a los experimentos de ingeniería social.

- la falacia de que tenemos dos linguas oficiáis. La administración de la Consejera sólo utiliza y permite utilizar una. Tal vez porque dos lenguas oficiales son un engorro insufrible. Es el inconveniente de pretender extraer las últimas consecuencias oficiales a un hecho meramente cultural.

- y la estúpida falacia de la ventaja competitiva. Mientras los niños gallegos están sujetos a ocho horas semanales para el aprendizaje académico de dos variedades lingüísticas cuya 'suma' es la misma lengua, los otros niños europeos, incluidos los españoles libres de nacionalismo, dedican la mitad de ese tiempo al resto del currículum escolar. Deberíamos ser una potencia filológica mundial. Sobre competitividad en otros campos distintos de la idiomática ha dicho el vicepresidente ejecutivo de la Fundación Gallega para la Sociedad del Conocimiento, Javier Riera, que ha criticado la «pobreza de futuro» a ese respecto. Pese a 23 años de normalización, perdemos competitividad, mientras la Consejera desgrana falacias sobre el único problema que tenemos los gallegos: la linguomanía.

Pero esta Consejera no hace más que avanzar en la senda trazada por sus predecesores del PP. Si acaso, un ligero acelerón debido a la impaciencia del copiloto colocado.