Descontando, claro está, a los grandes filósofos de la Grecia clásica, Sócrates, Platón, Aristóteles, seguramente que el más grande filósofo de la historia haya sido Immanuel Kant (1724-1804), uno de los adalides de la Ilustración, que puso en marcha una auténtica revolución en el orden de las ideas al proponer que el conocimiento del mundo no consiste sólo en una aproximación y adaptación de nuestro intelecto al ser de las cosas, sino que también, en la dirección contraria, las cosas pasan a través del filtro de nuestras categorías sensoriales y mentales a priori, con las cuales elaboramos y damos forma a lo que, sin ellas, sólo sería un caos de sensaciones; en suma, que en lo observado o conocido intervienen decisivamente los filtros sensoriales y mentales innatos que aporta el observador.

Eso en el ámbito de la teoría del conocimiento. Pero asimismo, una de las principales contribuciones de Kant es la que realizó en el terreno de la moral. Aquí distinguía este insigne filósofo dos formas de ser, de las que, en principio, todos participamos en mayor o menor medida: una, la propia del que llamaba “yo empírico”, que hace referencia al sujeto en cuanto que sometido a las leyes naturales, físicas o psíquicas, y cuya voluntad, por tanto, responde mecánicamente a los estímulos externos, de forma semejante a como los cuerpos obedecen a la ley de la gravedad. En este sentido empírico, pues, el hombre no es libre, sino que está determinado a ser lo que el entorno le exige ser. Y, por otro lado, existe el “yo puro”, según el cual, el sujeto no está obligado a actuar según las exigencias del entorno, sino tal y como le dicta su conciencia, su sentido del deber, independientemente de que su conducta sea adaptativa o no. El yo puro es libre y responsable, no sometido a las leyes naturales, físicas o psíquicas, ante las cuales el que responde es su contrario, el yo empírico. El yo puro sólo responde ante la conciencia.

Kant buscaba un imperativo categórico (un apriorismo moral) que si obligase a actuar al hombre de alguna forma no habría de ser primariamente porque esa actuación la supeditara a la consecución de algún resultado concreto, sino porque la conciencia se lo exija así. El sentido fundamental de ese imperativo categórico quedaría expresado en esta fórmula: obra de modo que lo que haces pueda ser elevado a ley universal, válida para todos. Si, por ejemplo, yo miento, no podría elevar esa actuación a ley universal, porque en tal caso quedaría destruida la comunicación entre los hombres. Sólo cuando digo la verdad estoy respondiendo al imperativo categórico.

Así que la ética que Kant proponía sería aquélla cuyas propuestas vienen dictadas desde dentro de uno mismo, por la conciencia moral, y no por una instancia ajena al yo; y obliga a actuar no de la forma que resulte más adecuada o adaptativa según los dictados del entorno, sino por respeto a un sentimiento del deber que le convierte a uno en libre respecto de aquellos determinantes externos. Este concepto de persona moral es el punto culminante de la filosofía de Kant. Y recordemos que la suya es, a su vez, una cumbre de la filosofía universal. Darwin, al elaborar su teoría de la evolución, consideró que en ella sólo intervenían, además de las mutaciones, el azar y la selección natural, el mecanismo de adaptación; no llegó, por tanto, a dar razón de esta otra gran conquista evolutiva que es la conciencia, y que no promueve conductas necesariamente adaptativas, al menos no en lo inmediato, pero que, aun contando con ello, resulta ser el fundamento de la civilización tal y como hoy la conocemos.

Hoy vivimos bajo el imperio de los hechos, del mundo exterior, sometidos a los dictados del yo empírico, reduciendo la moral hasta haberla convertido en mero instrumento de las necesidades de adaptación y sumisión a las demandas del entorno. “Donde fueres, haz lo que vieres”, sería el primer mandamiento de esa moral que ya no se fundamenta en la conciencia, sino en las exigencias de la situación. La moral estaría, pues, por ejemplo, subordinada a la política, y no al revés. De ello encontramos pruebas cada día en la actitud posibilista de los partidos predominantes, cuyas actuaciones en absoluto aspiran a ser la traducción a la práctica política de unos principios previos e irreductibles a lo coyuntural. Ocurre más bien lo contrario, y el ciudadano se ve obligado a seguir la pista de unas propuestas políticas que hoy o aquí van por un sitio, y mañana o allí, discurren por otro.

Estas últimas semanas, sin ir más lejos, se ha hablado de la votación del blindaje del Cupo vasco en el Parlamento español, como condición previa que los nacionalistas vascos han puesto para dar su aprobación a los Presupuestos Generales del Estado. A lo cual han prestado su consentimiento el PSOE y los parlamentarios vascos del PP. Estamos hablando de una inmoralidad: puesto que ese Cupo es un privilegio fiscal que se realiza a costa de los demás españoles, especialmente aquellos cuyas Comunidades Autónomas son fronterizas con la Comunidad Autónoma Vasca, no sería posible elevarlo, hablando en términos kantianos, a ley universal: en este caso al menos, es necesario que para que exista el beneficio en unos, ha de haber correlativamente un perjuicio en los otros.

Antonio Basagoiti, secretario general del Partido Popular vasco y uno de los últimos dirigentes del PP que todavía parecía tener principios (el PSOE ha aceptado ya globalmente moverse dentro de los parámetros nacionalistas), se declaró partidario de ese blindaje, y respondió de manera crítica a María Dolores de Cospedal, secretaria general del PP, instándola a atender los “argumentos racionales” que existen para tal blindaje del Concierto vasco: “El PP siempre ha defendido la foralidad”, dijo, agregando que, si el resto de su partido no apoya el blindaje, “que vengan ellos a presentarse por el País Vasco”. Es decir, que Basagoiti deja finalmente claro que no rige su conducta política por unos principios (un apriorismo o imperativo moral) que le obliguen en conciencia, sino por la contingencia que supuestamente convierte en algo electoralmente más útil el decidirse por lo inmoral.

De la misma forma que, como decíamos, la mentira no puede convertirse en imperativo categórico, porque eso supondría el fin de la comunicación, tampoco el mantenimiento de privilegios puede convertirse en principio rector de la política. El imperativo categórico al que estamos obligados como españoles es el que preserva la igualdad jurídica de todos ellos. Lo contrario, como prolongación del hecho de su inmoralidad, desembocaría a la larga en el fin de la nación.