Debate identitario
... el deseo de regresión a la supuesta época dorada que la civilización, la industrialización y el estado moderno habían venido a destruir. El movimiento cultural en el que fermentó el nacionalismo catalán, en la segunda mitad del siglo XIX, se denominó, precisamente “Renaixença”, y para él, todo lo que aconteció desde la entrada del “castellano” (traducido: del estado moderno) en Cataluña, se entendió y se denominó genéricamente como “Decadència”. Fue un fenómeno similar al “Resurdimento galego” o al deseo de regresión al estado tribal de los vascones por parte de Sabino Arana. Según estos movimientos, la salvación estaba, una vez más, en regresar al pasado, en negar la historia.
El hombre siempre se ha mostrado temeroso de los efectos del tiempo. Por la puerta que éste abre entra como un vendaval todo lo que altera su necesidad de estabilidad, de orden, de previsión… en última instancia su necesidad de identidad, de ser alguien reconocible, contra lo cual vienen a atentar, precisamente, todos los cambios que sobre ello arroja el paso del tiempo.

     Para combatir esos temidos efectos que produce el tiempo al pasar, lo primero que hizo el hombre fue contraponerles el mecanismo de defensa que Sigmund Freud denominó “negación”. Durante la mayor parte de su historia, efectivamente, el hombre ha negado que el tiempo transcurriera, creyendo que repetía invariablemente unas pautas o ciclos, y que, por tanto, como en el mito de Sísifo, todo regresaba una y otra vez a su punto de partida. Incluso ha considerado que cualquier alejamiento de ese punto de partida, de ese estado natural (es decir, naciente, “naturante”) es una perversión, una entrada en el reino de la falsedad y de la corrupción, pues sólo es verdad lo que sigue siendo “como era en un principio”, antes de que el tiempo irrumpiera con todo su poder de destrucción y olvido. Respecto de este mito del eterno retorno, dice Mircea Eliade, ilustre historiador de las religiones: “El ‘primitivo’, al conferir al tiempo una dirección cíclica, anula su irreversibilidad. Todo recomienza por un principio a cada instante. El pasado no es sino la prefiguración del futuro. Ningún acontecimiento es irreversible y ninguna transformación es definitiva. En cierto sentido, hasta puede decirse que nada nuevo se produce en el mundo, pues todo no es más que la repetición de los mismos arquetipos primordiales”.

     El inconveniente de este modo naturalista de estar en el mundo es que hace imposible que se produzcan los efectos positivos del avance de la historia: “Un tiempo es prehistórico –decía Ortega– no porque ignoremos lo que en él pasó, sino, al revés, porque en él no pasó nunca nada, sino que pasó siempre lo mismo, y el pasado, en vez de pasar, se repitió pertinazmente”. Nada se puede crear, añadir a la marcha del mundo, si estamos atrapados por esa visión naturalista que nos exige regresar una y otra vez al punto de partida.

     El tiempo como algo irreversible es un descubrimiento relativamente reciente. Procede del judaísmo, y de ahí se transmitió a la cultura cristiana y occidental. “Para el judaísmo –confirma Mircea Eliade– el Tiempo tiene un origen y tendrá un fin. La idea del tiempo cíclico se ha superado”. Gracias a esta nueva manera de mirar se hizo posible el progreso, y tomó forma esa especie única en la historia que fue y es la civilización occidental. Ortega, de nuevo, lo enuncia así: “Toda la Edad Antigua gravita hacia el pretérito. El europeo, en cambio, es tal vez la primera manifestación histórica del futurismo colectivo (…) Lo bueno, lo mejor, no está para nosotros en el ayer, sino en el mañana”.

     Cuando las sociedades primitivas entran en crisis, buscan regresar al pasado, a su supuesta edad de oro, a su “estado natural”. No sólo las sociedades: Freud aludió también al mecanismo psíquico de la regresión como uno de los fundamentales en las personalidades afectadas por trastornos psicopatológicos.

     Al final de la Edad Media se produjo una gran crisis social que afectó a todos los órdenes de la vida. Por encima de los terribles efectos de la gran epidemia de peste negra que acabó con un tercio de la población europea en la segunda mitad del siglo XIV, se estaba fraguando, sobretodo, el gran cambio en las mentes que supuso el paso de considerar la vida como algo que estaba en las exclusivas manos de Dios, a estar bajo la responsabilidad de los hombres. “Con el Renacimiento –decía Cioran– comienza el eclipse de la resignación. De ahí la aureola trágica del hombre moderno. Los antiguos aceptaban su destino. Ningún moderno se ha rebajado a esa condición”. Sin embargo, el Renacimiento supuso una amalgama de actitudes contrapuestas, y el mismo vértigo que produjo aquel gran cambio histórico, hizo creer a los hombres que estaban volviendo hacia atrás, regresando a la cultura antigua; que estaban “renaciendo”. El mito del eterno retorno tuvo así ocasión de colarse en aquella gran irrupción en el ámbito de lo irreversible que estaba aconteciendo.

     Pero el mundo cambió aún más con la Revolución Industrial (precisamente como consecuencia directa de la aceptación del tiempo como ámbito en el que progresar, y no como eterno retorno). Y en ese punto de inflexión se produjeron grandes vértigos y numerosos movimientos regresivos, es decir, reaccionarios: Rousseau dijo que había que regresar al estado natural, el propio del “buen salvaje”. Los románticos también quisieron volver al “paraíso perdido”, que ellos identificaron sobretodo con la Edad Media, y no la Antigua, como habían hecho los renacentistas. Marx y Engels pretendieron que había que regresar al “comunismo primitivo”, anterior a la aparición de la propiedad privada y el dinero, y en “El origen de la familia, la propiedad privada y el estado”, Engels abogó incluso por el regreso a los modos de convivencia social y sexual comunales propios de la horda salvaje.

     Y en ese contexto surgieron también los nacionalismos, como resultado, pues, del deseo de regresión a la supuesta época dorada que la civilización, la industrialización y el estado moderno habían venido a destruir. El movimiento cultural en el que fermentó el nacionalismo catalán, en la segunda mitad del siglo XIX, se denominó, precisamente “Renaixença”, y para él, todo lo que aconteció desde la entrada del “castellano” (traducido: del estado moderno) en Cataluña, se entendió y se denominó genéricamente como “Decadència”. Fue un fenómeno similar al “Resurdimento galego” o al deseo de regresión al estado tribal de los vascones por parte de Sabino Arana. Según estos movimientos, la salvación estaba, una vez más, en regresar al pasado, en negar la historia.

     Lo realmente chocante, y que hay que considerar como un gran fraude intelectual y político, es que todos estos movimientos reaccionarios y pre-occidentales hayan cursado (¡y sigan haciéndolo!), sobretodo en España, como progresistas. Y que los partidos nacionales, fundamentalmente el PSOE, hayan aceptado ese patrón de medida de progresismo y admitan que promoviendo un estado anoréxico y unas competencias autonómicas desmedidas –es decir, asumiendo la perspectiva de los nacionalistas– están poniéndose a la altura de los tiempos. 

     

Javier Martínez Gracia, miembro de UPyD de Burgos