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Artículo en el ABC.- NO soy yo la que acusa al ministro Rubalcaba de xenófobo. Al contrario, estoy completamente de acuerdo con sus declaraciones del jueves pasado y no les veo la xenofobia por ninguna parte. Ni un pero, ni siquiera un matiz pretendo añadir a lo afirmado por el ministro: «Si somos laxos y no repatriamos a nadie, esa avalancha no hay quien la pare». El título de este artículo no refleja, por lo tanto, mi valoración sino la realizada por el PSOE sobre este tipo de afirmaciones hasta el pasado 9 de marzo. Hasta entonces, a lo dicho por Rubalcaba, el PSOE lo tildaba de xenofobia.

NO soy yo la que acusa al ministro Rubalcaba de xenófobo. Al contrario, estoy completamente de acuerdo con sus declaraciones del jueves pasado y no les veo la xenofobia por ninguna parte. Ni un pero, ni siquiera un matiz pretendo añadir a lo afirmado por el ministro: «Si somos laxos y no repatriamos a nadie, esa avalancha no hay quien la pare». El título de este artículo no refleja, por lo tanto, mi valoración sino la realizada por el PSOE sobre este tipo de afirmaciones hasta el pasado 9 de marzo. Hasta entonces, a lo dicho por Rubalcaba, el PSOE lo tildaba de xenofobia.
Bien es verdad que ya por esas fechas Zapatero había comenzado a hablar de expulsar a todos los ilegales. Pero como él lo llamaba «devolverlos con dignidad», el efecto era el mismo que el de la paz con ETA, las misiones solidarias del ejército o la desaceleración económica. La izquierda establecía una clara frontera lingüística con la derecha. Y en virtud de la diferencia entre expulsar y devolver, que es algo así como la diferencia entre negociación y diálogo o entre trasvase y conducción temporal, la izquierda estableció que lo suyo era tolerancia y lo de la derecha, xenofobia.
Y no sólo la izquierda política. Igualmente la universitaria, que, en la enésima demostración de que en la Universidad hay más o menos la misma carga ideológica que en el Parlamento y, por supuesto, que en los medios de comunicación, publicó unos días antes de las elecciones un manifiesto firmado por 127 profesores en contra del PP y de «su discurso xenófobo».
Añadían los firmantes universitarios que la mayoría de ellos eran expertos académicos en inmigración. Lo que nos da una idea de cómo anda el saber académico de rigor, objetividad y método científico. Y, sobre todo, de cómo anda de ideología. Muy sobrada en algunas áreas, como la inmigración. El concepto de xenofobia tal como es utilizado por muchos académicos es un ejemplo.
Resulta que ese concepto de xenofobia coincide milimétricamente con todo lo establecido por la izquierda política. O sea, que va de los partidos a la Universidad y no al revés. Y prescribe, por ejemplo, que es xenofobia toda oposición a los derechos políticos de los inmigrantes (el voto) o el apoyo a la expulsión de los inmigrantes o la simple percepción de que la inmigración es un problema (véase, por ejemplo, La activación de la xenofobia, de María Ángeles Cea DŽAncona). Y que es tolerancia la consideración de que la inmigración no es un problema, la aceptación de la llegada de los inmigrantes y el apoyo a sus derechos sociales y también políticos.
Es decir, que la izquierda académica, al igual que la política, ha realizado una burda manipulación del concepto de xenofobia. Y ha mezclado la xenofobia, la repugnancia o el odio hacia el extranjero con la defensa de los derechos y privilegios asociados a la nacionalidad, que es de lo que se trata en esta cuestión. Puede llamársele egoísmo, incluso insolidaridad, a la defensa de esos derechos para los nacionales y su negación para los extranjeros (trabajar en un país, por ejemplo), pero no xenofobia.
Y lo que tampoco puede hacerse es añadir una segunda manipulación en virtud de la cual es la derecha la que defiende esos derechos y privilegios de la nacionalidad y su restricción para los extranjeros y no la izquierda. Porque es la izquierda igual que la derecha la que los sostiene en toda Europa. Algunos, como Zapatero, lo llaman devolver a los ilegales y otros, como Rubalcaba, lo llaman expulsar.
Como no es de esperar que la izquierda española se adapte inmediatamente al nuevo lenguaje de algunos de sus líderes, no cabe descartar que, además de llamarle xenófobo, a Rubalcaba le planteen en los próximos días la misma pregunta que le hicieron a Rajoy cuando propuso el contrato de integración y sostuvo que la inmigración era un problema: «Señor Rubalcaba ¿quién va a cuidar a sus hijos o a sus nietos?». Le responderán ellos mismos: «Pues los inmigrantes, Señor Rubalcaba, y usted, que es un xenófobo, quiere expulsarlos».