Nota del editor. Aunque bastantes problemas tenemos dentro de nuestras fronteras y de nuestrso límites asociativos , queremos rendir un homenaje y contribuir a un desagravio mediante la publicación de este artículo.

El 24 de este mes pronunció una conferencia en La Coruña el profesor universitario israelí Gustavo Perednik. Hubo de escuchar de un sujeto de nombre judío y militancia nacionalista gallega -esto lo dijo él- las habituales simplezas, que, si no se debieran a la ignorancia, serían infamias, formuladas a un extranjero español-hablante, en gallego.

 

 

Bueno, en ese gallego urbano que el interpelado no tuvo mucha dificultad en entender, porque no se trata, propiamente, de otra lengua, sino de otra cosa: algo parecido a la micción de ciertos mamíferos para marcar el territorio, o como los colores en el rostro en ciertas tribus guerreras para que nadie dude del estatus, condición y calidad del que los lleva. Una moda adolescente.

Un desagravio por lo que Perednik llamaba la manera de pensar del español medio respecto del conflicto judeo palestino, y por tanto, respecto de las partes en conflicto. Una manera de pensar inducida por el imperio prisoico, y expuesta ridículamente, en cierta ocasión por el presidente de nuestro gobierno, y en aquella conferencia por el aludido sujeto, entre otros.
He aquí el artículo, de Álvaro Otero, en La Opinión:

Si la teoría del Caos, para explicarnos que todo está interconectado, afirma que el aleteo de una mariposa en cualquier lugar del mundo acabará produciendo una tormenta en sus antípodas, el particular batido de alas en la vida de Liviu Librescu se inició en 1930 con su nacimiento en el seno de una familia judía, en el pueblo rumano de Ploiesti. Todavía era un niño cuando los nazis irrumpieron en el país y se llevaron a Liviu, junto a todos sus parientes, al campo de trabajo de Transnistria, donde se libró por pelos de la muerte, y de allí al gueto de Focsani, de donde sólo logró salir cuando terminó la guerra. Se graduó en 1952 en Ingeniería Aerospacial, y su mente brillante le llevó a trabajar tanto en empresas aeronáuticas como en los institutos de Mecánica de Fluidos y Construcción Aeroespacial adscritos a la Academia Rumana de Ciencias. Pudo haber sido, quizás lo fue, una etapa feliz, pero aquel aleteo primigenio de la mariposa no tardaría en provocar su siguiente efecto: su negativa a jurar lealtad al Partido Comunista de Rumanía acabaría arrebatándole sueldo y honores, y sólo la intervención de Menahem Beguin ante Ceacescu logró que finalmente fuese autorizado a emigrar a Israel en 1978. Allí, mientras enseñaba en la universidad de Tel Aviv, saboreó de nuevo las mieles de una tranquila felicidad, pero las etapas del caos se disfrazan a veces de princesa, y eso fue para él aquel año sabático que se tomó en 1985 en la Universidad de Virginia, donde, seducido por las condiciones de trabajo, decidió quedarse a vivir. Vio madurar a sus dos hijos, publicó innumerables artículos y participó en los consejos editoriales de las revistas más prestigiosas de su especialidad. Pasaron largos años y, esta vez así, quizá llegó a convencerse en algún momento de que aquel funesto aleteo inicial se había diluido ya en los sufrimientos del holocausto, de la persecución totalitaria, del exilio político y académico. El lunes pasado, mientras con 76 años cumplidos iniciaba su clase en el aula 204 del edificio Norris Hall, oyó disparos en la estancia contigua y se temió lo peor. Sin dudarlo un segundo, se abalanzó sobre la puerta para bloquearla y gritó a sus alumnos que saltasen por la ventana. Recibió cinco disparos a través de la madera, antes de que el asesino consiguiese entrar. Por fortuna, para entonces todos sus estudiantes habían escapado. ..

Era el 16 de abril, el día del Yom HaShoah o Día del Holocausto en Israel y en tantas otras comunidades judías. Y así por fin, con esa última ironía, la mariposa incansable del caos dejó para Liviu Librescu de aletear.