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... Con nuestro mecanismo electivo, Le Pen y Bayrou estarían ahora en Francia exigiendo a Sarkozy y a Royal las parcelas de poder más golosas para subvertir a su favor la voluntad popular y transformar en ganancias su derrota democrática: a menos votos, más beneficio. Gracias al ballotage, sin embargo, cualquier acuerdo que los perdedores puedan suscribir con los candidatos mayoritarios tendrá que ser refrendado ante las urnas. Los pactos son legítimos, pero mejor delante del pueblo que a sus espaldas ...

 

ME da envidia el ballotage francés, la segunda vuelta electoral, porque es un sistema limpio, claro y eficaz, que cierra el paso a componendas propias del mercado negro de la política. Dentro de un mes vamos a ver en España un ignominioso espectáculo de cambalache en el que se subastarán las alcaldías y presidencias autonómicas como en un mercado de chalanes, y en el que la voluntad expresa de los ciudadanos quedará a merced de un racimo de tahúres. Con nuestro mecanismo electivo, Le Pen y Bayrou estarían ahora en Francia exigiendo a Sarkozy y a Royal las parcelas de poder más golosas para subvertir a su favor la voluntad popular y transformar en ganancias su derrota democrática: a menos votos, más beneficio. Gracias al ballotage, sin embargo, cualquier acuerdo que los perdedores puedan suscribir con los candidatos mayoritarios tendrá que ser refrendado ante las urnas. Los pactos son legítimos, pero mejor delante del pueblo que a sus espaldas.
Discutida por su origen gaullista, la segunda vuelta refuerza el concepto de la soberanía popular, y entronca con el ideal republicano inspirado por los principios de la Revolución. Las grandes decisiones sobre el poder corresponden a la ciudadanía, que debe tomarlas del modo más directo posible, sin que ningún intermediario, por representativo que sea, suplante la legitimidad lineal del sufragio. De ese modo, el gobernante electo cuenta con el respaldo explícito de una mayoría necesaria, ante la que responde como depositario de su voluntad. Sin trucos ni pantallas.
El domingo, los franceses votaron según su corazón, su ideología, sus tripas, su afinidad sentimental o política. Y lo hicieron, por cierto, de una manera masiva que desmiente y espanta los recelos ante un sistema que, según sus críticos, desincentiva la participación en primera vuelta. Un 85 por ciento ciñe la abstención a motivos puramente técnicos, y puede considerarse casi un voto total. Ese primer escrutinio hace la criba y sitúa a los dos candidatos más votados ante el cuerpo electoral completo para que emita su veredicto sin cortapisas ni intérpretes. Y descarta el mercadeo desaprensivo, la especulación a posteriori del voto emitido, entregando a los ciudadanos la última palabra.
Así debe ser. Los mecanismos de elección indirecta, válidos y legítimos, no pueden superar el valor intrínseco del sufragio directo como elemento primordial de calidad democrática. La prima a las minorías recoge un encomiable sentido de integración, pero se ha convertido en fuente de abusos inaceptables que retuercen el sentido de la voluntad popular a favor de distintos sindicatos de intereses, y en no pocas ocasiones sirve lisa y llanamente para birlar en los despachos lo que se pierde en las urnas. Eso es lo que ocurre desde hace tiempo en España y lo que los franceses, a los que está de moda denostar por su «decadente» orgullo nacional, son todavía capaces de enseñarnos a evitar desde la altura de su impecable tradición política y su larga experiencia de libertades públicas. El artículo en el ABC